Martes, 21 de Octubre 2025
Suplementos | “Una excursión por las selvas de Nepal”

DE VIAJES… Y AVENTURAS

Por: Pedro Fernández Somellera

Por: EL INFORMADOR

Después de una larga, muy larga caminata a pié por la jungla del Terai en las planicies del sur de Nepal casi en la frontera con la mítica India, llegamos a la casita de mi amigo Shyan, quien resultó ser un honorable miembro de la tribu de los Tharus.

Bajo la sencilla palapa que cubría la única habitación de su casita, una cama colgante que rebosaba de cobijas desacomodadas, además de ser el lecho conyugal era el centro de reunión de pollos y gallinas atareadas que picoteaban el piso de tierra apisonada.
        
Entre las sombras de los interiores, las paredes se veían cargadas de objetos y más objetos guardados en bolsas de palma tejida, pretendiendo dar un cierto orden femenino que la capa de  polvo que las cubría se ocupaba en desmentir. Lo que contenían, apuesto a que ni ellos lo sabían.

Afuera, la lluvia que nos había empapado durante las ocho horas de la andanza seguía aplastante sobre los anegados campos de arroz, cubriéndolos de un gris cristalino y espeso que abrumadoramente acallaba sonidos y colores.

La ropa mojada me hacía tiritar de frío; y siendo respetuoso de aquel lecho enmarañado, preferí tirarme en el piso de tierra hecho un ovillo para así calentar con mi cuerpo la humedad de mis ropajes. Creo que por unos instantes me quedé dormido mientras ellos departían alegremente entre ruidosos sorbos de un endulzado té de no sé que.

-¡Don Pedro! ¡Don Pedro! ¡Ay viene su sorpresa!- me despertaron con gritos de entusiasmo en su idioma.

-¡Elefante es sorpresa!- Me decían en un extraño inglés.

 -¡No más caminar! ¡Regresarás en elefante! ¡No más caminar!- Me repetían emocionados.

La lluvia se había calmado un poco y el sol casi brillaba entre los arrozales cuando vi a aquel gigante bonachón dirigiéndose  parsimoniosamente hacia nosotros bajo las órdenes de su Mahut. Era Heera, mi amiga la del colmillo roto.
 
-¡Don Pedro, estamos listos!- me gritaron. Y al acercarme, a la orden de … ¡Heet!, aquella guapura dobló su pata izquierda cómo si se arrodillara. Shyan me pidió que pisara en  ella cómo si fuera una escalera siendo la pata el primer peldaño. La pequeña cola que Shyan le torcía con delicadeza, era el segundo. Y el curveado y ensopado lomo sería el tercero, por donde me deslizaría haciendo balances hasta quedar sentado en el cuello, un poco atrás del mahut que con sus pies descalzos y haciéndole caricias detrás de las orejas daba sutiles ordenes a mi trompuda amiga.

Con las distracciones del recorrido, mi bastón se me deslizó entre las piernas hasta caer al suelo. El mahut, al notarlo y ver mi inquietud, simplemente le ordenó a Heera que volviera atrás y lo recogiera. Ella tomó el bastón con el sensible labio de su trompa, y cortésmente lo hizo llegar hasta mis manos con delicadeza, cosa que le agradecí dándole unos golpecitos en la cabeza.

Admirado estaba con sus habilidades, cuando de mi chamarra se salió una pequeñísima tabletita (chip) de la cámara cayendo en la tierra lodosa. Con pena, me atreví a confesarle al mahut de mi torpeza, haciéndole hincapié en la pequeñez del objeto.

-No problem- me contestó; y dándole órdenes muy extrañas, la dulce Heera increíblemente atinó a encontrar el pequeñísimo objeto; y ante mi azoro lo recogió con su enorme trompa y cómo toda una dama lo hizo llegar con delicadeza hasta mis manos.

Embelezado por tanta maravilla; montando un elefante con su parsimonioso caminar; agobiado por el cansancio entre aquella selva tropical; vadeando el río Narayani a las últimas horas del atardecer; con los montes Anapurna allá a lo lejos pintándose de dorado entre las cumbres majestuosas de los Himalayas, me sentí cómo si estuviera metido entre las páginas de un libro de Julio Verne.

Fue una dicha grande que me regaló la vida, y que con gusto la quise compartir con ustedes.

deviajesyaventuras@informador.com.mx                 

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