Suplementos | por: ángel cervantes Cuentos de ángel El Pachuco Por: EL INFORMADOR 23 de enero de 2009 - 12:40 hs El transporte en estos días es brutal, malos conductores y además agresivos, lo mismo hombres que mujeres, jóvenes o viejos, en coches viejos o últimos modelos, como dijo en su tango Enrique Santos Dicepulo: “Vivimos revolcados en un merengue y en el mismo lodo todos manoseados”. Esto viene a colación porque recordé tiempos idos, y ahí apareció “El Pachuco”, personaje muy singular, de oficio, chofer de autobuses urbanos, en la época de los años sesenta y setenta, cuando aun se hacían 20 minutos del centro de Zapopan al centro de Guadalajara. Conducía un autobús internacional del año 47, de la ruta “Escobedo”. En ese tiempo yo laboraba en un almacén del Centro de Guadalajara, era empacador en las cajas y tenía que hacer dos veces al día la ruta de ciudad a ciudad. La ruta de “El Pachuco” daba inicio en la plaza de Zapopan y terminaba donde en otra época estuviera la antigua Prisión de Escobedo, ahora es el Parque de la Revolución. Creo que era un orgulloso de su oficio, pues el autobús siempre estaba limpio y reluciente, al detenerse cuando le hacías “la parada”, se paraba pegado a la banqueta, abría su puerta y muy atento saludaba a los pasajeros, y cuando era una dama de buen ver, casi las llevaba de la mano a su lugar; en el primer escalón había una frase que decía “cuidado al pisar” y al pagar, cortaba el boleto y de la marimba muy bien ordenada tomaba las monedas para dar “el cambio”. Engominado del pelo con vaselina y copete rocanrolero, camisa de manga corta y dobladas las mangas para dejar ver sus musculosos brazos, lente obscuro, pantalón de mezclilla, zapato bostoniano negro muy bien boleado, siempre con un cigarro Raleigh por un lado de la boca, como gángster americano de los años treinta -aunque apareciera un letrero que decía “prohibido fumar”-; a un lado del asiento, una cubeta con agua y una coca chiquita, la palanca de velocidades tenía una bola de billar como asidera, la numero ocho, claro está, y en la base de la misma palanca, media pelota de hule roja para protegerla de polvo. En la parte superior, al frente de él, un espejo retrovisor que decía Alianza de camioneros con tela de hilitos dorados enmarcándolo, al lado izquierdo, una foto de San Cristóbal y otra de la Virgen de Zapopan, me imagino para que “le fuera bien” en la chamba; en medio de ambas fotos, un envase de crema Nivea, de esas de color azul, que cuando pisaba el freno se encendía. En la parte posterior de su asiento, está muy bien pintado con letra gótica su apodo: “El Pachuco”. Debajo de la marimba, un espejito que cuando se sentaba alguna dama con minifalda, podía echarse un “taco de ojo”, aclaración: la marimba es una tablita rectangular donde se acomodan la monedas para dar cambio a los pasajeros. Después de pagar la suma de 40 centavos por el costo del pasaje, se introducía uno al tanque de hoja de lata y había frases por todos lados después de la de “no fumar”, había otra que decía: “prohibido escupir”. “El Pachuco” lo hacía, pero él enviaba el escupitajo por una pequeña ventana a ras del suelo, nunca fallaba, una cobra real se moriría de la envidia al ver la puntería del conductor, después otra advertencia: “conserve su boleto, hay inspección”, y claro que había. En una ocasión tuve que terminar mi ruta a pie, pues extravié el famoso boleto y ya no tenía dinero para pagar de nuevo, tuve que caminar de lo que hoy es Plaza Patria hasta Zapopan, y de noche. Después de ese incidente, no volví a descuidar mi boleto. Había otro más descabellado que decía: “demuestre su cultura, arroje la basura para afuera”, después de tomar tu asiento y hacer tu recorrido, tenías que caminar hacia el fondo del camión, pues era uno de los primeros con puerta trasera y ahí era cuando llegaba el surrealismo total con una frase que causaba un no sé qué, y rezaba de la siguiente manera: “La bajada es por atrás, si no sabe leer, siga la flecha”, y efectivamente, había una flecha indicándote a dónde dirigirte si no sabías leer. Gracias a Dios ya no tengo que viajar en camión, pues la última ocasión casi termino a golpes con el chofer pues estuve cerca de morir de un infarto. El “chofer” conducía como si llevara vacunos y a mis reclamos paró el autobús y me dijo: “Si no le parece, bájese viejo jijo de tal por cual”. No sé qué fue lo que me hirió más, si fue el mal servicio o el recordatorio de mi edad. Después de todo, cada época tiene algo de romántico, para mí cada viaje en el camión del Pachuco era como ver una película y así lo disfruté por muchos años, ya que cuando entré a estudiar la preparatoria, me tocó estudiarla -valga la rebuznancia- en la “prepa de Jalisco”, también ubicada en el Centro de Guadalajara. Así que este relato, hagámoslo como un homenaje a ese personaje llamado “El Pachuco”. hostangel295@hotmail.com Creo que era un orgulloso de su oficio, pues el autobús siempre estaba limpio y reluciente, al detenerse cuando le hacías “la parada”, se paraba pegado a la banqueta, abría su puerta y muy atento saludaba a los pasajeros, y cuando era una dama de buen ver, casi las llevaba de la mano a sus lugares; en el primer escalón había una frase que decía “cuidado al pisar” y al pagar, cortaba el boleto y de la marimba muy bien ordenada tomaba las monedas para dar “el cambio”. Engominado del pelo con vaselina y copete rocanrolero, camisa de manga corta y dobladas las mangas para dejar ver sus musculosos brazos, lente obscuro, pantalón de mezclilla, zapato bostoniano negro muy bien boleado, siempre con un cigarro Raleigh por un lado de la boca, como gángster americano de los años treinta Temas Tapatío Lee También Samuel Kishi y su cine que cruza fronteras y generaciones Un museo vivo: Experiencias y arte en el Cabañas La gran estafa que nos hizo “americanos” El río Lerma: un pasado majestuoso, un presente letal Recibe las últimas noticias en tu e-mail Todo lo que necesitas saber para comenzar tu día Registrarse implica aceptar los Términos y Condiciones