Viernes, 10 de Octubre 2025
Suplementos | Vemos cómo se ha ido deteriorando la palabra hasta llegar a sus más ínfimos niveles

Cuando la palabra ofende a otro, ofende a Dios

Tristemente vemos cómo se ha ido deteriorando la palabra hasta llegar a sus más ínfimos niveles

Por: EL INFORMADOR

     Muchas veces hemos hablado de la grandeza y hermosura de la Palabra, porque la Palabra fue dada por Dios a los seres humanos como don precioso para que pudieran comunicarse y para que pudieran hablarle.

     Pero tristemente vemos cómo se ha ido deteriorando la palabra hasta llegar a sus más ínfimos niveles.

El mandamiento de la Ley

     El segundo de los mandamientos prohibe jurar en vano en nombre de Dios. O, dicho en otras palabras y ampliando los términos, definitivamente prohibe jurar. Más aún, prohibe hablar mal de Dios, decir falsedades que ofenden la grandeza divina o que deterioran la imagen de la religión.

El mandamiento de Jesús

     Jesús va mucho más lejos: Jesús habla fuerte a quienes usan palabras ofensivas para sus semejantes, a quienes hablan desconsideradamente de otros y a quienes no respetan las palabras, porque cuando la palabra ofende a otro, ofende a Dios.

     Y desde luego también maltratan la palabra quienes no sostienen aquello que han dicho, o no cumplen cuanto han prometido.

Las palabras son vivas y eficaces

     En eso reside su grandeza y fuerza: cada palabra que sale de una boca humana realiza lo que expresa, por eso es necesario cuidar tanto lo que decimos, sea a los amigos, sea a los hermanos o a cualquier persona con la cual alternamos... pero sobre todo, y de manera especialísima, hay que cuidar las palabras que se dicen en casa a la familia, y sobre todo a los hijos.

     Hay palabras que bendicen y tienen el efecto de bendiciones concretas, ya que producen todo lo bueno y hermoso que por sí misma llevan.

     Y también hay palabras que llevan en sí mismas una maldición: Si un papá dice a su hijo “eres un inútil” o “no sirves para nada”, aquello va a incrustarse en el corazón del niño o la niña, y la asumirá como un compromiso para llevarla inevitablemente a la práctica. Muy difícilmente se podrá librar de ella.

Las palabras nos definen

      Es inevitable. De una persona podemos pensar lo que queramos, o ver su aspecto, su figura y su presencia, y no podremos formarnos un concepto claro de su modo de ser, de su personalidad... pero en el momento en que empieza a hablar, ella misma nos dice todo de sí misma: sus ideas, sus ideales, sus valores y su nivel de educación o de conocimientos se van a reflejar en todo lo que dice, al grado que sus palabras dirán de ella mucho más que su presencia.

Somos lo que hablamos

     Que Dios nuestro Señor nos haya dado las palabras como un don precioso, es un hecho, pero depende de nosotros, de cada uno, el cómo las utilizamos.

Si dices vulgaridades, no te ofendas cuanto te digan que eres vulgar.

Si dices mentiras, admitirás que te digan mentiroso.

Si te expresas con groserías, indudablemente eres grosero.

Si ofendes a los demás con tus palabras, aceptarás que Dios te reprenda.

El ejemplo de Jesús

     Nuestro Señor Jesucristo vino a este mundo por un breve tiempo, pero ese fue suficiente para darnos ejemplo de cómo vivir, cómo actuar y desde luego cómo hablar.

     Jesús habló habitualmente con dulzura. Sus palabras eran suaves, derramaban ternura, amor y misericordia...

     Eso es lo que quiere que hagamos cada uno de nosotros, sobre todo en familia, porque es allí donde vamos a aprender a vivir y dar vida.

Nuestra tarea hoy

     Necesitamos urgentemente rescatar las palabras, darles el contenido y el significado; si queremos que no sean como piedras en las cuales tropezamos, debemos evitar entre nosotros palabras que duelen, que hieren, y cultivar aquellas que son como flores que adornan y perfuman nuestro mundo y que al mismo tiempo nos comunican solaz, alegría y paz.

     Esto es lo que Dios quiere, y no podemos dudarlo.

María Belén Sánchez  fsp 

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