Domingo, 12 de Octubre 2025
Suplementos | Luego el juicio y castigo de los culpables

Cuando Dios elige al hombre, éste ha de responder con alegría y generosidad

El pasado es una exigencia histórica. Ni tradicionalistas anclados ni progresistas desenfrenados.

Por: EL INFORMADOR

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     Dios eligió a un pueblo pequeño, pero su pueblo escogido le pagó mal. La parábola de este domingo es enjuiciamiento y es profecía. Hay algunos elementos alegóricos en la parábola: descripción de los elementos de la viña; primeros y segundos criados enviados a cobrar el justo precio, que fueron apedreados unos, asesinados otros; y envío del hijo, a quien dieron muerte.

Luego el juicio y castigo de los culpables.

     Con todos estos elementos expresa la narración el amor, el cuidado, la solicitud de Dios por su pueblo.

     Dios envió a su pueblo veintitrés profetas, en el Antiguo Testamento: Amós, asesinado a mazazos por el hijo del sacerdote Amasías; Miqueas, despeñado en un precipicio rocoso por el hijo del rey de Jorán; Isaías --el mayor profeta, por la extensión e importancia de su mensaje-- fue partido en dos con golpes de espada.

     Jeremías murió lapidado, apedreado en Egipto por el pueblo enfurecido. Ezequiel fue asesinado en Babilonia por el jefe del pueblo; Zacarías fue degollado por Joas, rey de Judá, junto al altar del templo.

     Con tristeza, un día se lamentó el Señor Jesús: “Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que te son enviados” Mateo 23, 37.

Y entonces llegó a la tierra el Hijo de Dios

     El núcleo de la parábola está en que tanto amó Dios a los hombres, que entregó a su Hijo Único; y tanto amó el Hijo, que se entregó a la muerte, y muerte de cruz.

     Enseñanza y juicio. El mensaje continúa, es permanente, porque siempre está de manifiesto la bondad de Dios y siempre aparecen la maldad, la ingratitud de ciertos hombres.

     Un pasado, el presente con el advenimiento del Hijo de Dios y el futuro en la historia de la salvación, se dan la mano en un solo tema: La voluntad salvífica de Dios, que pone la viña para bien de todos y cada uno de esos seres pensantes --los hombres--, y la respuesta entre las dos vertientes: la ladera de la montaña de los que sí cumplen, y la opuesta de inconsciente infidelidad, de las vidas estériles, vacías, de aquellos que caminan en abierta rebeldía, ingratitud y maldad.

Vocación histórica de México

     La parábola de este domingo lleva el pensamiento a un recorrido histórico de los muchos, los incontables dones de Dios hacia este pueblo que camina entre el Océano Pacífico y el Golfo de México.

     Aquí el Señor plantó su viña y en ella han madurado abundantes frutos, mas el dueño siempre espera porque es terreno fecundo.

     Primero, aunque otros expresen pensamientos diversos y hasta adversos, ha sido bendición de Dios que fueran españoles, y no ingleses u holandeses, los hombres blancos y barbados que llegaron del Oriente.

     Quienes un Viernes Santo de 1519 clavaron una cruz en unas arenas desiertas, elevaron, marinos y soldados, una plegaria: “Padre Nuestro que estás en el cielo”, y a ese lugar le llamaron Puerto de la Vera Cruz.

Ascendieron y desde las alturas del Popocatépetl y el Iztaccíhuatl contemplaron una ciudad grande como no las tenían en la península española de su procedencia, con castillos, canales e innumerables canoas.

     Su grito de entusiasmo fue: “¡Las almas para Dios, las honras para el rey, y la honra para quien la merezca!”.

     El Papa Paulo III en una bula, y el testamento de Isabel la Católica, dejaron claro que los naturales eran seres de razón y se debería respetar sus personas y sus bienes. Los abusos siempre serían en contra de las leyes.

La conquista espiritual

     Una barcada de misioneros dejó en las playas de Veracruz a Fray Martín de Valencia y once compañeros del “pobrecillo de Asís”, con una Biblia y un Cristo en sus manos y un gran fuego en el corazón.

     México era un mosaico de grupos étnicos, con más de sesenta idiomas distintos y más de doscientos dialectos. Pero los frailes franciscanos no se desalentaron. Dios estaba con ellos.

     Después llegaron los dominicos discípulos de Santo Domingo de Guzmán, luego los agustinos y luego los de la Compañía de Jesús de San Ignacio de Loyola.    

El milagro del Tepeyac

     “No hizo semejante con ninguna otra nación”, fue la frase del Papa al conocer la tierna historia. México se abrió a la fe. Fray Toribio de Benavente “Motolinía” --así llamado por su pobreza-- derramó el agua del bautismo a más de cuatrocientas mil cabezas.

     La Señora del Cielo pidió un templo, y la respuesta fue de centenares de templos, de millares y millones de copias de la imagen estampada en el ayate de Juan Diego, y del incansable caminar de pies peregrinos hacia el Tepeyac, rosa de de los vientos donde se encuentra la “siempre Virgen María, madre del Señor por quien se vive”, y todos sienten ser como el mensajero, “hijos míos delicados”.

     Desde la arquidiócesis madre, la de Sevilla, fueron brotando como flores tropicales bellas y llenas de aromas, las diócesis y obispados en Tlaxcala (Puebla), México, Oaxaca (Antequera), Guatemala, Chiapas, Michoacán (Compostela), Guadalajara, Durango.

    El clero diocesano y los religiosos, en respuesta a necesidades, ambientes y circunstancias, dieron impulso a la evangelización, la catequesis, la formación integral y social, escuelas primarias, de artes y oficios, colegios y la primera universidad de América y la primera imprenta de este lado del Atlántico.

México está en una encrucijada

     Hoy es cuando los cristianos debemos comprometernos con Dios. La respuesta a la palabra de Dios debe de manifestarse en un esfuerzo personal y colectivo por la justicia y la paz. Ante todo, crear conciencia de compromiso del pueblo cristiano --sin excluir a todos los hombres de buena voluntad--  de luchar por darle un sí a Dios en forma madura, con obras como las que espera el dueño de la viña, en este país donde en muchos sentidos ha sido vaciado el cuerno de la abundancia. A quien mucho se le ha dado, mucho se le pedirá.

El pasado es una exigencia histórica. Ni tradicionalistas anclados ni progresistas desenfrenados.

     El Cardenal Leo Jösef Suenens, una de las grandes figuras en el Concilio Vaticano II (1962-1965), ante las dos corrientes ideológicas en pugna  en ese tiempo escribió: “Los conservadores confunden tradición y tradiciones. Los progresistas confunden la libertad con la anarquía. Su desdén por la continuidad con el pasado podría llevarlos fácilmente a ofrecer al mundo un cristianismo sin Cristo”.

     La tradición de México es la Viña del Señor, y el presente ha de dar luz a las mentes para luchar por un futuro que sea verdaderamente según el Evangelio.

José R. Ramírez Mercado

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