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Martes, 22 de Enero 2019

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Suplementos | Su misión no se estrecha, como lo esperaban los judíos, a los límites de su pueblo

Cristo, el Señor, es de todos y para todos

Su misión no se estrecha, como lo esperaban los judíos, a los límites de su pueblo

Por: EL INFORMADOR

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     Jesús, el Hijo de Dios, en su vida pública cuando va --divino Maestro-- con el mensaje de la Buena Nueva y con el empeño de formar su Reino, un día cruza la frontera del extranjero fuera de Israel, a la comarca de Tiro y de Sidón. Allí no están los de su raza, allí son cananeos y, además, son paganos.

     Así manifiesta su voluntad amplia, universal. Su misión no se estrecha, como lo esperaban los judíos, a los límites de su pueblo, como un mesías exclusivo de ellos, sino todo lo contrario. El Hijo de Dios es de todos, por todos y para todos.

     La salvación es un deseo universal de Dios, que quiere que todos los hombres se salven. Este anhelo está en todos los hombres, y así lo dice el Concilio Vaticano II (1962-1965): “La raíz más profunda de la dignidad humana está en la vocación del hombre a la comunión con Dios” (Gaudium et Spes” número 19.

     Comunión es común-unión, es ese sentimiento y reconocimiento profundo de vivir eternamente, de que la muerte no sea el total aniquilamiento, sino el principio de otra vida: común-unión, comunión con Dios.

     Jesús permite que se le acerque una extranjera, una mujer cananea, que tal vez en su idioma le grita y le grita: “Jesús, hijo de David, ten compasión de mí”.

     Le llama hijo de David porque ha oído que los israelitas, el pueblo escogido, esperaban un Mesías Salvador, descendiente de Daniel; ha oído, está enterada de que ese es el esperado, que ya ha llegado, que es todo bondad y misericordia. Y ella sufre porque su hija, quizá la única, “está terriblemente atormentada por un demonio”, que en el lenguaje de ella quería decir que padecía una enfermedad mortal.

     El Señor no va a permanecer indiferente, va a curar a esa hija atormentada; pero primero, para dejar una enseñanza, va a poner a prueba la fe de aquella madre atribulada. Jesús no le contestó a las primeras súplicas.

“Atiéndela, porque viene gritando detrás de nosotros”

     Cansados ante el grito insistente de aquella afligida madre, o compadecidos, los discípulos le pidieron al Maestro que la atendiera. Y el Señor hizo un alto en el camino, la esperó y la escuchó.

     La Santa Iglesia ha tenido como doctrina sana la de saber ver, apreciar, en la Santísima Virgen María y en los santos, no sólo modelos de vida por su fidelidad en el seguimiento de Cristo y en la práctica de las virtudes cristiana, sino, además, como intercesores para alcanzar de Dios --de donde provienen toda gracia, todo bien-- los favores, los remedios ante las necesidades. Así acuden, por ejemplo, a la intercesión de San Antonio de Padua cuando han perdido el monedero, las llaves, alguna prenda que les merece cuidado.

Así en estos tiempos dicen que ante los riesgos, los peligros de la aventura o la necesidad económica de cruzar el río Bravo, suelen encomendarse a Santo Toribio Romo.

     Testimonios numerosos han quedado a la vista en los exvotos, signo de agradecimiento de quienes resultaron favorecidos con alguna gracia y expresan lo acontecido como milagro; es decir, un hecho portentoso no explicable por la luz de la razón.

“Señor, ayúdame”

     La mujer cananea busca a un médico con poderes sobrenaturales. Con dos palabras lo dice todo; mas esa súplica ha salido desde el fondo de su ser y va cargada de dolor, de esperanza, de confianza, de humildad.

     Esto hubiera bastado para inclinar hacia ella la misericordia, la compasión, el amor del Señor, pero a su tiempo para ella y lección para todos, el Maestro quiso ponerle una prueba y así le contestó: “No está bien quitarles el pan a los hijos, para echárselo a los perritos...”.

     Para ella, cananea, esa frase podía ser tomada como una gran ofensa --hijos serían los israelitas, y los demás los perritos a quienes se les echaría, se les arrojaría con desprecio, el pan--.

     Pero era más fuerte su fe que su dolor, y con insistencia valiente contestó: “Es cierto, Señor, pero también los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de sus amos”.

     La verdadera oración de petición siempre ha de tener como raíz profunda una situación de pobreza espiritual. Ora, pide, quien carece y tiene conciencia de su pequeñez, de su miseria, de ser nada. La humildad es la base de la oración, y con ella superó la prueba. La respuesta fue una exclamación:  

“¡Mujer, qué grande es tu fe!”

     “La oración es la elevación del alma a Dios, o la petición a Dios de bienes convenientes”. Así lo dejó escrito San Juan Damasceno.

     Y Santa Teresa del Niño Jesús, experta en el arte de orar, escribió con su sencillez propia: “Para mí, la oración es un impulso del corazón, una sencilla mirada lanzada hacia el cielo, un grito de reconocimiento y de amor tanto en medio de la prueba como en la alegría”.

     Cualquiera que sea el lenguaje de la oración --palabras, danzas, cantos, gestos y otros actos--, el que ora es todo el hombre, la persona. Es el corazón el que ora, la oración es amor y el amor brota de una grande fe.    

     Cuando así se ora, como aquella cananea, la oración abre las puertas, llega, es escuchada y es respondida con eficacia. Si la fe es grande como la de esa

mujer, la oración es una relación de alianza entre el hombre y Cristo.

Con la oración, el hombre busca a Dios

     Algunos afirman que la oración está en crisis; más bien se debería afirmar que la fe está en crisis.

     El siglo XXI constantemente ofrece sorpresas con el avance de la ciencia, de las técnicas. Las multitudes llenan sus vidas de pequeñas actividades y productos baratos.

     Alguien escribió así una fábula moderna: “Mister Mediocridad es un mago y es poderoso. Con su vara prodigiosa ha logrado que salten muchos y entren por un aro, y así todos visten igual, tienen los mismos gustos, comen los mismos platillos, cantan las mismas canciones, aplauden a los mismos ‘héroes’ y piensan --no mucho-- igual, aunque a veces les han ahorrado el esfuerzo de pensar.

     Así, como tienen muchos intereses, no sienten ni deseo, ni necesidad de ocupar su tiempo en intereses invisibles, porque se han programado para algo muy concreto: ganar, disfrutar y ya. Y se han alejado de la fe.

     Viven con prejuicios; si algo les interesa, como algo muy lejano es la persona de Jesús, ni lo conocen, ni se han ocupado de saber su mensaje de salvación.

     Algunos concluyen que poco ayuda la religión para la vida del hombre actual.

     Sin embargo, aunque se sienten vacíos, en el fondo hay una luz pequeña, no se ha extinguido, no se ha apagado del todo la fe.

     El hombre es un ser pensante, es el único habitante del globo con una capacidad exclusiva: sí sabe reír y es el único capaz “hommo ridens”; es el único para llevar en su mano el timón de su barca, por el don de una voluntad libre, inteligencia para discernir, voluntad para elegir. Por eso es grande el hombre, mas se torna pequeño cuando se vale de esos dones para entregarse sólo a lo visible, lo transitorio, lo perecedero.

     No podrá ser amigo de Dios y entablar un diálogo con su Creador, quien ha entregado su corazón a todos esos idolillos que son hechura de la mano de los hombres.

     La fe, la humildad, la conciencia de la propia pequeñez, de las carencias, hacen al hombre elevar su alma a Dios.

     Dios siempre está cerca y atento. Siempre escucha, aunque a veces, como en el caso de la mujer cananea, parece estar sordo. Así la oración será, debe ser, perseverante, humilde, confiada.

     La mujer cananea es maestra en el arte de la oración de súplica, de petición.

José R. Ramírez Mercado 

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