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Martes, 25 de Junio 2019
Suplementos | Pervive y vivirá porque no es fundación humana: la fundó Cristo; porque no la ha dejado sola

Creo en la Iglesia, una santa, católica y apostólica

Entre todas las sociedades formadas en la tierra, la más antigua, la que lleva veinte siglos de permanencia ininterrumpida, es la Iglesia Católica

Por: EL INFORMADOR

Entre todas las sociedades formadas en la tierra, la más antigua, la que lleva veinte siglos de permanencia ininterrumpida, es la Iglesia Católica. Pervive y vivirá porque no es fundación humana: la fundó Cristo; porque no la ha dejado sola: “Yo estaré con vosotros hasta la consumación de los siglos”; y porque el mismo fundador le aseguró que “las puertas del infierno no prevalecerán contra ella”.
     Nació, como su fundador, con el signo de contradicción; ante la Iglesia, como ante Cristo, siempre se mantendrán presentes las dos opuestas posturas: el amor y el odio, el sí y el no, la luz o las tinieblas, la vida o la muerte.
     Es como el juego de los niños: la tomas o la dejas, pero no cabe una postura intermedia: “O están conmigo, o están contra mí”.
     Su fundador, Cristo, la dejó en manos de los hombres, los más cercanos a él, a los enviados a predicar y bautizar, y los llamó apóstoles. Por eso se le da el epíteto justo de apostólica. Y aunque eran doce, en uno dejó el peso de su autoridad y su gobierno. Por eso...

La Iglesia es jerárquica


     Narra un testigo, Mateo, presente en ese momento, que Cristo se llevó lejos a los doce, hasta Cesarea de Filipo, y allá, sin enfermos a quienes sanar ni multitudes a quienes evangelizar, solo con ellos, los preparó a pensar y elevar su pensamiento, con dos preguntas: “¿Quién dice la gente que soy yo? Y para ustedes, ¿quién soy yo?”.
     Ante la inspirada respuesta del impetuoso pescador llamado Simón: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios”, Cristo le cambió el nombre. Desde ese día Simón se llamó Cefas, o sea Pedro, que significa piedra.Y les dijo: “Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”.
     Desde que el Señor ascendió a las alturas, ya los demás apóstoles respetaron, obedecieron a Pedro, y como cabeza lo reconocieron.
     Una silla estaba desocupada, la que dejó Judas el traidor. Pedro reunió a los diez y les propuso que era el momento de encontrar al que fuera digno de llenar ese vacío. Sortearon y el elegido fue Matías. En ésta y en otras ocasiones, se manifiesta la responsabilidad de Pedro como jefe y modelo de la grey.

Tres sedes en pocos años

     Primero fue en Jerusalén, donde Pedro y sus compañeros experimentaron las anunciadas persecuciones y el suplicio en la cárcel. Allí mismo, de las manos que antes manejaban las redes, brotaban milagros. Las multitudes lo buscaban.
      Arreció la persecución y Pedro mudó su sede a la ciudad y puerto de Antioquía, en el Mediterráneo; fue allí donde a los discípulos por primera vez les dieron el nombre de cristianos.
     También allí fueron perseguidos, y en una barca que hinchó sus velas con el viento, navegaron hacia donde el sol se pone y Pedro llegó a la ciudad de Cesarea. La Roma Imperial estaba entonces en la cumbre de su poderío, con su comercio, sus legiones temibles y la imposición de su idioma --el latín-- en todas sus provincias.
     Este humilde discípulo del Señor, fiel a su mandato, llegó con el alegre mensaje de salvación a un mundo pagano. Puso su cátedra, su sede, en el barrio pobre de los esclavos --en el Trasteve, al otro lado del río Tíber--, y pronto brilló la luz.
     “Somos de ayer y ya lo llenamos todo”, escribió Tertuliano, un creyente sabio de entonces. Y también dijo: “Mátenos; la sangre de los mártires es semilla de cristianos”. Diez crueles persecuciones le dieron profundas raíces a la Iglesia naciente, y una de ellas, la de Nerón, ofreció a la cristiandad el testimonio cruento, el martirio de Pedro crucificado cabeza abajo.
     La cátedra fue luego para Lino, Cleto y otros más, y un día Roma dejó de ser la ciudad de los Césares: sería la ciudad de los Papas.

“Con este signo vencerás”

     Entre la historia y la leyenda ha llegado con los siglos el prodigio, en el año 313, de una cruz luminosa aparecida en lo alto del cielo, que fue la clave
para que Constantino venciera a Magencio. El triunfador, dueño de todo el Occidente, con el famoso “Edicto de Milán” dio la libertad a los oprimidos cristianos, y éstos, ya no ocultos en las sombrías catacumbas, pudieron celebrar públicamente el culto debido a Dios.

La Basílica de San Juan de Letrán

     La palabra basílica --del latín basilica y que en griego significa regia-- es el nombre de una sala real, del rey. El emperador Constantino regaló esos palacios a los cristianos, y así las basílicas son desde entonces templos para el culto cristiano.
     El peregrino que va a Roma visita, para ganar la indulgencia, las cuatro basílicas: la de San Pedro --la más conocida--, la de San Pablo Extramuros, la de Santa María la Mayor y la de San Juan de Letrán , cada una con la riqueza de su arquitectura y muchas obras de arte, y cada una con singular historia.
     Pero la más importante, la primera, la sede del obispo de Roma --el Papa--, es la de San Juan de Letrán, “Madre de todas las iglesias” y signo de unidad, signo visible de la unidad invisible en una sola fe, un solo pastor, una sola Iglesia.
     Desde el siglo XII viene la tradición de conmemorar, es decir recordar juntos, la consagración de esta basílica.

Dedicación

Éste es el término preciso. Es el acto, y debe ser solemne, en que ese lugar se dedica exclusivamente al servicio divino. No todas las iglesias están dedicadas o consagradas solemnemente, pero aunque sean capillas rurales, sólo benditas, desde el momento en que se les destina para la oración, para la predicación y meditación de la Palabra de Dios y para celebrar la Santa Eucaristía, ya adquieren el profundo significado de “casa de Dios”, y exigen de los creyentes una actitud de fe y respeto. Es el momento de recordar a las señoras y señoritas, el cuidado en su vestido: que sea honesto, singularmente en las ceremonias de bodas y quince años. También en apagar sus celulares, porque allí se busca el diálogo con Dios y se habrán de dejar para otros momentos los otros diálogos.
     Se debe acudir a la casa de Dios con alegría --“Qué alegría cuando me dijeron: Vamos a la casa del Señor”--, y enseñar a los pequeños a sentir el gozo de estar en el templo, orando, cantando. “Vale más un día en la casa de Dios, que mil en la casa de los mundanos”.

Para alabar a Dios

     La Basílica de San Juan de Letrán y todas las basílicas, las catedrales y los templos del mundo, hasta las pequeñas capillas perdidas en las selvas del Amazonas o en los arenales del Sahara, son lugares dedicados para que el hombre eleve sus pensamientos, haga llegar su su alma mucho más allá del espacio que captan sus sentidos.
     Inspirado por la fe y movido por el amor, el hombre alaba a su Creador. San Ignacio de Loyola, al inicio de su libro de los Ejercicios, escribió: “El hombre es creado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios, y mediante esto salvar su alma”.
     No es Dios quien necesita la alabanza del hombre; es el hombre el que necesita reconocer la infinita grandeza y la manifiesta misericordia de Dios, y brota de lo hondo de su ser el bendecir, alabar y proclamar las maravillas de su Señor.
     En los ciento cincuenta salmos de la Biblia, oración múltiple y variada, destaca el tema de la alabanza. El salmista, al son de su lira, compuso esos fervientes cánticos de adoración, de súplica, de humilde reconocimiento de las propias culpas --contra tí Señor, pequé-- y de alabanza, con el signo de la alegría y el agradecimiento.

Y reconocerlo al partir el pan

     Los israelitas estaban muy orgullosos del templo de Jerusalén, y en estos días van y oran en silencio ante un muro, testigo mudo de días pasados de gloria, de esplendor y de grandeza.
     Pero ni el templo que edificó Salomón, ni el levantado después, podrán compararse con cualquiera de los templos católicos, muchas veces construidos con el amor y el dolor de los pobres, porque en estos templos --ya sean tesoros del arte románico, gótico, clásico o barroco, o sencillas cuatro paredes de adobe y un techo de paja-- se viven el misterio y la presencia real de Cristo.
     Cristo se hace presente cada vez en la celebración de la Santa Misa, memorial de su pasión, su muerte y su resurrección.
     La Iglesia --congregación de los fieles--, los allí reunidos en torno al altar, reconocen a Cristo como los discípulos de Emaús, al partir el pan.
     En algunos lugares se acostumbra que cuando el sacerdote eleva la Sagrada Hostia a la adoración de los fieles, éstos declaren en voz alta: “Señor mío y Dios mío”, como dijo el apóstol Tomás al tocar la herida del costado de Cristo resucitado,
     La dedicación de la Basílica de San Juan de Letrán es ocasión para amar y respetar más la casa de Dios.

Pbro. José R. Ramírez  
   

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