Jueves, 09 de Octubre 2025
Suplementos | En la vida cotidiana generosidad también implica prestar posesiones

Contra el pecado: generosidad y castidad

Una persona generosa está dispuesta a esforzarse para hacer la vida agradable a los demás, por su entrega desinteresada, sin egoísmos

Por: EL INFORMADOR

     Contra la avaricia, la generosidad, virtud que nos dispone no solamente a dar bienes materiales, sino también de nuestro tiempo, talento y hasta la propia vida para cumplir la voluntad de Dios, sin esperar nada a cambio en este mundo, pues Dios bendecirá al de espíritu generoso (Cfr. Dt 15, 9-10). Y en la vida cotidiana generosidad también implica prestar posesiones –un libro, un CD o una taza de azúcar–, perdonar, escuchar (dar atención), saludar, recibir, etc., actos que resultan de una decisión en un momento determinado.     
     En este sentido, una persona generosa está dispuesta a esforzarse para hacer la vida agradable a los demás, por su entrega desinteresada, sin egoísmos. El caso del tiempo tiene aristas importantes en la familia. Ser generoso con el tiempo significa estar dispuesto a sacrificar algo de lo propio en bien de los demás; por ejemplo, dejar de leer el periódico o ver la televisión, para atender y escuchar a un hijo o al cónyuge. A veces, la avaricia con el tiempo compele a regalar o comprar muchas cosas materiales a los hijos, en compensación por el tiempo que no les dedica.
     Pero no se trata sólo de dar. También hay falta de generosidad cuando no se sabe recibir, cuando no se permite la generosidad con uno mismo. Por ejemplo, las madres de familia que se exceden en su atención para los hijos, y no les permiten esforzarse por el bien de la familia sino únicamente en el éxito personal o en el bienestar, con lo que se fomenta el egoísmo y la avaricia. Aunque se piense que estas madres actúan por motivos buenos, habrá que reconocer la necesidad de que las personas salgan de sí mismas y piensen que, al vivir en sociedad, también las demás personas cuentan y deben dejar a un lado los egoísmos, para construir un mundo más amable, grato y saludable; la generosidad representa, así, la posibilidad de amar a través de actos de servicio, y nada hay en este mundo que proporcione más felicidad que el amor.
     Por su parte, la castidad es la virtud que gobierna y modera el deseo del placer sexual según los principios de la fe y la razón. El Catecismo de la Iglesia Católica (2339) es contundente a este respecto: “La castidad implica un aprendizaje del dominio de sí… La alternativa es clara: o el hombre controla sus pasiones y obtiene la paz, o se deja dominar por ellas y se hace desgraciado”. Vivir cristianamente significa practicar las virtudes con un fin trascendente: ser feliz, vivir en paz consigo mismo y, en consecuencia, con los demás. Pero habrá quien presente gran cantidad de objeciones al respecto; probablemente, como no tienen la vivencia virtuosa, tampoco conocen la felicidad y la paz interior, confundiéndola con momentos fugaces de alegría que, en muchas ocasiones, sólo acarrean cruda moral y física, lo cual es antítesis de paz y felicidad.
     Como hábito, el mismo Catecismo (2342) señala que “el dominio de sí es una obra que dura toda la vida. Nunca se la considerará adquirida de una vez para siempre. Supone un esfuerzo reiterado en todas las edades de la vida”.
 En otras palabras, la castidad no es un estado, sino un proceso que se realiza a lo largo de la vida, lo mismo que la felicidad. Uno no está feliz, sino que es feliz; se está contento o alegre, pero no se es contento o alegre. Estos son estados y el otro es un proceso. Los estados son efímeros, los procesos son permanentes.
     Luego, surge un cuestionamiento difícil: ¿cómo puede ser posible vivir la castidad dentro del matrimonio? De una manera my simple: haciendo realidad de vida las promesas hechas el día de la boda ante Dios y ante la sociedad. ¿Cuántas veces se ha tomado conciencia real de lo que se promete, del compromiso que se hace al poner a Dios como testigo? Recordemos dos de ellas: ser fiel, y respetarse y amarse todos los días de la vida de cada uno de los cónyuges. Toda vez que se rompe cada promesa, se comete una profanación sacrílega al matrimonio, porque además, parafraseando a mi propia esposa, el matrimonio es la unión más libre que puede haber; lo primero que se declara es que ambos acuden al sacramento de manera libre y por su propia voluntad. Que el Señor nos bendiga y nos guarde.

Antonio Lara Barragán Gómez (OFS)   

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