Sábado, 11 de Octubre 2025
Suplementos | La diligencia es la virtud que vence el vicio capital de la pereza

Contra el pecado: Diligencia

Diligencia proviene del latín diligere, que significa amar, pero no un amar en general sino un amar con delicadeza

Por: EL INFORMADOR

     La diligencia es la virtud que vence el vicio capital de la pereza. Diligencia proviene del latín diligere, que significa amar, pero no un amar en general sino un amar con delicadeza, con cariño y se entiende como prontitud, cuidado y eficiencia en el cumplimiento del deber. Doctrinalmente, cumplir con nuestro deber entraña un gran compromiso con Dios, tal como se relata en la parábola del dinero (Mt, 25, 14-30), especialmente el versículo 21: “El jefe le dijo: ‘Muy bien eres un empleado bueno y fiel; ya que fuiste fiel en lo poco, te pondré a cargo de mucho más. Entra y alégrate conmigo’”; pero al empleado malo y perezoso se le expulsará “a la oscuridad, donde llorará y le rechinarán los dientes.” (Mt, 25, 30).
     Por otro lado, el libro de los Proverbios es particularmente manifiesto: “El cazador perezoso no alcanza presa, pero el diligente alcanza grandes riquezas” (12, 27) y “El perezoso desea y no consigue; el que trabaja prospera” (13, 4). Inferimos que diligencia es el cuidado y el esmero en ejecutar algo; es esa prontitud de ánimo, esa agilidad interior y exterior, esa prisa apacible en hacer bien, en hacer con amor y con gozo, lo que se tiene que hacer en ese momento. Es esa laboriosidad a la hora de realizar las tareas y encomiendas.
     En otro sentido abarca tres niveles: con Dios, por la que se cumplen los compromisos con Él (oraciones, promesas, mandamientos, etc.); con uno mismo, lo que significa diligencia en cumplir con las metas y los objetivos propios, así como cumplir con las tareas encomendadas. Finalmente, diligencia con los demás, por lo que ha de ponerse entusiasmo al realizar las acciones con, por y para nuestros semejantes.
     Por medio de esta virtud expresamos el amor de dedicación a las personas; por ejemplo, es diligente el maestro que trae las pruebas de los alumnos corregidas y prepara sus clases adecuadamente, y es diligente el alumno que entrega su trabajo a tiempo y bien hecho. Es diligente el médico que atiende con amor a su paciente y no le hace esperar de manera absurda o con frialdad; el padre o madre de familia que aprovecha cualquier oportunidad para formar y animar a sus hijos; el líder o jefe que sabe adelantarse a las necesidades de sus subalternos y les ayuda a crecer; el entrenador de fútbol que sabe cuándo entrenar, dónde y cómo, pensando siempre en el bien del equipo. Es diligente el hijo que obedece a sus padres en todo lo que respecta a sus compromisos de hijo, y es diligente el obrero que llega puntual a realizar su trabajo, movido por el amor y el sentido del deber, antes que solamente por el jornal.
     Contrario a diligencia es el descuido, el “ahí se va”, el “más o menos”, la informalidad, la impuntualidad, la desidia, la desgana. Todo esto es síntoma de una persona que ama poco y que es inmadura.
     La práctica de la diligencia requiere, en primer lugar, establecer metas, lo cual no ha de confundirse con propósitos, por ejemplo, de los que se hacen cada año nuevo. Se trata de hacer que nuestra vida tome un rumbo determinado por la recta razón y, entonces, esforzarse intencionadamente por alcanzar la meta. El esfuerzo, a su vez, es producto de la disciplina, la cual se entiende como estar a tiempo y cumplir con las obligaciones en el momento adecuado. A veces se concibe, coloquialmente, como hacer lo que se tiene que hacer, aunque no se tengan ganas de hacerlo.
      La disciplina y la diligencia juntas son garantía infalible de aumento de autoestima y, en consecuencia, de una vida armoniosa y feliz. Para lograrlo es menester seguir, cuando menos, las siguientes recomendaciones: En cualquier tarea que emprenda, trate de hacerla bien desde principio hasta el final, cuidando los detalles. Planee con tiempo sus actividades, para evitar improvisaciones de último minuto, las que, generalmente, salen mal. Realice oportunamente sus actividades, sin necesidad de que se le recuerden o se le pidan. Tenga una actitud de autoevaluación y de evaluación de todo lo que hace; no se conforme con un resultado mediocre, vuelva a intentarlo para mejorar. Esté siempre a tiempo en sus compromisos.
     La prioridad son, siempre, en primer lugar, los compromisos con Dios, y en segundo lugar, los compromisos con la familia. Que el Señor nos bendiga y nos guarde.

Antonio Lara Barragán Gómez OFS
Escuela de Ingeniería Industrial
Universidad Panamericana
Campus Guadalajara
alara(arroba)up.edu.mx

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