Viernes, 10 de Octubre 2025
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Conociendo a san Pablo desde su vida

Un día Festo, el gobernador de Cesarea donde Pablo estaba preso, lo mandó llamar para decirle...

Por: EL INFORMADOR

Un día Festo, el gobernador de Cesarea donde Pablo estaba preso, lo mandó llamar para decirle:
     – Ha llegado por fin el momento en que se cumplirá tu deseo por tanto tiempo esperado…
     – ¿Qué dices?
     – Pablo, irás a Roma.
     – ¿Podrán ir conmigo Lucas y Aristarco?
     – Si así lo quieres, sea. Sé que Lucas es romano como tú, ¿pero Aristarco?
     – Es macedonio de Tesalónica. Me ha ayudado mucho y me será de gran ayuda.
     Festo había dado instrucciones al centurión:
     –Julio, llevarás a tu cargo a algunos prisioneros que deben llegar a Roma, pero sobre todo quiero recomendarte a Pablo; es una gran persona que bien podría ya estar libre desde hace tiempo, pero él quiere ser juzgado por el César.
     – A lo mejor lo que quiere es ir a Roma...
     – Sea lo que sea, te lo encargo mucho, como mi amigo.
     – Así se hará.

Navegando con mal viento     

     Unos días después emprendieron el viaje; el buque navegaba lentamente porque el viento era contrario y no les favorecía; mientras tanto, Pablo y sus compañeros contemplaban el horizonte.
     – Mira Lucas, allá se ve la isla de Chipre, la patria de Bernabé…
     – Sí, y mañana llegaremos a Sidón…
     –Luego atravesaremos mares de Cilicia y Panfilia, para llegar luego a Mira de Licia…
     – Pablo, el centurión Julio se porta muy amable contigo.
     – Ciertamente, Dios lo recompense por su bondad.
     Así con dificultades y sin poder tocar tierra en algunos puertos que hubiesen deseado, fueron a dar hasta un lugar llamado Buenos Puertos, cerca de Lasea.
     – Con lo que hubiese gustado llegar a Creta, por el puerto de Salmonem, decía Lucas.
     – Será para la próxima, le respondía Aristarco.

Mal pronóstico

     El recorrido desde Cesarea hasta aquí ha sido demasiado lento, soplaban ya vientos difíciles.
     Pablo dijo al Centurión:
     – Este tiempo es demasiado peligroso para proseguir el viaje. Podríamos perder la carga y la nave y hasta la vida.
     Pero el piloto y el capitán no pensaban lo mismo y decían:
     – ¡Qué sabe Pablo más que nosotros, que andamos siempre en esto…!  
     – Fíjate, el viento que sopla es ligero todavía, bien podemos llegar hasta Fénica, el puerto de Creta que está al sureste de la isla. Allí podremos pasar el invierno antes de proseguir.
     – Será mejor, porque aquí está muy feo.
     – Mejor lo feo que lo peligroso.
     Y sin hacer caso a las advertencias de Pablo, levaron anclas y se encaminaron hacia Creta.
     Unos días después, ya por la tarde, empezó a soplar el viento como una fuerte ráfaga y ya por la noche se había vuelto un huracán.
     Los pilotos no podían controlar la nave, que por momentos era arrastrada sin rumbo hacia altamar.

La tormenta

     El temporal arreciaba y las dificultades aumentaban. Durante muchos días y noches no aparecieron ni el sol ni las estrellas.
     El temor de chocar contra los escollos era cada vez mayor. Los marineros empezaron a aligerar la nave echando al mar cuanto podían, aunque la esperanza de salvarse iba poco a poco desapareciendo.
     En medio de aquella confusión, nadie sabía ya qué pensar. Entonces, al amanecer, Pablo se puso de pie en medio de la tripulación, alzó la voz y dijo:
     – Amigos, más hubiera valido quedarnos en Creta. Pero ahora les recomiendo que tengan buen ánimo; ninguna vida se perderá, solamente la nave.
     – ¿Te has vuelto loco, Pablo?
     – Esta noche he visto un ángel de Dios y me ha dicho: “No temas, Pablo; tú tienes que comparecer ante el César; Dios te ha concede la vida de todos los que navegan contigo”.  Por tanto, amigos, ¡ánimo! Yo tengo fe en Dios en  llegaremos a alguna isla…
     –Y ¿qué tenemos que hacer?
     – Entonces Pablo, con voz fuerte pero tranquila, les dijo:
     – Hace muchos días que ninguno de ustedes ha comido, es conveniente que tomen alimento, ya que todos salvarán la vida.
      Luego él mismo tomó pan, dio gracias a Dios y, en presencia de todos,  se puso a comer.
      Entonces todos los demás se  llenaron de esperanza y también tomaron alimento.
      Una noche los marineros intentaron escapar en un bote, pero Pablo dijo al Centurión:
      – Si éstos no se quedan, no podremos hacer nada, sólo con ellos nos podremos salvar...
     Los soldados impidieron la fuga, cortaron las amarras del bote y lo echaron al mar.
 
Naufragio

     Al amanecer los marineros divisaron una playa, pero no podían reconocer el lugar; no obstante, resolvieron acercarse lo más posible, pero la nave encalló y quedó allí clavada.
     Los soldados propusieron al Centurión Julio que debían matar a los prisioneros para que no escaparan, pero él, pensando en Pablo, se opuso.
Más bien dio la orden de que los que supieran nadar  ganasen la orilla, y que los demás aprovecharan tablones o algún otro despojo de la nave.
     Así, prendidos a una tabla, flotando sobre el agua… sumergidos a ratos, sin saber si era un sueño, sopor o pesadilla…si era el principio de un pasar a la otra orilla o a la otra vida… de esta forma llegaron a tierra sanos y salvos los doscientos setenta y seis pasajeros.
 
Pescadores a la vista

     – Los nativos de la isla se dieron cuenta del naufragio y acudieron en su ayuda.
     – ¿Cómo se llama este lugar?
     – Es la isla de Malta
     Como hacía frío y los náufragos estaban todos empapados, los habitantes de la isla encendieron una hoguera para que pudieran  calentarse...
     Pablo se dispuso a ayudar a recoger ramas secas cuando de pronto, de entre las ramas salió una víbora y le mordió la mano… Los nativos se decían:
     – Mal presagio, aquí acabó…
     – Ves que trae cadenas, es un prisionero, a lo mejor un criminal…
     – Morirá en poco rato por el veneno…
     – Escapó del mar, pero la justicia divina lo castiga.
     Pero Pablo, tranquilamente, se sacudió el animal sobre el fuego y no sufrió daño alguno.
     Cuando aquellos hombres crédulos y supersticiosos vieron que no le pasaba nada anormal, cambiaron de parecer:
     – Fíjate que ya pasó buen rato y no ha caído muerto…
     –Ni  siquiera se ha hinchado…
     – Oye, ¿no será un dios?
     Enseguida hubo quien fue corriendo a contarle todo esto al jefe principal de la isla, y éste vino inmediatamente a ver lo sucedido.
     Cuando vio a toda aquella gente, dio órdenes de que los acomodaran en algún lugar de sus propiedades, pero a Pablo y a sus compañeros, junto con el Centurión y el capitán, los llevó a su casa.
Pablo le interrogó:
     – ¿Cómo te llamas?
     – Publio –respondió secamente-.
     – ¿Te acontece algo? te veo preocupado…
–Tienes razón, mi padre está muy enfermo…
     – Llévame a verlo…
     En un primer momento Publio dudaba, pero fue más fuerte la preocupación por su padre… un tenue hilo de  esperanza se prendió en aquella palabra que tan espontáneamente se le daba, y en su corazón se reavivó el deseo de verlo sanar.
     Pablo entró hasta donde estaba el enfermo, lo miró detenidamente, luego hizo oración, le impuso las manos y lo curó.
     Publio no sabía cómo expresar su agradecimiento y se deshacía en toda suerte de atenciones.
     Después de este acontecimiento, la noticia se esparció por toda la isla y le llevaban a los otros enfermos que había en ella; todos los que sufrían algún mal acudían a Pablo... y en nombre de Jesús, eran curados.
     Por este motivo los habitantes de Malta tuvieron para con los náufragos toda clase de atenciones.
     Hasta las gentes más pobres les llevaban frutas y otros regalos.

La despedida de Malta

     Cuando llegó el momento en que partieron los náufragos, les proveyeron de todo lo necesario.
     –Ya se van los náufragos…
     – Llevan tres meses en la isla…
     – Nos habíamos acostumbrado ya a su presencia…
     – Vamos al puerto a despedirlos…
     – Les llevaremos unos panes…
     – Los vamos a echar de menos…
     En cambio, los náufragos decían:
     – ¿Nos iremos en esta nave?
     – Sí, es un buque de Alejandría que se quedó aquí a pasar el invierno.
     Los doscientos setenta y seis pasajeros abordaron el barco y partieron rumbo a Siracusa.
     – Adiós amigos…
     – Adiós, y gracias por todo…
     – Vuelvan algún día…
     Después de una escala de tres días en Siracusa, se dirigieron hacia Pozzuoli.
     Como hacía buen viento y el mar estaba tranquilo, llegaron en dos días.

María Belén Sánchez Bustos fsp

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