Domingo, 12 de Octubre 2025
Suplementos | Pablo en Corinto

Conociendo a san Pablo desde su vida

Pablo llegó a Corinto con la frustración que Atenas había dejado en su corazón, pero sacando de él nuevas fuerzas para continuar su apostolado

Por: EL INFORMADOR

Pablo en Corinto

     Pablo llegó a Corinto con la frustración que Atenas había dejado en su corazón, pero sacando de él nuevas fuerzas para continuar su apostolado.
Ciertamente aquello había sido una gran lección y ahora llegaba al gran Puerto con mucha más humildad, convencido de que no era la elocuencia ni el derroche de sabiduría lo que se requería para anunciar a Cristo crucificado.
Si Él, siendo Dios, se había hecho hombre y dio ejemplo de cómo enriquecernos con su pobreza… ¿por qué yo, Pablo, me empeño en enseñar con competencia creando antagonismos?
     En la plaza frente al mar, los comerciantes iban y venían, las mujeres pasaban gritando y todo aquello era una fiesta interminable.
     — Pablo, ¿a ti no te gusta divertirte?
     — Ciertamente, y yo vivo siempre alegre, aún en medio de las tribulaciones, porque mi alegría me la comunica el Señor por medio del Espíritu Santo.
     — Explícanos eso detenidamente…
     Y Pablo se quedaba hablándoles de Jesús, de la alegría de la salvación y de la libertad definitiva que Él ha traído con su presencia a este mundo.

Un encuentro importante

     El sábado muy a buena hora de dirigió a la Sinagoga con ánimo de hablar de Cristo, pero se encontró con la sorpresa de que muchos de los que allí acudían eran también cristianos.
     Entre ellos había una de pareja judía que acababan de llegar de Italia, porque el emperador Claudio ordenó que todos los judíos salieran de Roma.
Pablo se acercó a ellos y estuvieron conversando largamente. La mujer se llamaba Priscila y a él le decían Aquila…
     — Pero tu nombre es Águila.
     — En efecto, tal vez por eso soy tan inquieto, voy de un lugar a otro…
     Pablo se quedó a trabajar en su casa, ya que Aquila y él eran del mismo oficio: fabricantes de tiendas.
     Pero a Pablo lo que le importaba era la predicación, ir a todos, porque estaba convencido de que tanto las gentes que iban de paso, como los que se trasladaban de un lugar a otro, podían ser buenos mensajeros del nombre de Jesús y que así llegaría a los confines.
     Los estibadores del puerto hablaban animadamente con Pablo y hasta lo invitaban a sus fiestas. Pero él les explicaba que los que creen en Cristo se vuelven criaturas nuevas y renacidas por el Espíritu Santo, que ya no ven las cosas como antes, sino que todo lo que hacen es por y para el Señor.
     — Pablo, dime, ¿tú no crees en el amor?
     — ¡Claro que creo en el amor! Pero no en eso que ustedes llaman amor, y que se acaba en un momento, sino en el amor verdadero y duradero como Jesús nos lo enseñó.
     — ¿Jesús hablaba de amor?
     — Cierto. Es más, él dijo que el único mandamiento que había que cumplir era el del amor, porque en ese único mandamiento se contienen todas las leyes y preceptos.
     — Explícanos, Pablo, cómo es ese amor…
     Y Pablo hablaba y explicaba, y parecía que nunca iba a terminar con el tema.
     “El amor es lo más grande que existe; no es la fantasía de un momento, sino que perdura hasta la eternidad”.
     “El amor supera todas las barreras, las incomprensiones, los resentimientos… el amor perdona y olvida; ayuda y promueve…”.
“Cuando todo lo que ahora vemos se acabe, perdurará tan sólo el amor…”.

Llegan Timoteo y Silas

     En la Sinagoga se reunían para orar, y un día Pablo ve llegar a Timoteo y a Silas con otros más que venían de Tesalónica.
     La alegría de encontrarse fue muy grande, porque ciertamente sabían que Pablo estaba en Corinto, y que los esperaba, pero no sabían exactamente dónde ir a buscarlo…
     — Cuando Silas y Timoteo llegaron de Macedonia, Pablo se dedicó enteramente a predicar la Palabra de Dios, dando testimonio ante los judíos de que el Cristo era Jesús.
— ¿Cómo están todos?
— Están bien, pero algo preocupados, tienen muchas dudas… sobre todo algunos, desde que murió el hijo de Eria, se preguntan qué será de él.
     A Pablo aquello le inquieta… es necesario hacer algo… ¿viajar ahora? Sumido en sus pensamientos pasea por el muelle.
     El Señor dijo a Pablo durante la noche, en una visión: “No tengas miedo, sigue hablando en Corinto y no te calles, porque tengo yo un pueblo numeroso en esta ciudad”.
     ¿Cómo será posible llegar a los habitantes de Tesalónica?
     De pronto ve un hombre cargando una canasta llena de pergaminos… ¡es el correo! Y rápidamente surge en su mente la idea: “¡Eso es! ¡una carta!”.

La primera Carta a los Tesalonicenses

Llega a la casa y dice a los hermanos:
     — He tenido una idea: Escribamos una carta… será la primera carta a los Tesalonicenses…
     — Manos a la obra.
     Pablo dicta y los hermanos escriben, se dan el turno, cuando uno se cansa, sigue el otro…
     “En todo momento damos gracias a Dios por todos ustedes, recordándoles en nuestras oraciones. Tenemos presente ante Dios Padre la fe de todos ustedes, el trabajo difícil, la caridad y su esperanza en Jesucristo nuestro Señor…”
     — ¡Ay Tito, qué feo escribes! –dice Timoteo-, déjame que te ayude.
“Nadie conoce el día del Señor, estemos preparados, siempre en vela…  Pero no se angustien por los que ya murieron: ellos resucitarán, y todos estaremos con el Señor…”.
     Y así continúa la carta dando ánimo y consuelo a los hermanos, hasta que por fin, terminada, Pablo encarga a Tito que la haga llegar a su destino.

Polémica con los judíos de Corinto:

     Como siempre, los judíos pretendían tener toda la razón, imponer sus normas y ser ellos los dominadores… por lo tanto, se oponían decididamente a Pablo y a lo que él enseñaba.
     Cuando no podían sostener sus argumentos, adoptaban la violencia, ya con palabras blasfemas, o incluso con amenazas de muerte.
     Pablo no se inmutaba, continuaba su trayectoria evangelizadora y decía:
     — Si ustedes, judíos, que eran el pueblo elegido por Dios, no quieren escuchar su Palabra, desde ahora me dedicaré tan sólo a los gentiles.
     Entonces se retiró de allí, y empezó a enseñar en una casa que estaba contigua a la Sinagoga; era la casa de Justo, un hombre que adoraba a Dios.
Crispo, el jefe de la Sinagoga, fue a buscar a Pablo porque él y toda su familia se declaraban cristianos, al igual que muchos otros corintios que creían y se bautizaban.


Pablo, entregado por los judíos a la justicia

     Cuando Galión fue nombrado procónsul de Acaya, los judíos se pusieron de acuerdo y llevaron a Pablo ante el tribunal para acusarlo diciendo:
     — Este hombre persuade a la gente para que adore a Dios de una manera contraria a la Ley…
          Pablo iba a abrir la boca cuando Galión dijo a los judíos:
     — Si se tratara de algún crimen o mala acción, los escucharía con toda razón y con calma; pero como se trata de discusiones sobre palabras y nombres y cosas de su Ley, allá ustedes… Yo no quiero ser juez en estos asuntos.
     Y los echó del tribunal, mientras Pablo salía tranquilamente de allí.
     Entonces ellos se enfurecieron más, agarraron al primero que encontraron, un hombre llamado Sóstenes, que era jefe de una Sinagoga, y entre gritos y bravatas se pusieron a golpearlo enfrente del tribunal, sin que Galión se preocupara ni le diera a esto la menor importancia.

Nuevos proyectos

     Mientras los problemas crecían, en casa de Aquila y Priscila tenían lugar otras conversaciones:
     — ¿Es verdad, Pablo, que piensas irte de aquí?
     — Sí, pienso a viajar a Jerusalén…
     — ¿Sabes Pablo? Nosotros hemos estado pensando… como que aquí no es muy bueno el negocio este de las tiendas de campaña… ya llevamos casi dos años y esto no prospera mucho.
     — ¿Y qué proyectos tienen?
     — Irnos a otro lugar… por ejemplo a Éfeso, es una ciudad grande, bonita y además allá también tenemos parientes.
     — Es una buena idea… también a mí me gustaría ir allá alguna vez, ya que el Mensaje de Cristo Jesús, Salvador de la humanidad, debe llegar a todos sin distinción de raza, de nacionalidad o condición.
     — Sería maravilloso, Pablo…
     — Mientras tanto, les toca a ustedes empezar la tarea evangelizadora.

La despedida

     Después de algunos días, Pablo se despidió de los hermanos y junto con Priscila y Aquila se embarcaron rumbo a Siria.
     Luego que llegaron a Éfeso, Pablo entró en la Sinagoga y se puso a predicar…
     Los efesios le rogaban que se quedase allí por más tiempo, pero no accedió, sino que se despidió diciéndoles:
     — Si Dios quiere, volveré otra vez…
     Y en el primer barco que salía de Éfeso a Cesarea se embarcó, despidiéndose de todos.
     Priscila y Aquila lo acompañaron hasta el barco y allí se despidió de ellos.
     — Te esperamos, Pablo, ya sabes… nuestra casa será siempre la tuya.
     — Gracias, amigos, Dios recompense tanta bondad.

(Continuará)
María Belén  Sánchez Bustos fsp

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