Domingo, 12 de Octubre 2025
Suplementos | “Te seguiré a dondequiera que vayas”

Configurarse con Cristo

Invitación a reflexionar acerca de la vida de Jesucristo en las diversas etapas de su existencia

Por: EL INFORMADOR

A través del año litúrgico, la Iglesia nos invita a conocer, meditar y reflexionar acerca de la vida de Jesucristo en las diversas etapas de su existencia, y nos facilita el hacerlo, guiándonos paso a paso a través del mismo, proponiéndonos los pasajes evangélicos que nos van llevando de la mano en ese descubrimiento de la persona, la doctrina, los dichos y los hechos, los milagros, hasta llegar como culmen a su pasión, muerte, resurrección, ascensión y glorificación.

Cada uno de los pasajes elegidos nos va revelando sus atributos, sus capacidades como hombre y su poder como enviado de Dios, con lo que --si ya se ha tenido la experiencia del encuentro personal con Él, además de dicho conocimiento y profundización del mismo-- se suscita en la persona una admiración muy especial --porque la suscita el Espíritu Santo y porque Jesús mismo es especial-- y un deseo de seguirlo a plenitud.

Así lo señala el documento conclusivo de la Conferencia Episcopal en Aparecida, en su número 137: “La admiración por la persona de Jesús, su llamada y su mirada de amor, buscan suscitar una respuesta consciente y lib re desde lo más íntimo del corazón del discípulo, una adhesión de toda su persona al saber que Cristo lo llama por su nombre (cf. Jn 10, 3). Es un “sí” que compromete radicalmente la libertad del discípulo a entregarse a Jesucristo, Camino, Verdad y Vida (cf. Jn 14, 6). Es una respuesta de amor a quien lo amó primero “hasta el extremo” (cf. Jn 13, 1). En este amor de Jesús madura la respuesta del discípulo: “Te seguiré a dondequiera que vayas” (Lc 9, 57).

Al surgir el deseo de seguirlo, surge también la pregunta del “¿para qué seguirlo?”, y es el Esíritu Santo quien nos descubre no sólo el “para qué”, sino también el “como”. Así lo describe el citado documento de Aparecida en el número 138: “El Espíritu Santo que el Padre nos regala nos identifica con Jesús -Camino, abriéndonos a su misterio salvación para que seamos hijos suyos y hermanos unos de otros; nos identifica con Jesús-Verdad, enseñándonos a renunciar a nuestras mentiras y propias ambiciones, y nos identifica con Jesús-Vida, permitiéndonos abrazar su plan de amor y entregarnos para que otros “tengan Vida en Él”.

De esa identificación se deriva la configuración con Él, la cual será el distintivo de nuestro ser de discípulos y misioneros. El número 139 de Aparecida nos dice: “Para configurarse verdaderamente con el Maestro es necesario asumir la centralidad del Mandamiento del amor, que Él quiso llamar suyo y nuevo: ‘Ámense los unos a los otros, como yo los he amado’ (Jn 15, 12). Este amor, con la medida de Jesús, de total don de sí, además de ser el distintivo de cada cristiano, no puede dejar de ser la característica de su Iglesia, comunidad discípula de Cristo, cuyo testimonio de caridad fraterna será el primero y principal anuncio: ‘reconocerán todos que son discípulos míos’” (Jn 13, 35).

Y el multicitado documento en el número 140 añade: “En el seguimiento de Jesucristo, aprendemos y practicamos las bienaventuranzas del Reino, el estilo de vida del mismo Jesucristo: su amor y obediencia filial al Padre, su compasión entrañable ante el dolor humano, su cercanía a los pequeños, su fidelidad a la misión encomendada, su amor servicial hasta el don de la vida. Hoy contemplamos a Jesucristo tal como nos lo transmiten los Evangelios, para conocer lo que Él hizo y para discernir lo que nosotros debemos hacer en las actuales circunstancias”.

A todo esto y mucho más acerca de la persona y vida de Jesús, habría que añadirle, o tal vez explicitar, uno de los atributos que el pasaje evangélico de hoy nos hace descubrir: Jesús era un hombre de intensa, profunda y confiada oración. Como lo relata este trozo del Evangelio --y en varios pasajes más--, muy frecuentemente se tomaba un tiempo y se retiraba para estar a solas con su Padre. Y fue gracias a esos encuentros de diálogo con Él, que después de compartirle sus alegrías y sus tristezas; sus satisfacciones y sus desatinos; sus logros y sus “fracasos”; sus necesidades, esperanzas y también sus desilusiones, su Padre lo animaba, lo consolaba, lo fortalecía y le revelaba su voluntad para cada día, que Jesús, gozoso, cumplía a la perfección, tanto que declaró a sus discípulos que “su sustento era hacer la voluntad de su Padre”.

Hoy por hoy que nuestra Iglesia --y con ella nuestro mundo-- necesita de auténticos discípulos de Jesús, y que todos los bautizados no sólo estamos llamados, sino que es nuestra voluntad serlo, y serlo en verdad, hemos de decidirnos a seguir ese camino, amando y actuando con el mismo Jesús, y para ello es indispensable que en nuestra vida la oración --el diálogo con Dios-- ocupe un lugar preponderante.      

Francisco Javier Cruz Luna
cruzlfcoj@yahoo.com.mx

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