Suplementos | Juan Salvador Agraz, padre de la química mexicana Ciencia Fue un jalisciense quien iniciara la enseñanza institucional de la química en nuestro país Por: EL INFORMADOR 6 de octubre de 2008 - 04:55 hs por: josé langarica “A una cuadra del tranvía” anuncia una copla compuesta sobre el inmueble originalmente destinado para la Facultad Nacional de Química: “Calle sucia y mal cuidada Sobre arena colorada Y dando frente a la vía, Se alza blanca y majestuosa Una escuela muy famosa Que Agraz mandó edificar Al estilo americano Para preparar metano Y la química enseñar” Aquel era un edificio deteriorado de dos plantas que ya había servido para cantidad de usos: desde hospital para tuberculosos, hasta un cuartel zapatista. Antes del maestro Juan Salvador Agraz y Ramírez del Prado, la química en nuestro país únicamente podía ser aprendida merced de estudios de farmacia en la Escuela Nacional de Altos Estudios, así como en la Escuela Nacional de Ingenieros. Sorprendentemente ambas instituciones carecían de una visión tremendamente necesitada por la nación; después de la Revolución mexicana, el uso de la química para productos manufacturados había descendido a niveles casi medievales, quedando reducida a la producción de cerveza, a la minería y al azúcar, a los hilados y los tejidos, junto a algunos productos farmacéuticos. El conflicto había hecho volver a muchos de los técnicos extranjeros laborando en México dejando tras de sí un fuerte déficit de los mismos. Fue Agraz quien ofreciera esta perspectiva al Presidente Ignacio I. Madero en 1913, y aunque recibió con buenos ojos la propuesta, desafortunadamente moriría un mes después. Nació un 3 de octubre de 1881, en Tecolotán, Jalisco. “Él fue un niño con mucho interés por la química y que decidió hacer su estudios formales en Europa”, detalla la doctora María de la Paz Ramos Lara de la UNAM. “Trabajó con algunos premios Nobel, terminó su bachillerato y su licenciatura en Francia, y después hizo un doctorado en Alemania, también en química”. La muerte de Madero había sido un tremendo golpe para Agraz. Sin embargo, de ningún modo era el fin de sus esfuerzos. José Vasconcelos, alineado a los convencionalistas, junto a otro jalisciense a quien Agraz había conocido en su infancia en nuestro Estado: Felix F. Palavicini, dieron conjuntamente el primer impulso al gran proyecto de Agraz. “Si nos proponemos laborar para el bien de la Patria, debemos pensar, señor ministro, que es la instrucción pública la primera necesidad del pueblo, después del pan”, señalaba en su presentación ante el ministro de Educación, y continuaba: “Así, la química, una de las madres de la industria, enseñará al pueblo la manera de sacar amplio partido del suelo que pisa y entonces, conocedor de las verdades científicas, sentirá más apego al pedazo de tierra que tocó en suerte poseer en el mundo y al que tiene el derecho de llamar Patria”. Agraz había escrito eso un 1 de octubre de 1915; para el 24 de diciembre del mismo año, era nombrado director fundador de la primera Escuela de Química de nuestra nación. El 22 de mayo de 1916 comenzaron las clases sin ceremonia inaugural alguna. Contaba con 40 alumnos y 30 alumnas. Se montaron los primeros talleres de jabonería, fermentación y perfumería. En su artículo primero, la escuela establecía en sus objetivos: “Impulsar y fomentar a la industria nacional mediante la difusión de conocimientos teóricos y prácticos relacionados con la química”. Es interesante observar que no era ni siquiera necesario saber leer y escribir para la carrera de Práctico Industrial, ya que se enseñaba dentro de la matrícula (aquel era un país donde el analfabetismo llegaba al 80 %). La inauguración oficial se llevó a cabo el 23 de septiembre de 1916. La Escuela Nacional de Química no había conocido el último de sus obstáculos y problemas, sin embargo sembraría las bases de esa institución en México, para extenderse con el tiempo al resto del país. En cuanto a Juan Salvador Agraz, “con el tiempo llegó a tener otros cargos -abunda la doctora Ramos-. Propuso junto con otro investigador la creación de la carrera de ingeniero petrolero. Después comenzó a trabajar en petróleos, llegó a ocupar el cargo de director de petróleos mexicanos”. “Pero, también hay que resolvernos a ser libres desde el punto de vista industrial y, si nos proponemos serlo, realmente lo conseguiremos”, había escrito Agraz hacia el final de su carta al secretario de Educación, buscando el visto bueno para su proyecto “porque nuestra Patria es extraordinariamente rica en reservas naturales de toda especie y nosotros, los que hemos estado trabajando en el Instituto Geológico Nacional, no hicimos sino inventariar parte de las riquezas minerales del suelo mexicano”. Es interesante notar que los propósitos de Agraz continúan vigentes. Temas Tapatío Lee También Samuel Kishi y su cine que cruza fronteras y generaciones Un museo vivo: Experiencias y arte en el Cabañas La gran estafa que nos hizo “americanos” El río Lerma: un pasado majestuoso, un presente letal Recibe las últimas noticias en tu e-mail Todo lo que necesitas saber para comenzar tu día Registrarse implica aceptar los Términos y Condiciones