Jueves, 09 de Octubre 2025
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“Estoy solo en la oscuridad, dándole vueltas al mundo en la cabeza mientras paso otra noche de insomnio, otra noche en blanco...

Por: EL INFORMADOR

Por: Eduardo Castañeda

Un hombre en la oscuridad
“Estoy solo en la oscuridad, dándole vueltas al mundo en la cabeza mientras paso otra noche de insomnio, otra noche en blanco en la gran desolación americana. Arriba, mi hija y mi nieta están cada una en su habitación, también solas: mi hija única, Miriam, de cuarenta y siete años, que se acuesta sola desde hace cinco, y Katya, de veintitrés, única hija de Miriam, que antes dormía con un joven llamado Titus Small, pero ahora Titus ha muerto, y mi nieta duerme sola con el corazón destrozado.
Luz radiante, y luego oscuridad. El sol fulgurando por todos los rincones del cielo, seguido de la negrura de la noche, el silencio de las estrellas, el viento que agita las ramas. Ésa es la monotonía diaria. Llevo viviendo más de un año en esta casa, desde que me dieron de alta en el hospital. Miriam insistió en que viniera, y al principio estábamos los dos solos, junto con la enfermera que me cuidaba durante el día cuando mi hija se iba a trabajar. Luego, tres meses después, a Katya se le cayó el mundo encima, y entonces dejó la escuela de cine en Nueva York y se vino a Vermont a vivir con su madre.
Sus padres lo llamaron como al hijo de Rembrandt, ese pequeño de los cuadros, el niño de cabellos dorados y gorro escarlata, el pupilo distraído que no comprende la lección, la criatura transformada en un joven devastado por la enfermedad que murió a los veintitantos años, igual que el Titus de Katya. Es un nombre maldito, un nombre que debería retirarse para siempre de la circulación. Pienso a menudo en el fin de Titus, la horrorosa historia de su último trance, las imágenes de su agonía, las demoledoras consecuencias de su muerte para mi atribulada nieta, pero no quiero entrar en eso ahora, no puedo caer en ello, tengo que alejarlo lo más posible de mi pensamiento.”

Paul Auster. Un hombre en la oscuridad. Anagrama. Barcelona. 2008. 207 págs.
Paul Auster es uno de los escritores estadounidenses más reconocidos. Su maestría para conjugar historias ligadas por la casualidad o el orden del caos, y su genio para desarrollar personajes, lo hacen un suculento platillo literario. Nació en Nueva Jersey en 1947. Es autor, entre otras, de El palacio de la luna, El cuaderno rojo, Leviatán, El país de las últimas cosas.

Llenos de vida
“Joyce estaba en el salón rodeada de libros y leyendo. Vi a mi padre en el patio de atrás, cómodamente sentado bajo una sombrilla de playa, con una jarra de vino en la mesa metálica que tenía al lado, un puro en la boca y las piernas estiradas, observando la casa.
—¿Qué ha dicho del agujero?
—Quiere meditarlo —dijo Joyce.
—No hay nada que meditar —dije—. Sólo hay que arreglarlo.
Cerró el libro.
—Deja que le dé vueltas al asunto. Tiene muchas ideas.
—Da igual lo que piense, hay que reparar el agujero. Ha sido una equivocación traerlo. Es viejo y de costumbres fijas. Vaticino problemas.
—No puedes hablar de ese modo de tu padre.
—No puedo evitarlo, se ha vuelto excéntrico.
—Deberías haber pensado eso antes de invitarlo. Por lo del cuarto mandamiento.
—¿Qué cuarto mandamiento?
—Honrarás a tu padre y a tu madre.
La miré. Era el vivo retrato de la placidez, con el montículo apoyado orgullosamente en los muslos, como si fuera otra entidad. Y era como si uno hablara con dos personas. Sus bonitos ojos grises parecían despejados tras las gafas de leer. Tenía una docena de libros alrededor, unos en la mesilla del café, otros en el sofá, amontonados junto a ella. Leía a Chesterton y a Belloc, a Thomas Merton y a François Mauriac. Había libros de Karl Adam, Fulton Sheen y Evelyn Waugh. Miré algunos títulos: La esencia del catolicismo, La fe de nuestros padres, Idea de una universidad. Unos cuantos eran míos, de una caja llena de polvo que había en el garage, pero todos los demás eran nuevos, comprados en una librería. Me asombraba verla con aquella literatura, ya que era una mujer fría y materialista; pertenecía a un grupo semántico; más aún, era prácticamente atea, con una paciencia científica e inflexible para los hechos.
—¿Qué haces?
—Estoy pensando en cambiar. —Se quitó las gafas—. Si Dios es infinitamente bueno, ¿por qué permite que nazcan niños deformes?
Me quedé helado.
—¿Le pasa algo al niño?
—Claro que no. Te he hecho una pregunta.”

John Fante. Llenos de vida. Anagrama. Barcelona. 2008. (Primera edición 1952).  157 págs.
John Fante (1909-1983. Estados Unidos.) se dedicó a la literatura y al cine, aunque el reconocimiento pleno en la primera le llegó hasta después de su muerte. Con este título Anagrama termina la publicación de sus ocho novelas, entre las que están: Espera a la primavera, La hermandad de la uva y Un año pésimo.

Tapatío

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