Suplementos | Literatura Carmen, el Rey y el Presidente El escritor español Manuel Vicent juega de nuevo con la historia y la ficción al reconstruir una relación de novela Por: EL INFORMADOR 9 de febrero de 2013 - 21:39 hs Imaginario. La vida de Carmen Díez de Rivera es el centro de la novela “El azar de la mujer rubia”, del escritor Manuel Vicent. / GUADALAJARA, JALISCO (10/FEB/2013).- Seguramente a Manuel Vicent (Villavieja, Castellón, 1936) no le pasaba por la cabeza que aquella mujer rubia, que mezclaba la timidez con la soberbia y que se dejaba caer por la tribuna de prensa del Congreso en ocasiones, acabaría protagonizando una de sus novelas. De Carmen Díez de Rivera se dijo de todo: musa de la Transición, amante real, agente marxista, espía, masona... Era lista, comprometida y guapa, trilogía imperdonable en sociedades de alma enrarecida como era la española recién muerto el dictador y vivo su espíritu. Con lo que Díez de Rivera vivió a los 17 años bastaba para una tragedia griega o una intriga venezolana. A esa edad descubrió que el hombre con el que iba a casarse era su hermano. Hasta los 17, Carmen ignoró que era hija de Ramón Serrano Súñer, cuñadísimo de Franco, antaño todopoderoso ministro y amigo de algunos placeres no bendecidos por la Iglesia como las relaciones extraconyugales. Serrano mantuvo una de ellas con la marquesa de Llanzol, casada con un aristócrata acaso demasiado bonachón y viejo para la mujer más sofisticada de Madrid. De aquella pasión nació Carmen, que creció sin saber que el tío Ramón era en verdad su padre y que el novio Ramón era en realidad su hermano. Después de aquella sacudida, continuó acumulando experiencias, unas radicales y otras sencillamente históricas. Se fue de misionera a África, se comprometió con la democracia mucho antes de que creyesen en ella los elegidos para pilotarla, se hizo amiga de los príncipes, mano derecha del presidente español Adolfo Suárez y la mujer más poderosa de la Transición española (por poco tiempo: permaneció un año como jefa del gabinete) y finalmente militante socialista. Hasta aquí la biografía. Pero Manuel Vicent no ha escrito una biografía. “He creado un juego literario entre la realidad y la ficción cuyas reglas, no me cabe duda, serán comprendidas y aceptadas por cualquier lector agudo”, escribe en una nota al final de la novela. En El azar de la mujer rubia (Alfaguara), Vicent pone en pie una quimera literaria (mitad elucubración, mitad historia) sobre la que también armó su anterior novela, Aguirre, el magnífico, que suscitó grandes carcajadas y el enojo mitológico de la duquesa de Alba. “Cuando se enfadaba se vendían como churros”, bromea. “Este”, añade en referencia al actual libro, “está pasado por la censura jurídica. No creo que haya nada querellable. Casi me da vergüenza”. Aunque hay amoríos, correrías, dimes y diretes, no contrastados por la verdad histórica, pero de acreditada solvencia para el entretenimiento. Porque Vicent persigue como autor lo que celebra como lector: las novelas que se leen en estado febril, de un tirón. El libro arranca en aquellos días en los que, pasara lo que pasara a continuación, estaba garantizado que mejoraría el presente. El escritor reivindica el papel de los políticos de entonces: “Dieron lo mejor que tenían para sacar esta empresa adelante. Lo que sucede ahora es justo lo contrario: los partidos se han convertido en estancias cerradas con un aire irrespirable. Cada partido da lo peor que tiene de sí”. En puridad El azar de la mujer rubia germinó sobre una imagen posterior: Suárez y el Rey, de espaldas mientras caminan por un jardín, el brazo real sobre los hombros del presidente. Aquella foto sacudió al escritor: “Me imaginé qué podía imaginar Suárez de sí mismo. La nebulosa de Suárez era una metáfora exacta de la realidad, recordar es siempre desfigurar e imaginar. Si una memoria nebulosa la aplicas a la literatura, se convierte en una materia literaria”. Aferrado a la niebla, Vicent envuelve con ingredientes literarios episodios históricos que fueron hitos sublimes o ridículos de los años de democracia: el funeral de Franco, la legalización del PCE, el golpe de Estado de Tejero, la guerra sucia contra ETA durante el Gobierno socialista, la boda de Ana Aznar en El Escorial, la foto de las Azores o la caída de Lehman Brothers y el principio del fin que no tiene fin. De la desmemoria que se ha adueñado del hombre que, sin haber sido preparado para ello, empeñó su energía en enterrar la dictadura, emergen personajes y acontecimientos. Ficticios o no. “La función de la literatura es que sea verosímil”, defiende el autor de Tranvía a la Malvarrosa. Dirá más: “Por falta de talento o fuelle o ganas, no puedo escribir nada que no haya imaginado, vivido o tocado de cerca, pero no se trata sólo de contar tu batallita, ese algo vivido se transforma en una experiencia que le atañe a más gente”. En este juego literario, Carmen Díez de Rivera es uno de los vértices de un triángulo político y afectivo que completan don Juan Carlos y Adolfo Suárez. La historia ya tiene en su pedestal a los dos hombres, pero Carmen, fallecida en 1999 tras un cáncer, era un jirón desvaído del pasado, que el escritor rescató en el último segundo cuando estaba a punto de desaparecer para siempre. Tereixa Constenla / El País Temas Escritores Tapatío Lee También Conquistando la cima más alta de Jalisco Resistencia cultural en el tianguis de la Leña La danza contemporánea abre paso al legado en el arranque del FID 2025 Samuel Kishi y su cine que cruza fronteras y generaciones Recibe las últimas noticias en tu e-mail Todo lo que necesitas saber para comenzar tu día Registrarse implica aceptar los Términos y Condiciones