Suplementos | texto y fotos: laura zohn Capicúa La sencillez como esencia Por: EL INFORMADOR 12 de diciembre de 2008 - 17:54 hs No es lo mismo sencillez que simplicidad. Son términos parecidos pero no iguales. Recuerdo que mi papá lo explicaba de la siguiente manera: mira un poste y mira un árbol. Tienen similitudes y diferencias. Vamos con las primeras… Ambos se sostienen gracias a una estructura vertical, la cual es fácil de entender a simple vista. Ambos son fuertes y en general resistentes a vientos o lluvias. Ambos están anclados a la tierra a través de sus raíces o cimientos. Ambos suelen tener una altura considerable y se observan desde cierta distancia en una ciudad. Sin embargo, en las diferencias está lo interesante. El poste no da sombra más allá del elemento vertical, mientras que el árbol genera una sombra fresca y amplia, según su fronda. El color del poste normalmente es gris o café, mientras que el árbol ofrece una gran variedad de verdes, claros, oscuros, brillantes o mates. El poste no tiene gran cosa que admirarle, excepto algunos tornillos o alambres, mientras que un árbol puede dar frutos y flores de diverso colorido. Un árbol también puede generar sonidos agradables cuando silba el aire entre su follaje. Pueden los pájaros hacer sus nidos en él o si es muy grande, hasta nosotros podemos hacer una casita allá arriba. Finalmente puedes trepar al árbol y desde su punta, observar el paisaje o el panorama urbano, según el sitio. En fin... creo que la sencillez y la simplicidad quedan explicadas: el poste es simple, el árbol es sencillo. El poste carece de toda la estética y la calidez que un árbol posee. Quise dejar claro el concepto de sencillez antes de mencionarlo en los siguientes párrafos, ya que es la esencia de una de las colonias funcionalistas más representativas de Guadalajara: la colonia Vallarta Poniente. La belleza de la forma está supeditada a la función: los años cincuenta están en el aire. Si funciona es bello, esa es la consigna. El estilo arquitectónico de las casas que aún permanecen intactas confiesan la forma de vida que en ellas se concibe: sus formas externas revelan con toda transparencia la función de sus espacios interiores. En esta colonia, las casas hablan por sí solas de un funcionalismo o racionalismo tapatío, en su época de máximo esplendor. Contenida por las avenidas Vallarta, Inglaterra y López Mateos, Vallarta Poniente se inserta en uno de los triángulos que surgen de la estrella vial generada por la Glorieta Minerva. Es similar a varias colonias colindantes, tanto en su nombre (Vallarta San Jorge, Vallarta Sur, Arcos Vallarta, etcétera) como en la uniformidad urbana interna. Esta zona, empero, goza de un distintivo que la vuelve casi barrio, poco común en una colonia y sobretodo tan pequeña: en la esquina de Tapalpa y Barra de Navidad, se eleva la Parroquia de San Pedro Apóstol. Es sumamente curiosa por sus aires de grandeza (se ve mucho mayor de lo que en realidad es) y por su mezcla de regionalismo y austeridad. Una característica común son las columnas cilíndricas delgadas, que sostienen a los balcones con sus jardineras. Los balcones a su vez techan las terrazas – o verandas - de bienvenida. Desde cualquier ángulo, las formas de estas construcciones tienen su esencia en la sencillez y a la vez en una gran fuerza expresiva, cuyo común denominador es la soltura. De uso originalmente habitacional, Vallarta Poniente se ha visto afectada, como tantas zonas de Guadalajara, por el cambio drástico e imprevisto en los usos del suelo. En este caso, el pequeño comercio, especialmente las abarroteras, han aparecido simultáneamente con el uso de las fincas como oficinas (inmobiliarias y aseguradoras, entre otras). El hotel Fiesta Americana, ubicado en la punta noreste del triángulo, si bien protege a sus habitantes de la contaminación visual y auditiva, también vuelca sus fachadas menos gratas y áreas de bodega hacia el interior de la colonia. Algunos negocios de antaño, muy conocidos por la clientela tapatía, sobrevivieron en esta colonia, como la Flor de Jalisco o las nieves del Antiguo Polo Norte. Conforme se acercan a las avenidas, las casas se transforman y su uso se comercializa. Cada vez más fincas están en venta o en renta, lo cual hace peligrar la identidad de la zona, ya que no parece haber mucha regulación respecto a las remodelaciones permitidas. El tránsito vehicular (y de trenes) es intenso en sus alrededores. Para algunos moradores constituye una gran ventaja comunicarse rápidamente con las vías principales. Sin embargo, éstas mismas la aprisionan (no puede crecer) y filtran hostilidades, como anuncios luminosos en fachadas, ruidos de talleres mecánicos, altas velocidades en calles angostas sin semáforos. Esta situación, en los últimos 30 años, ha creado una isla habitacional cada vez menos densa. De hecho, las fachadas que miran a las tres grandes avenidas ya no son casas, excepto una que otra atrapada entre comercios. Quizá ese era el destino de la colonia por la voracidad de la mancha urbana, que expulsa sin descanso la vivienda de las zonas céntricas a las periféricas. Vallarta Poniente, aún así, sigue siendo sencilla y por tanto majestuosa. La mayoría de la gente que la vive son sus primeros habitantes, quienes gozan del rumor de la fuente, bajo las farolas del parque semicircular, ese que marca el ingreso a la colonia desde avenida Vallarta. Unas calles repiten este semicírculo, las demás parten de ahí en forma radial. Aún portan sus letreros de fierro originales, donde se leen nombres (dados por el arquitecto Rafael Urzúa) como Barra de Navidad, Mazamitla, Chapala, Tapalpa, San Juan de Los Lagos y Autlán. Justamente, en la esquina de San Juan de los Lagos y Mazamitla, está una de mis casas favoritas. La he bautizado como la casa del Balcón de Piano. Tiene años abandonada; si pudiera la compraba y la restauraba, no he visto otra casa con porte semejante. Salvo algunas obras, tan nuevas como incongruentes, seducidas por un modernismo mediocre que combina aluminio, cantera, teja falsa (plana), texturas rugosas y –lo peor- bardas altas que ciegan la visibilidad, la sencillez compositiva del funcionalismo aún salta a la vista. Materiales amables como piedra braza y ladrillo de lama dan el toque local al entorno. Ciertas fincas llevan, como volumen predominante, el cuerpo vertical de la escalera -cilíndrico o rectangular- matizado con cuadritos de vidrio por donde entra la luz solar. Por lo general, cuentan con un área generosa de servidumbre, a modo de jardín, seguidas por fachadas planas, sin salidas ni remetimientos. Los volúmenes cúbicos, de enjarres lisos y colores discretos, llevan ventanería simétrica, enmarcada discretamente, y su ornamentación es escasa o nula. Las terrazas y los balcones son los elementos que dan el equilibrio idóneo a esta volumetría. Abiertos a los jardines, estos espacios bastan para matar las horas ociosas de la tarde y comadrear a lengua tendida. Los dos niveles de las casas suman hasta diez metros, pero no hay bardas gigantes que las aíslen. La separación es un muro mínimo de piedra braza, seguido de un enrejado delgado de simple diseño que, con los años, se disfraza de enredaderas y nos hace olvidar las fronteras rígidas entre lo público y lo privado. Viva la sencillez, no la simplicidad. Temas Tapatío Lee También Samuel Kishi y su cine que cruza fronteras y generaciones Un museo vivo: Experiencias y arte en el Cabañas La gran estafa que nos hizo “americanos” El río Lerma: un pasado majestuoso, un presente letal Recibe las últimas noticias en tu e-mail Todo lo que necesitas saber para comenzar tu día Registrarse implica aceptar los Términos y Condiciones