Sábado, 11 de Octubre 2025
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Caminar con Cristo en el tiempo ordinario

La vocación cristiana es respuesta gozosa al llamamiento divino

Por: EL INFORMADOR

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     Atrás quedaron ya las fiestas navideñas, con su carga de alegría y tal vez cierta nostalgia. El pueblo canta:

“La Noche Buena se viene,
la Buena Noche se va,
y nosotros nos iremos
y no volveremos más”

     Mirar el pasado es sabiduría, si es para atesorar las enseñanzas encerradas en propias y ajenas experiencias; sólo para eso. Pero la vida tiene una dirección, una flecha siempre apuntando hacia adelante.

     Vivir es caminar del presente hacia el futuro. La Iglesia, Madre y Maestra con la experiencia de veinte siglos, ha forjado el Año Litúrgico para conducir el Culto Divino, la oración y la vida del cristiano, siempre en perpetuo cambio. Ya es la hora de dejar el gozo navideño y tomar un nuevo aliento para ir, para caminar, en seguimiento del Señor. Unas semanas, siete, de tiempo ordinario hasta llegar al dintel de la cuaresma el Miércoles de Ceniza.

La vocación cristiana es respuesta gozosa al llamamiento divino

     Ahora, aquí y en todo el globo, Cristo llama. El cristianismo, la Iglesia, es la congregación de seres humanos libres, llamados a caminar con Cristo; ha peregrinado veinte siglos y sigue peregrinando.

     La Iglesia no es una realidad estática. Fundada por Cristo, es su Reino, para ir, siempre ir, desde el tiempo hasta la eternidad, siempre en camino.

La Iglesia --Cristo a la cabeza--  llama, busca y llama. En los primeros días, en la breve vida pública del Señor, llamó a los primeros. Entonces llamó, después volvió a llamar y día a día la voz del Señor llega no a los oídos, sino

a lo íntimo: al alma. Llama a los que Él quiere llamar, cuando y como Él los quiere llamar.

     A ese llamamiento se le da el nombre de vocación --del verbo latino vocare--, es decir sencillamente llamar. Mas el llamamiento no es mandato, es invitación.

La vocación es predilección

     Había muchos pescadores en el Lago de Tiberíades, y el Señor solamente llamó a cuatro.

     Ingresaron al Seminario ciento veinte alumnos, a primero de preparatoria; pasaron los años y llegó la hora: solamente fueron ungidos sacerdores seis de ese grupo.

     Mas la más amplia vocación, la universal, es el llamado a la salvación.

Pero este negocio de la salvación siempre toma en cuenta la libre respuesta, porque es invitación. San Agustín lo expresa ingeniosamente en una frase: “El que te creó a ti, sin ti, no te salvará a tí sin ti”.

     El Señor es amor, bondad, invita y espera la respuesta porque cada ser humano es una barca con su propio timón, cada uno desde pequeño ya lo tiene. La respuesta esperada lleva a la salvación.  

Seguir a Cristo es perderse para encontrarse

     La vocación de Leví es el ejemplo claro. Era un publicano, un cobrador de impuestos para la Roma opresora. Escuchó la voz: “sígueme”, y allí se perdió Leví el publicano y se encontró a sí mismo, ya con otra vida con otro nombre: Mateo el discípulo, el apóstol, el evangelista.

      La vocación transforma internamente. Es larga la enumeración de los convertidos. Para seguir a Cristo, perdieron para encontrarse. Es la aplicación del mercader de perlas. Con gozo vende cuanto tiene, para comprar esa perla preciosa.

     Es el gozo de los Magos. Habían perdido la estrella y fueron a dar hasta el palacio de Herodes y ante el soberano, para pedir información.Y cuánta fue su alegría al ver de nuevo aparecer la estrella, que los condujo hasta encontrar al Niño en brazos de María. Es el gozo continuamente registrado en la historia interna de muchas almas, cuando han encontrado a Jesús, el único Camino.

Fijando los ojos en Jesús

     El evangelio de este domingo es el inicio de la vida pública de Cristo, y San Juan presenta así la escena: Juan el Bautista, rodeado de sus discípulos, ve pasar al Salvador y, fijando los ojos en Jesús, lo señala con la mano para que sus discípulos miren hacia Él y ahora sigan a Jesús. El Bautista es precursor, es decir, llamado a caminar antes y prepararles el camino. Es el momento de ceder el paso. La voz cede el paso a la Palabra; el siervo, a su Señor; la criatura, a su Creador.

“Este es el Cordero de Dios”

     Así lo nombra Juan. El pueblo de Israel ofrecía víctimas de propiciación y de expiación. Sobre el altar ofrecían frutos de la tierra y animales sacrificados. El cordero era la víctima propicia.

     Pero todos los sacrificios de la antigua alianza dejaron de ser gratos a Dios. En la Carta a los Hebreos, con extensión se manifiesta el nuevo sacrificio: el único, el mismo Cristo, cordero inmaculado, víctima sin mancha, ofrecido y entregado de una vez y para siempre en el ara de la Cruz.

     Con toda propiedad el Bautista lo llama Cordero de Dios, y la Iglesia en la Misa, continuación del sacrificio del Calvario, al presentar la hostia consagrada, ante la asamblea así lo presenta: “Este es el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo...”. Cordero de Dios que con la entrega libérrima de su sangre nos mereció la vida.

Y se quedaron con Él

     Este es el final: los discípulos de Juan ya se quedaron con el Señor Jesús. Fueron los primeros discípulos. En veinte siglos del caminar del Pueblo de Dios, muchos, incontables, han oído el llamamiento y se han quedado con Él.

Una gracia, un regalo divino, fue para ellos haber descubierto en Jesús al Verbo de Dios hecho hombre, hecho visible y allí al alcance de sus sentidos, de su mente.

     El evangelista San Juan, ya anciano, al recordar su cercanía con Cristo en esos años de discípulos, escribió: “Lo que vimos, lo que oímos, lo que con nuestras manos palpamos... Esa cercanía con el Maestro,el gozo de compartir con el Maestro, era su gozo”.

     Esa cercanía ha sido para muchos camino de santidad; “en Él estamos, nos movemos y somos. Cerca de ti, Señor, cerca de ti, contigo”.

     El cristiano del siglo XXI siente y no se equivoca y así se expresa: En verdad no hay pueblo sobre la tierra que tenga a su Dios tan cerca, como tenemos nosotros a nuestro Dios. “Hoy estaré con ustedes todos los días hasta la consumación de los siglos”, es promesa del Señor.

     Hoy se ven  templos llenos de fieles postrados de rodillas, en adoración, porque ha sido expuesto en una custodia de metal fino el Pan de Vida, Cristo en la Hostia”. ¡Bendito sea!

José R. Ramírez Mercado

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