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Viernes, 15 de Noviembre 2019
Suplementos | La primera bienaventuranza dice “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos”

Bienaventurados los pobres de espíritu

En el evangelio según san Mateo (5, 3-12) leemos el sermón del monte, donde se expone el auténtico espíritu del ser cristiano

Por: EL INFORMADOR

     En el evangelio según san Mateo  (5, 3-12) leemos el sermón del monte, donde se expone el auténtico espíritu del ser cristiano. La primera bienaventuranza dice “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos”. Comencemos por la palabra Bienaventurados. De acuerdo con el diccionario de la Lengua Española, bienaventurado significa afortunado o feliz, por lo que podemos concluir que las bienaventuranzas son un llamado a la felicidad plena en este mundo.
     Con respecto a la pobreza de espíritu o pobreza evangélica, tenemos lo siguiente. El dinero es el ídolo de nuestro tiempo; es fácil constatar que a él le rinde homenaje –que a veces raya en un patético culto– la multitud, la masa de hombres que sigue el canto de las sirenas, que miden con la cantidad acumulada o pretendida, la honorabilidad y la dicha. El dinero se ha llegado a considerar como un bien en sí mismo y como fin y meta de la existencia humana. Es causa de envidias, de robos y fuente de intranquilidad constante.
     ¿Significa esto que el dinero ha de condenarse y considerarse casi demoníaco? Por supuesto que no. Nuestra época no permite privación de cosas materiales básicas para una vida digna; un jefe de familia no puede permitirse dejar de proveer a su cónyuge y a sus hijas e hijos de alimento, casa y vestido, cosas que sólo se consiguen con dinero. Pero también está obligado, junto con todos y cada uno de los miembros de la familia, a proveerse mutuamente de amor y caridad evangélica, en estricta consonancia con el cuarto mandamiento de la Ley de Dios.
     Pobreza evangélica no significa, en modo alguno, privación. De hecho, un cristiano auténtico podría ser una persona con altos niveles de ingresos monetarios. ¿Cómo es esto? El cristiano lleva una vida de oración (no confundir con una actitud rezandera), esto es, de comunicación efectiva con Dios. A través de ella, el ofrecimiento de obras es uno de los aspectos fundamentales que inmediatamente conlleva hacer lo mejor posible lo que debe hacerse.
     Un cristiano que trabaja en cualquier circunstancia, realizará su trabajo de la menor manera posible, pues se lo ofrece a Dios y a Él no podemos ofrecerle sino lo mejor de que seamos capaces. El cristiano le da un sentido a su trabajo al considerarlo como un don y, como tal, hay que responder a Dios como lo hacen los siervos fieles de la parábola de los talentos (Mt 25, 14-30). Un trabajador cristiano es puntual en todo momento, ya sea para llegar a su lugar de labores, o para entregar lo que se pide y para alcanzar con metas sin murmuraciones. Respeta y ayuda a sus compañeros y colegas, es responsable con los bienes que tiene a su cargo, y en todo realiza su mejor y máximo esfuerzo. Es lo más lejano a un ser conformista o mediocre. Un trabajador así fácilmente asciende en su trabajo y es objeto de reconocimiento, respeto y aumentos salariales. ¿Ha de rechazar éstos en nombre de la pobreza? Por supuesto que no, los ha ganado honradamente y es lo que, en justicia, se espera que reciba.
     La pobreza evangélica consiste, entonces, en el desapego de las cosas materiales. Una persona puede tener muchas de ellas y ser verdaderamente pobre, o puede soportar grandes carencias y ser inmensamente rico, pero como aquellos ricos de los que N. S. Jesucristo decía que era más fácil hacer pasar una camello por el ojo de una aguja, a que uno de ellos entrara al reino de los cielos. El desapego consiste en que las cosas materiales dejan de ser el fin, la meta de las actividades o de la vida misma, para convertirse en meros medios para la propia santidad.
     La pobreza de espíritu le da un nuevo significado a las cosas materiales: son ganadas por la gracia de Dios, quien nos ha dotado de talentos y que debemos ponerlos a su servicio y al servicio de nuestro prójimo. La codicia y el apego a las cosas materiales nos esclavizan a ellas y nos vuelven egoístas y corruptos; nos roban la tranquilidad y nos impiden ser felices. Sólo la pobreza de espíritu permite la tranquilidad y la felicidad. Es por ello que la segunda frase de la bienaventuranza dice: “…porque de ellos es el reino de los cielos.” Que Dios nos bendiga y nos guarde.
     
Antonio Lara Barragán Gómez OFS
Escuela de Ingeniería Industrial
Universidad Panamericana
Campus Guadalajara
alara(arroba)up.edu.mx

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