Suplementos | -Así es- dijo una vez María Greever Arandas, charros, tequila, dulces y campanas calladas Ir a Arandas, es un poco entrar al mundo surrealista del México desconocido, en el que tenemos la suerte de vivir Por: EL INFORMADOR 7 de febrero de 2009 - 21:32 hs Pa´empezar… los charros; y de los meros buenos se aparecen desde la pura entrada. Caballos bailarines de buena alzada. Sombrerudos bigotones muy guaposos aparecen por doquier. Botonaduras de plata y moños al pescuezo engalanan las altivas figuras que se hacen uno solo con sus pencos. Bonita imagen es la que presentan, mientras los cascos y las espuelas repiquetean ansiosos camino al festival. Así fueron las figuras que (por suerte) se aparecieron al puro entrar al pueblo. Tequilas en Arandas… ¡No, pos ay nos amanecemos…! Muchos, y de los meros buenos se asoman presumidos en las tiendas de cada esquina. En una de ellas, me acuerdo que aparecía muy ostentoso un letrerón que decía, y no sin jiribilla… “Aquí vendemos el Más Cabrito de los tequilas”; ¡Y síganle de ahí pal`rial! Desde el “Siete Leguas” (el caballo que Villa más estimaba) y los “Cazadores”, con su “Centinela” a un lado (para eso de que nos cuide en el más después), hasta otros muchos con los que ya no me quisiera emborucar de tantos los que son. Tan buenos los unos como los otros; pa´ que digo que no. Sin embargo, ay les dejo algunos de los nombres en los que sentí que la idiosincrasia mexicana brillaba a todo su esplendor: Que les parecen las marcas “Cabrito”, “El Cuatro Vientos”, “Casino Azul”, “Lluvia de Estrellas”, el “Tres Gracias”, o “El Apostador”, “El Chilango” y… ¿Que pero le ponen a… “Reserva del Cardenal”? (líbrenos de culpa) y luego para acabalar está “El Salto de Don Vito” -¡y punto!- dijo aquel. Así son las habas que se cuecen allá en las tierras alteñas arandeñas ¡y búsquenle! La iglesionona (que más parece catedral), parecería que se nos viene encima al caminar por la plaza principal. Gótica, neogótica o como le quiera usted llamar, con altivez y seguridad apunta sus agujas maravillosamente diseñadas y ejecutadas, hacia cielos nunca vistos, llevando un pesado cargamento de palomas, gárgolas, rosetas, vitrales, volutas y miles de filigranas que bien quisieran expresar (muy a su modo) la grandeza del señor. El humilde nombre con el que la bautizaron (San José Obrero) parece correr parejas con la campana que nunca pudo llegar a donde debía, ni sonar como debía. Por algo le dicen, no sin cierta sorna…”La Reina del Silencio”. La dichosa campana cuelga, casi con pena, de un hermoso arco que está ¡fuera de la iglesia! Muy bello monumento, ni duda cabe. Y que siendo “la campana más grande de América Latina” y “la séptima más grande en el mundo entero” no pudo llegar a su sitial porque el edificio no resistía su peso. Así es que -¡Te quedas afuerita!- le dijeron los que saben. -¿Y si toca?- preguntarán ustedes. -Sí, sí toca- pero poquito. -En las pocas ocasiones en las que la campana tañe con aquel enorme badajo que le cuelga ahí enmedio -me dijo una señora que estaba en la sacristía -suena como cántaro rajado- aseguraba -suena ronca, pero bonito- insistió, -pero ya nos acostumbramos y hasta nos gusta su sonido- agregó gozosa. Pos ay, mientras que estábamos discutiendo lo del badajo, vimos un supermercado, pero de puros dulces, que está a un lado de la iglesia. No, pos ay vamos como niños de primaria. Borrachitos, mechudas, tarugos, glorias y magdalenas nos recibieron con singular alegría. Elio, el dueño, sumergido en su sombrero de paja, y su esposa Vianey, con su delantal donde presumía el nombre de “Dulcería de Los Altos”, vigilaban con celo tanto las cajas que sonaban sin cesar, como las caras gozosas y satisfechas de la clientela. Supermercado de dulces es palabra corta para describir lo que sucedía en esa tienda; museo de los dulces arandenses creo que sería más representativa. Inútil sería platicarles lo que contenían los bolsijones con los que salimos de la tienda aquella. Obleas, muéganos, chiclosos, rompopes y jamoncillos retacaban nuestras bolsas. ¡Cómo me acordé de aquella célebre expresión de Oscar Wilde! cuando dijo -“Lo único que no puedo resistir… son las tentaciones”- Ciertamente, en ese momento, mucho me identifiqué con él. Ir a Arandas, es un poco entrar al mundo surrealista del México desconocido, en el que tenemos la suerte de vivir. Temas Pasaporte Lee También Un viaje por el tiempo en Cuitzeo, Michoacán Abrazo otoñal en la Riviera Nayarit Pasaporte: la vocación de contar el mundo Cuatro imperdibles para tu primera visita a Madrid Recibe las últimas noticias en tu e-mail Todo lo que necesitas saber para comenzar tu día Registrarse implica aceptar los Términos y Condiciones