Sábado, 11 de Octubre 2025
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Amor, texto y cuchillos: el teatro de Fabio Rubiano

Actor, director y dramaturgo colombiano, visitó Guadalajara para participar en la FIL

Por: EL INFORMADOR

Rubiano cree en el texto como elemento eje que ordena lo que ocurre entre el público y artistas. EL INFORMADOR / J. López

Rubiano cree en el texto como elemento eje que ordena lo que ocurre entre el público y artistas. EL INFORMADOR / J. López

GUADALAJARA, JALISCO (04/ENE/2015).- Que pare las orejas la gente del teatro posdramático: Fabio Rubiano cree en el texto. No como único elemento rector del teatro moderno, sino tan sólo como un eje que ayuda a ordenar lo que ocurre entre público y artistas. Después de décadas de trabajo escénico, este actor, director y dramaturgo colombiano (Fusagasugá, 1963) sabe de lo que habla. Sobre el tema discutió en la pasada Feria Internacional del Libro (FIL) de Guadalajara con otros tres dramaturgos y luego durante el taller Dramaturgia peligrosa, que ofreció en la ciudad.

—Usted trabaja con artistas del teatro en talleres sobre dramaturgia. ¿Cuál es su postura ante la importancia del texto en el teatro moderno?

—Yo sí creo que el teatro son todos los elementos que constituyen el hecho teatral, pero para mí el eje sigue siendo el texto, a pesar de todos los intentos que se hayan hecho históricamente por destruirlo. No lo más importante: el eje. En los talleres hacemos ejercicios sobre secuencias de momentos para llegar a la acción central. Si tenemos una mujer que va a abortar, cuáles son todos los pasos que hay hasta esa acción: compro la prueba de embarazo, la miro, echo las gotas, espero, reacciono, me tomo la cabeza, camino por el cuarto, pienso qué es lo que debo hacer, llamo a un amigo, etcétera.  Bueno: todo eso está consignado en un texto.

Estamos volviendo al relato, ése sobre el que escupían: “Para mí lo importante no es contar una historia”. ¿Entonces qué es? ¿Que el público no sepa qué es lo que tú estás diciendo? Lo primero por lo cual defiendo al texto como eje es porque voy a establecer una relación con el público y, como usted quiera contarlo —derecho, al revés, fragmentado, lineal—, usted tiene que pensar en el público porque es su pareja; y si usted, en una relación, no piensa en su pareja, entonces usted es un muy mal amante. Ésta es una cosa que se hace entre dos: los artistas y los espectadores. Y si yo no doy mecanismos de decodificación para que el público entre en el juego que estoy planteando, estoy jugando solo.

—Muchos espectáculos posdramáticos, sin embargo, son eficientes, y el público los entiende.
—Porque establecen canales de comunicación. ¿A quién es a quien más le gusta la ópera? A la gente que sabe de música, que tiene una relación gramatical con la música. Se piensa que posdramático es lo que no cuenta ni narra nada. Yo creo que sí cuenta. Si usted ve al Wooster Group (de Nueva York), que es uno de los paradigmas de lo posdramático, a mí me parece que, a pesar de que deconstruye un texto, de Chéjov, por ejemplo, cuenta cosas y lo llena a uno de sensaciones, sin contar una historia lineal, para que uno encuentre particularidades de Chéjov que no se verían por otras vías.

—En muchas ciudades de México los grupos de teatro enfrentan una crisis de públicos. ¿Contar relatos tendría que ser una forma para revivir esos vínculos?
—Yo no veo otra forma. ¿Cuáles son los dramaturgos que en los últimos años más han hecho clic con la audiencia? Wajdi Mouawad (autor de “Incendios”), que es un monstruo del relato. ¿Y hace 20 años quién? Bernard-Marie Koltès, que escribió “Roberto Zucco” (1991), “En la soledad de los campos de algodón” (2001), y es el regreso al texto pero con toda la fuerza. La dramaturgia sudafricana, la de los norteamericanos de la segunda mitad del siglo XX —Mamet, Shepard—, todo esto es de una fuerza tremenda quizá mayor que Sarah Kane, que es muy importante pero llega a unos puntos donde ya una fuerza experimental sobredimensionada no genera ningún tipo de transmisión.

—También son dramaturgos en los que importa mucho la palabra; el actor debería enunciarlos correctamente.

—No, yo creo que debemos hablar como hablamos. Nosotros hablamos como en octosílabos, digamos; ése es nuestro tono y nuestra musicalidad; los ingleses hablarán diferente. Nosotros, ponernos a hacer verso yámbico para interpretar a Shakespeare, me parece un absoluto absurdo. Pero yo no creo sólo eso del texto y el teatro, sino en todo el arte. Yo creo que todas las vanguardias han fracasado y todas son un monstruo que se come la cola. Duchamp tuvo un éxito pero pon tú “oritica” un orinal: eso no sirve para nada.

—¿Escribe usted desde la tradición?
—Yo no creo que tenga ninguna obra tradicional. No tengo ninguna obra convencional, porque todas rompen con las estructuras y las convenciones, alteran tiempos y personajes, saltan espacios. Al contrario: a mí me gusta el canon para poder alterarlo un poco. Lo que pasa es que sí me interesa el relato. Además, yo hago una cosa que es teatro, y no tiene por qué ser realista. El realismo en el teatro es un poco un contrasentido, porque el teatro es teatral. En el taller, cuando partimos de una situación, buscamos las opciones: yo habría podido hacer esto, si yo pudiera haría esto. Esto abre el espectro de los tiempos y yo hago que la acción suceda ahora. “Si yo pudiera, me convertiría en un cuchillo para atravesarte el corazón”. Entonces yo digo: ¡háganlo! ¡Estamos en teatro! “Ahora soy un cuchillo, estoy dentro de tu corazón, cada vez oigo menos el latido, se calienta la sangre, soy el filo, salgo, soy sangre, te estoy mirando caer”. ¿Entonces qué tengo? ¡Pam! ¡Una escena potentísima! No tengo una escena convencional donde digo que estoy clavándole un cuchillo a alguien. Me vuelvo teatral y eso no es para nada ni canónico, ni realista: el teatro me permite ser cuchillo, y no deja de ser un asesinato ni deja de ser aterrador.

Del lado del victimario

En sus obras, pero también en espacios de trabajo como el taller Dramaturgia peligrosa, Fabio Rubiano plantea una idea que conduce, inevitablemente, a la provocación: que el artista del teatro se coloque en una situación en la que no tiene nada a su favor. Tanto, que, por ejemplo, las escenas comiencen con acciones comunes y corrientes, pero malas, o aun malévolas.
¿Pura provocación? Rubiano cree que se trata de una forma de explorar las “fracturas sociales”, esas que dicen más sobre la vida cotidiana que su relato realista.

“Uno siempre se pone del lado de la víctima: pongámonos del lado del victimario”, propone Rubiano, y pregunta entonces: “¿Qué pasa si con eso estamos más de acuerdo? Eso es lo que me aterra de nosotros mismos, de la fractura social. Yo hago marchas en contra de las violaciones sexuales, pero si pasa una mujer con minifalda digo: ah, mira a ésta…”.

Tapatío

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