Sábado, 11 de Octubre 2025
Suplementos | El primer mandamiento que aprendemos es: “Amarás a Dios sobre todas las cosas”

¿Amo a Dios?

El primer mandamiento que aprendemos es: “Amarás a Dios sobre todas las cosas”

Por: EL INFORMADOR

     Una de las primeras enseñanzas que recibimos los cristianos cuando niños, es sin duda la de los Diez Mandamientos, y el primero que aprendemos es: “Amarás a Dios sobre todas las cosas”; ello, porque es el más importante de ellos, según lo promulgó el mismo Dios al entregarle a Moisés las tablas de la Ley. Y Jesús, quien vino a darle plenitud a esa ley, lo ratificó al responder a aquel escriba que le preguntó cuál era el primero de los mandamientos: “El primero es: Escucha, Israel: el Señor nuestro Dios es el único Señor; y tú amarás al Señor, tu Dios, con todo corazón, con toda tu alma, con todo tu espiritu y con todas tus fuerzas” (Mc 12, 29-30).

     Para saber si estoy cumpliendo con este mandamiento, me puedo preguntar si estoy amando a Dios como un hijo ama a su padre o si vivo para las cosas del mundo.

     El Primer Mandamiento responde a la necesidad que tiene el hombre, de creer, de esperar, de amar. Saber que existe un Ser Supremo que lo ha creado, que le brinda seguridad, que lo ama desde siempre y para siempre.

     El hombre es un ser que, así como necesita comer y dormir, también necesita creer en algo o en alguien superior que responda a sus interrogantes. A lo largo de la historia de la humanidad podemos constatarlo. No ha existido ninguna cultura en la que las divinidades no se hagan presentes: Zeus, Júpiter o Quetzalcóatl. El hombre es un ser religioso por naturaleza.

     El Primer Mandamiento no lo inventó Dios cuando le entregó las tablas de la ley a Moisés. Está escrito en el corazón del hombre desde siempre. Dios puso esta necesidad en el hombre al crearlo a su imagen y semejanza, y sabe que Él es la única respuesta. Por esto le da un mandato al hombre: “Amarás a Dios sobre todas las cosas”, no porque Dios necesite ser amado, sino porque el hombre necesita amar a Dios.

     Sin embargo, hay personas que piensan --y hasta están convencidas-- que para el ser humano no es posible amar a Dios, como Él lo espera de éste. Los argumentos y posturas son diversos:

    Hay quienes se sienten indignos de ello, en virtud a la imagen que tienen de Dios, como un ser que habita en las alturas, lejano, ajeno a nuestra vida terrena: el omnipotente, omnisciente, omnipresente, el Soberano y Dios de los ejércitos, que habita en un cielo y reina desde un trono inaccesibles.

     Otros --sin haber superado una religión ya sobrepasada que manejaba conceptos, hoy por hoy no sólo anacrónicos, sino también erróneos-- tienen la imagen de un Dios justiciero, castigador y hasta vengativo, que nos está vigilando continuamente y lleva un récord de nuestros pecados, para en su momento dejar caer sobre nosotros el brazo de su justicia y el castigo que merecen nuestras culpas.

     También hay aquellos que, sin tener una postura extrema como las anteriores, sí tienen una idea de Dios --porque no es otra cosa con lo que cuentan de Él--, ya sea lo que estudiaron en el catecismo cuando eran pequeños, por lo que platicaban los abuelitos o tal vez por la insistencia de sus padres en que “se portaran bien para que se fueran al cielo”; pero el papel que Dios juega en su vida cotidiana es intrascendente, y sólo acuden a Él cuando tienen una urgente o extrema necesidad, y lo hacen precisamente para pedir su solución.

     De los que afirman no tener fe, sino --como citaba aquel dicho coloquial e irónico-- ser ateos “por la gracia de Dios”, ¿qué decir, si no creen en Él? Sin embargo, nos inclinamos a pensar como algunos afirman, que no existe un ser humano que no crea en nada. De hecho, conocemos la historia de varios ateos y hasta enemigos de la religión que, al llegar el final de sus días, se han arrepentido y hasta pedido el sacramento de la reconciliación.

     Lo que sí es cierto es que, para el ser humano, amar a Dios es imposible, si lo quiere hacer con sus propios recursos, con sus sentimientos, porque, en primer lugar, es un don divino que tenemos que pedir: “Y este amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó primero” (1 Jn, 4, 10); y una vez recibido el don de amar a Dios, ejercerlo, pero no como una emoción, un sentimiento, sino --como decía San Juan de la Cruz-- como “el ejercicio desnudo de la voluntad”.

     Y, ¿en qué y cómo ejercitar nuestra voluntad desnudamente, es decir sin emocionalismos, sentimentalismos, preferencias, intereses creados, etc?

     Justamente como nos responde Jesús en el Evangelio de este domingo: “El que acepta mis mandamientos y los cumple, ese es el que me ama”. Y a ello añade esta grandiosa promesa: “Y el que me ama será amado por mi Padre, y yo lo amaré y me manifestaré a Él” (Jn 14, 21).

Francisco Javier Cruz Luna
cruzlfcoj@yahoo.com.mx         

Temas

Lee También

Recibe las últimas noticias en tu e-mail

Todo lo que necesitas saber para comenzar tu día

Registrarse implica aceptar los Términos y Condiciones