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Sábado, 17 de Noviembre 2018

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Suplementos | Como ensayista propone nuevas formas de considerar todo texto, partiendo desde las diversas posibilidades de comunicación

Alberto Chimal o la Encarnación de lo Imaginario

Alberto Chimal, escritor nacido en la ciudad de Toluca, capital del Estado de México en 1970, cultiva el ensayo, la dramaturgia y la narrativa. Ha publicado diez libros hasta la fecha

Por: EL INFORMADOR

Por: Guadalupe Ángeles

Mantuvo durante un prolongado periodo la columna Un mundo raro en el suplemento cultural Arena del periódico Excélsior de la Ciudad de México, los textos allí encontrados ponen de manifiesto las inquietudes de Chimal, a quien le interesa mucho la búsqueda de rarezas, curiosidades, y cosas extraordinarias, en la literatura y en el cine. En su libro La cámara de las maravillas da cuenta de sus diversos intereses intelectuales. Es este un libro en el que el lector puede encontrar las opiniones del autor sobre temas que, no obstante partir de la literatura, invitan a la reflexión sobre el devenir humano, de las diversas formas de asumirse como ser sensible y consciente ante la multiplicidad del mundo.

Como ensayista propone nuevas formas de considerar todo texto, no partiendo de lo “bien” o “mal” escrito, sino desde las diversas posibilidades de comunicación. Por ejemplo, en Enkidu y el dinosaurio recuerda al personaje Enkidu, del Poema de Gilgamesh, el cual fue escrito hace cuatro mil años. Analiza el célebre cuento de Monterroso y el pasaje donde Enkidu aparece siendo vencido, mediante el recurso de poner frente a él a una prostituta para hacerle olvidar su tarea de obstaculizar el trabajo del cazador. De tal análisis surge una pregunta: ¿muchas imágenes para dar un sentido sólido a lo narrado, o una sola imagen (“Cuando despertó el dinosaurio todavía estaba allí”) para disparar una multitud de sentidos?, y sintetiza: “...aquel tiempo debe haber confiado más que éste en el poder unificador de la palabra; en las posibilidades del lenguaje como instrumento para revelarnos lo invisible, o acercar lo distante, mediante la concentración del pensamiento en una serie de imágenes poderosas, claras, memorables” (pág. 41). Finalmente concluye: “No creo que esta nota describa un avance ni un retroceso en una supuesta ‘escala’ de valor literario”. Un extremo y otro de esta historia se encuentran en la importancia que dan a la duda y a la incertidumbre, aunque uno de los textos las imponga a su lector (¿quién despertó?, ¿qué hacía con un dinosaurio al lado?) y el otro a sus personajes (después de hacer el amor con la prostituta, a Enkidu se le abren los ojos y pregunta por el mundo).

Derivado del nombre del libro La cámara de las maravillas, no es de extrañarse encontrar textos en los que el autor se permite dibujar de manera expresa situaciones que guiaron hacia el camino del arte al joven que un día fue, me refiero al ensayo titulado El descubrimiento, en el que refiere cuando, en las clases de teatro por las que optara en su adolescencia (sólo por tener horas libres) reconoció su sensibilidad a través de un sencillo ejercicio: “...que se siente en una silla en medio del salón y juegue a que despierta, por primera vez: que no sabe nada del mundo: que debe descubrirlo todo a partir de ese primer momento” (pág. 89).

Un hecho humano así, tan carente de interés para los estudiosos de las diversas corrientes literarias, pone frente a nosotros a Alberto Chimal, la persona que es capaz de recuperar para las páginas de los libros esos pasajes acaso sólo “admisibles” en diarios, ¿cuántas veces, al analizar un texto, olvidamos precisamente cosas como éstas?:

“De sus manos suaves sobre sí mismo le vendrá comprender que tiene un gusto soterrado (y poco varonil para la forma en que fue educado) por la ternura. De la impresión de que algo importante ha pasado, un gusto por el teatro y por todo lo que tiene que ver con él que lo llevará a seguir porfiando en papeles mal interpretados durante años”.

“Éstas no son experiencias habituales en nuestra cultura, que culpa a quien se toca y prohíbe, muchas veces, hasta el pensamiento sobre uno mismo. Y, por la misma razón, él las olvida”.

De igual modo, en el ensayo La ciudad invisible, Chimal examina, entre otros recuerdos, aquél en el que entraba a un pasaje casi desierto y veía las portadas de libros a través del cristal de una librería que casi nunca estaba abierta, y de su análisis trae estas palabras:

“No sé si mis gustos por los intersticios y por los libros, por lo extraño o nuevo en lo que no se ha reparado, se unieron de verdad allí, en ese local en el que eventualmente pude entrar, y por el que comencé a pensar en la idea de escribir un libro... me interesan mucho las cosas que no se ven, los ángulos extraños para mirar lo de costumbre, la imaginación como una herramienta para lograr estas cosas: para descubrir, como querían los románticos, y no necesariamente para acumular otras cosas sobre el mundo”.

Si fuera mi propósito escribir uno o varios párrafos en que quedaran de manifiesto las filias y fobias de este autor, mis palabras no serían tan claras para lograrlo, como las de la cita anterior.

Vuelvo entonces a la visión de conjunto de su obra, en la cual se advierte una mezcla entre lo fantástico y lo profundamente humano, interpretado esto como una lectura muy personal del mundo, que parte de la experiencia interior, doy un ejemplo que da fe de ello:

“Aún hoy se cuenta que Amma, la primera mujer, fue madre de los tivalhé antes que de ningún otro. Porque ella despertó en la oscuridad, cuando nada más existía, pero no le tuvo miedo y trató de tocarla. Ya la oscuridad, complacida, engendró al mundo para las manos de Amma, para que sus ojos vieran y sus pies andaran. Y cuando Amma dio su primer paso hubo la distancia; cuando dio el segundo, el tiempo; y cuando dio el tercero, y vio que todo a su alrededor era hermoso y nuevo, hubo en ella el deseo: el ansia de lo que está lejos”.

(Tomado del texto La distancia incluido en su libro, Gente del Mundo, número 174 del Fondo Editorial Tierra Adentro, publicado en  1998.)

Describir las revelaciones de este autor como hechos ignotos, sutiles, diáfanos pero en ocasiones oscuros, divertidos muchas veces, es corroborar lo que afirmaba María Zambrano: “Todo anhela ser visto”, y es en esa claridad que Chimal da sentido a todo lo que en su obra se ilumina, porque sucede que esa exploración que lleva a cabo sobre nuestra naturaleza, el humano anhelo de acceder a otros mundos, lejos de lo cotidiano, no es el menor de sus aciertos, puesto que se advierte en la base de sus cuentos una semilla de reflexión sobre el ser mismo, sobre la esencia de las relaciones interpersonales. No en vano en su cuento El juego más antiguo publicado en el número 100 (octubre-noviembre, 1999) de la revista Tierra Adentro, luego de que dos brujas: Antazil y Bondur, mantienen una contienda en la que echan mano de todos sus recursos de magia para eliminarse la una a la otra, concluye:

“Y, he aquí que Antazil, cuando la hoja estaba por atravesarla, se transformó en Bondur.
Pensó que Bondur vacilaría, al mirarse fuera de su cuerpo, y vaciló, en efecto, pues Finor, la hoja terrible, la que en la Gesta mató sin piedad al mismo Endhra, el Eterno, se detuvo.

Pero luego, para estrangularla con sus propias manos, para hacerla pagar por el horror de verse a sí misma, Bondur se trasformó, a su vez, en Antazil.
Y entonces se vieron.

Sí, Antazil con su carne de Bondur, Bondur con la de Antazil, pero también con los pensamientos de la otra, sus recuerdos, sus motivos para la vida y el arte y el combate. Y cada una comprendió a la otra, como nunca había comprendido nada en la existencia, y cuando se miró desde esos otros ojos, desde afuera, en aquel instante, también se conoció”.  

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