Sábado, 20 de Julio 2024
México | TRIGO SIN PAJA POR FLAVIO ROMERO DE VELASCO

Temas para reflexionar

Pertenecer a una Iglesia, tener un credo religioso, ayuda mucho, pero sólo a condición de que la religión no acerque al hombre a la soberbia ni lo aleje de la bondad y el bien

Por: EL INFORMADOR

Flavio Romero de Velasco.  /

Flavio Romero de Velasco. /

El hombre no pertenece a ninguna Iglesia. Carece de credo religioso. Jamás asiste a un templo los domingos. Sus vecinos y conocidos le reprochan con acritud su indiferencia en materia de fe. El hombre es Abraham Lincoln. Bien podría decirse que no practicaba religión alguna. Y sin embargo, pocos hombres como él han hecho tanto bien a tantos hombres. Una cosa es la religión y otra es el sentido de la moral, de la ética. Es preferible un hombre sin religión que haga el bien, a un hombre religioso que haga el mal, o que no haga obras buenas que ayuden a sus semejantes.

Pertenecer a una Iglesia, tener un credo religioso, ayuda mucho, pero sólo a condición de que la religión no acerque al hombre a la soberbia ni lo aleje de la bondad y el bien.

Seguido voy a la vieja casa de Ameca en la que cuando niño me abstraía en las lecturas propias de mi edad: D’Artagnan, el Conde de Montecristo, Robinson Crusoe con su quitasol y su perico... Gulliver... Oliver Twist... Tartarín de Tarascón. Luego en la adolescencia, otras lecturas distintas: Madame Bovary, Ana Karenina, Eugenia Grandet, los drama de Dostoievsky, los melodramas de Zola, Rabindranath Tagore, etc., etc. Los leía yo en la silla de tule recargada en la pared del añoso y descuidado jardín, sin otras compañías que las de las macetas con helechos y geranios. Pasaba el Sol de uno a otro lado del patio, y con él pasaban las horas, los días y los años.

¿Habría mejor manera de que pasaran? Cuando vuelvo al viejo rincón de mis lecturas, ahí están —fieles— las memorias y otra vez me rodean aquellos amables personajes de mis lecturas de infancia y juventud. ¡Cuántas cosas podíamos ver y degustar en aquellos tiempos! Pero en aquellos tiempos no había televisión.

Un mal extendido en todas las universidades del mundo, ha sido la exagerada creación de especialistas que la realidad de nuestros días reclama en todas las profesiones, en detrimento de la cultura general que enriquece al ser humano. El saber exclusivo de una ciencia aísla e incomunica al hombre. El especialista, docto en su materia e ignorante de la cultura general, vive y vegeta en un mundo de autómatas que sólo conocen de su limitado saber, pero nada de los vastos horizontes del conocimiento humano. Por ello, el gran filósofo español Ortega y Gasset, al referirse a los especialistas conocedores de su restringida ilustración, expresó que eran sabios en su materia, pero al fin de cuentas, sabios ignorantes... La sociedad de nuestros días está fragmentada en islotes de seres incomunicados.

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