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Sábado, 16 de Noviembre 2019
Entretenimiento | Enrique Navarro

Visiones de Atemajac

Saturnino Herrán (8)

Por: EL INFORMADOR

GUADALAJARA, JALISCO.- Las premoniciones son algo más que una casualidad. Si esta premisa no es así, díganme cómo podemos interpretar el hecho de que el padre de Saturnino Herrán hubiera escrito -16 años antes de que, en efecto, ocurriera- en una obra de teatro el caso de un joven pintor que, viviendo con su madre en la Ciudad de México, obtiene una medalla en la Academia. Así pasó. Don José Herrán y Bolado lo planteó en El que dirán, escenificada por primera vez en 1892 en Aguascalientes. Saturnino había nacido cinco años antes -un 9 de julio de 1887-. Su madre, doña Josefa Guinchard Medina, al enviudar en 1903, tomó a Saturnino y al adoptado Carlitos Ortiz para enfilarse a la capital. El premio para el artista llegó en 1908. La ficción y la realidad tocaron sus extremos.

Don José había sido un inquieto liberal, político y literato de Aguascalientes de fines del siglo XIX. No solo era propietario de la única librería, campeón de ajedrez, inventor de calculadoras mecánicas y promotor de la construcción del Teatro Morelos, sino un estimulador de la sensibilidad del futuro artista. Igual cuando llevaba al niño a garabatear las corridas taurinas en la Feria de San Marcos, que al momento de reclutarlo en los talleres de José Inés Tovilla y Severo Amador para aprender las nociones básicas del arte del dibujo. No es difícil, además, adivinar la sonrisa complaciente de don José al enterarse de que -el ya adolescente- Saturnino le hacía la ronda a las muchachas, tanto en las tertulias literarias y musicales de las alumnas de piano de Ponce, como en las tardes lánguidas del Jardín de San Marcos.

1903 es un parteaguas en la vida familiar. Muere don José y migra doña Josefa con sus dos hijos a México. Saturnino dividió su rutina entre su trabajo en los almacenes de Telégrafos y sus estudios en la Academia bajo la tutela de Antonio Fabrés y Julio Ruelas. Contaba entre sus compañeros a Rivera, Garduño y Montenegro. Un nuevo plan de estudios, por cierto, se implementaba en dicho plantel bajo los auspicios modernizadores de Justo Sierra. La enseñanza del dibujo, por ejemplo, si bien seguía anclada a una repetición de figuras humanas e inertes del natural, mostraba, sin embargo, un par de innovaciones: por un lado, presumía una novedosa y práctica infraestructura física para los talleres; por otro, introdujo ciertas interpretaciones nacionalistas o mexicanistas de las poses, vestuarios y parafernalia de los modelos dispuestos, con lo cual, se iniciaba el cambio de enfoque de las concepciones y resoluciones de los ejercicios.

Este golpe de timón en los enfoques tiene, claro está, su importancia y trascendencia que líneas atrás evidencié. Me gustaría destacar el otro aspecto: el concerniente a la infraestructura y mobiliario. Los talleres eran anfiteatros escalonados con una plataforma al centro para los modelos y amplias mesas de trabajo con lámparas individuales para los alumnos. Telones de fondo, luces, vestuario y demás parafernalia complementaban las poses escenificadas. ¿Por qué destaco este aspecto? Porque sucede que hoy, 100 años después, las escuelas de arte en el país (salvo alguna que otra excepción, como el actual San Carlos, dependiente de la UNAM) todavía se debaten entre privilegiar dicho esquema o dar el paso hacia una enseñanza y producción de artes visuales contemporáneas. Si la decisión fuera inclinarse hacia el añejo academicismo, no estaría mal, pues esto, revalorizado y renovado, es respetable. De hecho, propicia una atractiva neo-figuración. Lo grave estriba en que dichos centros educativos no cuentan con tal infraestructura, ni enseñan correctamente una academia de calidad, pero -éste es el quid- tampoco fomentan un arte moderno o conceptual acorde a nuestra época. Herràn, parece ser, no padeció estas crisis. Vivió y fue protagonista de una interesantísima transición, pero su formación académica fue tersa y funcional.

navatorr@hotmail.com

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