Lunes, 13 de Octubre 2025
Entretenimiento | Para reconocer que requerimos ser salvados, es indispensable reconocer nuestra condición de pecadores

Reconocernos pecadores

La primera acción que hemos de tomar para alcanzar de Jesús la salvación que con su Pasión, Muerte y Resurrección ya nos ganó, es el aceptar que necesitamos esa salvación

Por: EL INFORMADOR

    La primera acción que hemos de tomar para alcanzar de Jesús la salvación  que con su Pasión, Muerte y Resurrección ya nos ganó, es el aceptar que necesitamos esa salvación; porque si nos sentimos limpios, seguros, libres de pecado y de culpa --en pocas palabras, como auténticos fariseos--, ¿para qué necesitamos esa salvación?
    Ahora bien, para reconocer que requerimos ser salvados, es indispensable reconocer nuestra condición de pecadores y nuestro pecado --y con ello, que  somos débiles, incapaces de salvarnos a nosotros mismos--, y que, nadie, a excepción del mismo Dios, en la persona de Jesús, nuestro Único Salvador, puede darnos la verdadera salvación y con ella la verdadera felicidad.
    Aunque siempre ha existido, es en los últimos lustros que se ha venido a agravar un fenómeno que llega a ser letal para la auténtica fe: la pérdida del sentido y de la conciencia de pecado, lo cual trae consigo consecuencias verdaderamente graves. Una de ellas es, precisamente, el sentirse libre de toda culpa, y por ello no sentir la necesidad de pedirle perdón a Dios y mucho menos de procurar el sacramento de la Reconciliación, llegando a formar o, más bien dicho, a deformar su propia conciencia y a vivir conforme a sus propios criterios, o a los criterios del mundo, o --lo que es peor-- a los del Enemigo.
    Quien actúa así, insistimos, está rechazando el don, el regalo de la salvación, y está ganándose fácilmente su pasaporte a aquel lugar que Jesús definiera como “el del llanto y rechinar de dientes”.
    San Agustín afirmaba: “La profundidad del pozo de la miseria humana es grande; y si alguno cayera allí, cae en un abismo. Sin embargo, si desde ese estado confiesa a Dios sus pecados, el pozo no cerrará la boca sobre él(...) Hermanos, hemos de temer esto grandemente. Desdeñada la confesión, no habrá lugar para la misericordia".
    Siendo la naturaleza humana tan débil, frágil y vulnerable, el problema no es caer en ese pozo, sino quedarse en él; y, todavía peor es querer ignorar que se está en él, o bien disfrutar el estar hasta el fondo y desear que otros caigan también.
    Si en verdad anhelamos esa Nueva Vida que Jesús ganó para nosotros y pone a nuestra disposición, recalcamos que es preciso, primero que nada, ser conscientes, darnos cuenta y aceptar que hemos caído, que estamos dentro de ese pozo, y que en cualquier momento --el de nuestra muerte-- se puede cerrar definitivamente, porque las oportunidades se tienen mientras se está vivo.
    Segundo, se necesita el deseo y la decisión de salir.
    Tercero, reconocer no sólo nuestras culpas, por las cuales estamos en ese pozo, sino también nuestra incapacidad para salir solos, ya que mientras actuemos en forma autosuficiente, jamás saldremos.
    Cuarto, pedir a Dios, suplicarle, gritarle si es preciso, arrepentidos y pidiendo su perdón y su salvación, y Él no tardará en mostrarse amoroso, comprensivo, misericordioso y nos rescatará de las profundidades oscuras. Como fruto adicional nos dará un corazón comprensivo y misericordioso, para tolerar, comprender, aceptar y perdonar a aquellos que, como ciegos, se resisten a ver a Jesús y están dando en la vida, precisamente, “palos de ciego”.
    Jesús, según nos lo recuerda el Evangelio de hoy, reprendió severamente a los fariseos que lo criticaban por haber entrado en la casa de Leví --quien después se llamó Mateo--, y comer con los publicanos y pecadores, diciéndoles: “No son los sanos los que necesitan de médico, sino los enfermos. Vayan, pues, y aprendan lo que significa: 'Yo quiero misericordia y no sacrificios'. Yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores".
    Pidámosle al Señor en este domingo, que nos proteja de caer en la tentación de sentirnos sanos, limpios, impecables, y de convertirnos en jueces de los demás, pensando en que ellos están mal y nosotros bien.

Francisco Javier Cruz Luna
cruzlfcoj(arroba)yahoo.com.mx

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