Entretenimiento | Hace falta un artista, un pintor, para que plasme en una tela esta escena de la vida de Cristo que narra el apóstol Muchos publicanos y pecadores se sentaron también a comer con Jesús Muchos genios, entre ellos Leonardo da Vinci, se han inspirado y han dejado a la posteridad la conmovedora y trascendental despedida de Cristo en la última cena Por: EL INFORMADOR 7 de junio de 2008 - 11:14 hs Hace falta un artista, un pintor, para que plasme en una tela esta escena de la vida de Cristo que narra el apóstol y evangelista San Mateo en el capítulo noveno de su evangelio. Muchos genios, entre ellos Leonardo da Vinci, se han inspirado y han dejado a la posteridad la conmovedora y trascendental despedida de Cristo en la última cena. Mas esta comida tiene otra connotación. El que la narra es un pecador, un publicano en proceso de conversión; el lugar es su propia casa; los convidados son, como él, ovejas descarriadas. La intención profunda de este acontecimiento es clara y doble: que para Cristo no hay acepción de personas; que a nadie rechaza; para nadie es indiferente, porque ha venido para salvar a todos, si quieren ser salvados. Lo segundo, que busca, trata y ama a los pecadores porque es misericordioso. Algo tiene de autobiográfico este capítulo de San Mateo. Se atreve a contar su primer encuentro con el Mesías, inicio de una historia con los siguientes peldaños: convertido, discípulo, apóstol (enviado), evangelista (testigo con la pluma) y mártir (testigo con la sangre). Así fue el principio: “Jesús vio a un hombre llamado Mateo, sentado a su mesa de recaudador de impuesto, y le dijo: ... “... Sígueme” Extremadamente breve; una mirada, una sola palabra. Sin duda la mirada penetró hasta lo más íntimo del alma. Mirada de Dios, mirada de amor, fuego capaz de derretir las cumbres nevadas del más alto monte. Ni podría decir que no, ni siquiera poner condición, ni negociar la fecha o la hora para seguirlo. “Él se levantó y lo siguió”. Con esta frase breve también, con sólo dos verbos, lo dice todo: se levantó. Muchos están tirados en la vida, o cómodamente entregados a la pereza o la molicie, y lo primero es ponerse de pie, levantarse de un pasado inútil y, ante todo, levantar la mirada, levantar el alma, tal vez dormida. Y luego Mateo lo siguió. Se puso en marcha, caminó en seguimiento de quien imperiosamente lo llamó. Dejó todo por seguirlo. El poeta Amado Nervo escribió un poema, algo así como el reflejo de su pasado juvenil cuando era seminarista, al cobijo del Seminario de Jacona, Michoacán. Si Tú me dices “¡ven!”, lo dejo todo... No volveré siquiera la mirada para mirar a la mujer amada... Pero dímelo fuerte, de tal modo que tu voz, como toque de llamada, vibre hasta el más íntimo recodo del ser, levante el alma de su lodo y hiera el corazón como una espada. La respuesta supone y exige una fe profunda; una apertura consciente a Dios y a sus signos; una disponibilidad personal; obediencia humilde; una capacidad de renuncia ante la voluntad de Dios. “Vocación” Esta palabra se deriva del verbo latino “vocare”, llamar. La vocación es, por tanto, un llamamiento. Y a la luz de la fe, todo es llamamiento divino, desde la misma vida, porque es Dios el que llama al hombre, de la nada, a la existencia y a la vida; y ya en la vida, los distintos llamamientos a los que el hombre puede o no responder, porque ha sido creado libre. El llamamiento es una gracia o también una invitación. Las parábolas del Señor ilustran el tema: la de aquel rey que invita a sus amigos a la boda de su hijo. La misma conversión es una invitación amorosa, con la característica de que se puede responder o no responder. A veces la llamada es insistente y es sordo voluntario, el mayor sordo, el que no quiere oír esa voz. Puede ser la campanilla que suena y suena, hasta que por fin, el día menos esperado, sea escuchada esa voz. La vocación religiosa La vida pública de Cristo tiene, entre otros objetivos, atraer seguidores para formar con ellos la “Ecclesia” o congregación de creyentes, de seguidores. Por eso el Maestro va llamando a pescadores, campesinos y a este cobrador de impuestos, y así forma con ellos el núcleo central de su obra. Son los más cercanos, como más cercanos son en la vida de la Iglesia los sacerdotes, los religiosos, las religiosas, y todos ellos han llegado por una predilección, un singular llamado. El Papa Paulo VI --sabiduría y austeridad-- así se expresó en este tema: “Una vocación religiosa significa hoy renuncia, significa impopularidad, significa sacrificio. Significa comprender la dura y estupenda misión de la Iglesia, hoy empeñada más que nunca en enseñar al hombre su verdadera naturaleza, su fin, su destino, y en revelar a los hombres las inmensas e inefables riquezas de la caridad de Cristo. Significa ser jóvenes, tener una visión abierta y un corazón grande. Significa aceptar la imitación de Cristo, su heroísmo, su santidad, su misión de bien y de salvación, como el programa de la vida. No hay camino que ofrezca un más verdadero, más generoso, más humano, más santo ideal, que la vocación al servicio de Cristo”. Misericordia quiero y no sacrificios Al banquete que Mateo ofreció a Jesús asistieron los amigos del anfitrión, gente como él, no aceptada y hasta despreciada por ese oficio de cobradores de impuestos: eran publicanos. Los fariseos, los doctores de la ley, los que se tenían a sí mismos como justos, les preguntaron a los discípulos: “¿Por qué su Maestro come con publicanos y pecadores?”. No los discípulos, sino el mismo Jesús, dio la respuesta, la misma que ha dado en los veinte siglos del caminar del cristianismo. Desde los primeros pilares de la Iglesia, los apóstoles, y después todos los creyentes de todos los siglos,en aquéllos y en todos está la mancha del pecado. En estos años del siglo XXI se han multiplicado por el cine, por la prensa, en libros y en los medios de comunicación, los sonados “escándalos” de miembros de la Iglesia. Es sin duda quien tal mueve, una organización con espíritu farisaico, y se puede sostener que quienes tanto se gozan en difamar y en propalar todos esos hechos, no andaban del todo limpios. No podrían tirar la primera piedra, ni la segunda. La Iglesia fue fundada para los pecadores, y con y para los pecadores ha seguido siempre. La más alta asamblea de los cristianos es la celebración eucarística, y en ella todos los asistentes, desde el Papa, en voz en cuello confiesan públicamente y golpeándose el pecho: “He pecado de pensamiento, palabra, obra y omisión, por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa”. Mas los fariseos de estos tiempos tienen la morbosa intención de gozarse en el árbol caído, y no advierten que en el bosque, sin ruido, otros millares de árboles sacuden, frescos y bellos, sus copas al compás del viento, para entonar el himno de la vida. Esos que se gozan en los vicios ajenos, están tan muertos como los árboles podridos, que son minoría, y porque cayeron fueron estrépito, fueron escándalo. Para los árboles enfermos, para los pecadores, ha venido el Hijo de Dios al bosque humano. Él es la vida, Él es la Resurrección, Él es misericordia. Muchos por Él han vuelto a la vida. Claro, muy claro, les responde ahora a los fariseos modelo 2008: “Misericordia quiero y no sacrificios”. Pbro. José R. Ramírez Temas Fe. Lee También Evangelio de hoy: El justo vivirá por su fe Evangelio de hoy: El inmenso abismo Evangelio de hoy: La lógica del mundo y la lógica del Reino Evangelio de hoy: Alegría, signo de perseverancia y misericordia Recibe las últimas noticias en tu e-mail Todo lo que necesitas saber para comenzar tu día Registrarse implica aceptar los Términos y Condiciones