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Jueves, 15 de Noviembre 2018
Entretenimiento | En el Templo Mayor y la novela Al filo del agua, se vislumbra el tono sagrado de la manifestación cultural

Itinerario, por Martín Almádez

Lo sagrado de la cultura

Por: EL INFORMADOR

En nuestra región, Jalisco, las tradiciones y las costumbres, las artesanías y la gastronomía, la música y la indumentaria han sido tan influyentes a nivel nacional, que es con ellas, con las que México es reconocido fuera del territorio nacional. Y a todas estas expresiones del pueblo se les ha otorgado un reconocimiento que trasciende los tiempos y las fronteras, se les ha otorgado lo que sólo se le otorga a una manifestación cultural: un valor sagrado, es decir, un valor al que hay que proteger y adorar.

Esta transformación de la expresión cultural es de suma importancia, porque en su propia metamorfosis lleva la identidad de un pueblo: en el Templo Mayor están las costumbres y tradiciones de los antiguos mexicanos, y al lugar se le cuida bajo la conciencia de que se protege la memoria de una civilización. En Yahualica, Agustín Yáñez nos ubicó para mostrarnos en las páginas de su novela Al filo del agua, cómo vive un “pueblo de perpetua cuaresma”, en el que asoman “caras de ayuno y manos de abstinencia”, cómo “entre mujeres enlutadas pasa la vida, llega la muerte o el amor”.

En ambos ejemplos, el Templo Mayor y la novela Al filo del agua, se vislumbra el tono sagrado de la manifestación cultural, tanto en su composición misma como expresión artística, como en la recepción que de ellas hacen los habitantes. Y es que si en el primero se remite a la auténtica memoria con base en los ídolos, arquitectura y códigos de una civilización completa, en la novela se remite a una forma de vida de una población específica, donde la lucha entre el deseo y el miedo, es protagonizada por las mujeres enlutadas y marca una manera de ser, la cual se busca conservar como valor social y religioso.

La estudiosa Ferry Eagleton, nos advierte que “La cultura, pues, hereda el majestuoso manto de la autoridad religiosa, pero también sus incómodas afinidades con la ocupación y la invasión”.

Y precisamente por sus incómodas afinidades, y a pesar del gran sentido sacro que envuelve a la cultura, sigue siendo benéfica la no injerencia de autoridades eclesiásticas en políticas culturales, como benéfico es que autoridades gubernamentales no mezclen territorios religiosos con acciones culturales; y que se mantenga la distinción y la distancia, pese a un supuesto parecido, entre las palabras credo y creador, humanitario y humanista, así como culto y cultura.

Porque a todo esto, vale la pena reflexionar sobre el papel esencial del fenómeno cultural, que si bien es un reflejo de la sociedad (como en los ejemplos del Templo Mayor y la novela Al filo del agua), no se subordina a ella, y mucho menos a nomenclaturas o estructuras que no permiten el cambio y el cuestionamiento; el fenómeno cultural es más bien la conciencia crítica de la sociedad de la que surge. En pocas palabras, la cultura en su sentido más original viene a rebelarse, a cuestionarse, a autoconocerse, es en una imagen, una fuerza social nada despreciable.

Martín Almádez


EL INFORMADOR 21-04-08 IJALH

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