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Sábado, 15 de Diciembre 2018
Entretenimiento | La salud ha sido entendida como la promoción de cuerpos saludables, y no como unos sistemas de vida saludables en su totalidad.

ARQUITECTURA: ESPACIOS VERDES URBANOS: Necesidades psicológicas y sociales

El espacio verde en la ciudad es entonces no sólo una necesidad, como ahora se nos vende, para la salud del cuerpo, es fundamental para tener una sociedad saludable en todos los aspectos.

Por: EL INFORMADOR

Quinta de seis entregas

Por: Álvaro Morales

“El simple contacto del hombre con la naturaleza ejerce un poder tranquilo, endulza el dolor y calma las pasiones cuando el alma se siente íntimamente agitada”, A. Humboldt.

Dice N. Rubió y Tudurí, haciendo suya otras tantas voces, que “la del paraíso perdido y recobrado fue una de las emociones primordiales y constitutivas del hombre” y esta profunda emoción solamente se alcanza en el contacto con la naturaleza, cuando se está en un jardín o en un parque que nos remite a esa imagen del paraíso tan arraigada en nuestra cultura y que nos vincula a una visión idealizada de nosotros mismos. En este sentido es el verde urbano el que nos puede dar la posibilidad de, en una ciudad, sentirnos cercanos a la creación.

El arquitecto mexicano Luis Barragán en su discurso al recibir el Premio Priztker, hace una decidida celebración al jardín, no sólo como espacio físico sino como forma de vida, como una emotiva manera de transitar por el mundo. Justo sería que la ciudad de Guadalajara, la ciudad de Luis Barragán, para la que tantos jardines y parques soñó, y donde realizó ejemplos tan elocuentes como el Parque Revolución o la urbanización de Jardines del Bosque, retomara esa preocupación por dotar a los habitantes de espacios para su bienestar, ya que como él mismo lo decía: “El alma de los jardines contiene la mayor suma de serenidad de que puede disponer el hombre”, la serenidad que hoy tanta falta nos hace y por cuya ausencia tenemos una ciudad caótica y confusa, deshumanizada y violenta.

Retomado ese discurso, nos dice que “la naturaleza, por hermosa que sea, no es jardín si no ha sido domesticada por la mano del hombre, para crearse un mundo personal que le sirva de refugio contra la agresión del mundo exterior” y nos plantea como deben de ser: “Los jardines deben ser poéticos, misteriosos, embrujados, serenos y alegres” ya que “tenemos la sensación de que un jardín contiene al universo entero”. Este debería ser, entre otros, el marco conceptual de cualquier propuesta de áreas verdes; el hacer que el legado de don Luis Barragán vuelva a su ciudad, que su noción del hombre en el jardín sea una realidad, o cuando menos, lo intentemos.

Mente y espíritu

El concepto clásico del verde como un hecho estético, como un fenómeno decorativo, ha sido más tarde ampliado por el descubrimiento de psicólogos y fisiólogos en virtud de los beneficios que las plantas provocan en la mente y en el espíritu, y más recientemente también se ha dado fe de los beneficios sobre el cuerpo de los seres vivos, en virtud sobre todo, por su papel de mitigador o eliminador de la contaminación.

El espacio verde en la ciudad es entonces no sólo una necesidad, como ahora se nos vende, para la salud del cuerpo, es fundamental para tener una sociedad saludable en todos los aspectos. La salud ha sido entendida como la promoción de cuerpos saludables, y no como unos sistemas de vida saludables en su totalidad. Los espacios verdes deben ser entendidos no solamente como áreas utilitarias para la recreación y el deporte, sino desde una perspectiva más amplia, desde la complejidad a la que antes hemos hecho referencia. Porque uno de los motivos fundamentales es la idea de que la inseguridad que vive nuestra ciudad en la actualidad no es más que el fruto de una sociedad que crea excluidos, y que además les recuerda todos los días que lo son. La televisión y los medios en general, promueven un modo de vida basado en el tener y, en donde un excluido sólo puede entrar por medio de la violencia y el robo, o rechazar ese modelo también por medio de la violencia. Por lo tanto la violencia y la inseguridad no se resuelve con más y mejores policías sino con más y mejores oportunidades, con mayor diversidad de opciones, con la apertura a formas diferentes de bienestar y felicidad, con mensajes alternativos de formas alternativas de vida que no impliquen el reforzamiento del valor del individuo en base a su capacidad adquisitiva. En suma una sociedad donde el consumo no nos consuma. Y desde al área que ahora nos compete creemos que una manera de disminuir la sensación de exclusión será el devolver al ciudadano el espacio público y en este proceso construirse ciudad y ciudadanos.

Devolver al espacio público su valor de escenario colectivo para las múltiples representaciones, de que la gente vuelva a salir al parque, porque es su parque, de que la violencia se vaya cuando recuperemos la ciudad, de que la manera de disminuir la inseguridad es aumentando la vida urbana, son los lugares menos concurridos los más peligrosos y la gente misma actúa como vigilante informal de un espacio socializado.

De todas maneras no es este un asunto menor para no profundizar, ya que la relación entre los paisajes naturalizados de las áreas urbanas y la seguridad es un punto básico de la realidad de la mayoría de las ciudades modernas. M.Hough propone algunas consideraciones que nos parecen básicas para la seguridad de los espacios verdes urbanos:

• La necesidad de una iluminación apropiada para los peatones en los espacios públicos.
• Líneas de visión: la posibilidad de ver más allá, evitando las esquinas ciegas, las pantallas del paisaje impermeables, etcétera.
• Evitar los túneles, callejones estrechos que no ofrezcan una opción alternativa a los peatones.
• Evitar los lugares “trampa”, tales como áreas pequeñas, confinadas, como por ejemplo: entradas recónditas.
• La necesidad de lugares que tengan una vigilancia visual, en los que la gente pueda observar a los otros.
• El valor de los comercios de comida y bebida, del tipo fuente de sodas, heladería, cafetería etcétera, para mantener la vigilancia informal de los espacios públicos.
• Asegurar un sentido de propiedad o territorialidad en los barrios y espacios públicos.
• La necesidad de señales e información apropiada, tales como los caminos principales, las señales de salida y las principales rutas peatonales.

Algunas de estas consideraciones más tienen que ver con el diseño y la infraestructura propia del jardín, pero si queremos en verdad una ciudad más saludable en lo social, es necesario que sea devuelto el sentido original del espacio público, que sea la casa de todos, que vuelva a ser real aquella tan acudida metáfora de “la ciudad como un teatro”, como el sitio para la representación de nuestro papel de ciudadanos, del lugar colectivo del juego, del espacio para la reunión de vecinos. Eduardo Rinesi, en su libro Ciudades teatros y balcones, plantea que la ciudad es un conjunto de escenarios unidos por una trama difusa. Y varios autores desde Freud hasta Foucault han visto a la ciudad como el escenario de las múltiples representaciones que el ser social hace de sí mismo; la ciudad como el teatro abierto donde el individuo se da a los demás y el donde “los otros” se manifiestan igualmente. Pero lo que tenemos hoy día, es que la mala gestión de la ciudad moderna ha diluido el espacio público para la expresión ciudadana, así que no es nada extraño que ahora tengamos ciudades inseguras y ajenas. El mismo Rinesi nos da la pauta sobre lo que ahora le pasa al hombre en relación con el poder y la ciudad: “Espectacularizandose el poder nos relega al sitio de la mayor pasividad; nos alinea de nosotros mismos, nos aleja de nuestros iguales, nos prohíbe para siempre el ingreso a una escena que ya no nos pertenece”, sólo el espacio urbano incluyente puede regresar, al hombre urbano que ahora somos, nuestra condición de ciudadanos.

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