Deportes | Por Héctor Huerta Atuendo futbolero “Pero era luz bastante para reconocer de inmediato la autoridad de la muerte”. Gabriel García Márquez, El amor en los tiempos del Cólera Por: EL INFORMADOR 14 de enero de 2010 - 01:36 hs * Al pan, pan y al vino, vino... Cuando dejé la ciudad de Guadalajara lamenté dos cosas: estar lejos de mis hijos y sentir a la distancia el pesado dolor de la muerte de algún ser querido. Han pasado poco más de cinco años y ahora comprendo cuánto duelen las muertes a distancia. En un lustro, del círculo cercano ya no están Humberto Torres y su hijo Leonardo, Héctor Morquecho, Roberto Masciarelli, Jaime “Tubo” Gómez, Ney Blanco de Oliveira, don Pancho Ríos, Rafael Carrillo... muertes que calan profundo, que dejan cicatrices en el alma. Me siento en ocasiones como aquellos mexicanos que se van a buscar el sueño americano y que, habiendo entrado como ilegales, no tienen posibilidad de venir a su propio país a enterrar a sus muertos porque las autoridades de aquel país no les permitirían retornar. Los he visto y sentido con el teléfono en mano, hablando a los familiares en la funeraria, llorando de tristeza, pero también de impotencia. Lunes trágico el pasado. Un accidente a la bajada del Nevado de Colima terminó en tragedia múltiple. La camioneta se fue a un profundo precipicio y perdieron la vida seis seres cercanos y queridos: Pepe Nino Aguilar y su esposa; Horacio Gaytán y su esposa; doña Ofelia Ochoa de Cabello y Doris Estrada de González, mi querida madrina. Otra vez el dolor a distancia, ese que paraliza, que te hace sentir extranjero en tu propio país. El cuerpo acá, el alma allá. Las desgracias de la profesión. Doris fue la compañera leal, la soldadera, la amada fiel de Ignacio González Briseño, mi padrino. Ella era todo amor. Soportó el dolor de perder a su único hijo, Héctor, cuando éste tenía 26 años de edad y el maldito cáncer le invadió el estómago. Los primeros reportes confirmaron que mi madrina estaba entre las víctimas. ¿Y mi padrino? Fue el único sobreviviente, decían los informes recabados en la zona del accidente. Los socorristas bajarían 40 metros para rescatarlo. Lo llevaron a Ciudad Guzmán y, de ahí, en helicóptero, al Centro Médico de Occidente. Lunes de teléfono incontrolable. Llamadas iban y venían. Todos pedíamos el milagro. Me invadió un sentimiento de esperanza. “Ayúdalo, Señor, ayúdalo... Dale fuerza”. Supimos que tenía dos costillas rotas, también la cadera, otra fractura de tibia y peroné en una pierna. Pero nadie sabía que el hígado había sufrido un desgarramiento y la hemorragia interna le hizo perder litro y medio de sangre. Operación de emergencia para salvarle la vida. Cuatro paros respiratorios, de los que salió. Su fuerza no claudicaba, ni la ilusión de vivir. Nos esperanzaba saber que mi padrino era de buena madera. Unas horas después, la triste realidad: el gigante no resistió más. Yo pesaba 50 kilogramos cuando lo conocí, hace 33 años. Él, un cronista conocido y reconocido, paseaba con donaire su estatura, su fortaleza y su inmenso repertorio de palabras altisonantes. Lo veía como un gigante. La primera vez que asistí al palco de prensa del estadio Jalisco (le llamaban “El Corralito”) me coloqué los suficientemente lejos para no escuchar el paso del gigante, cuyos zapatazos hacían vibrar el concreto.. Me hice pequeñito. Temía su fiera mirada. Cuando creí eludirlo, una mano enorme, como tenaza hidráulica, me sujetó del largo cabello que usaba, lo jaloneó y preguntó: “¿Y tú quien eres, ca... hijo de la...?”. Sudé frío. Temblé. Temblando, levanté la cara y lo vi. Era Nacho González. El temible Nacho González. Asustado, con voz apenas audible, musité: “Yo soy nuevo, soy reportero, pero es la primera vez que vengo a este palco de periodistas”. El gigante cambió su rostro duro por una sonrisa. Estrechó mi mano con una extraña mezcla de fiereza-cariño. A partir de ahí me adoptó como su ahijado. Me dio la bendición. Ya pertenecía, por decisión de él, al periodismo de Jalisco. Vivimos 33 años de amistad inquebrantable, unas veces como compañeros de radio, de periódico o de profesión, otras veces compartiendo interminables reuniones familiares. Vio nacer a todos mis hijos. Vi crecer a los suyos. Me mostraba su cariño mentándome la madre. Una vez conoció a mi mamá y le ofreció disculpas. Ella no sabía porqué, pero le sonrió. Hace pocos meses, mi madrina me llamó por teléfono, alarmada: “Nacho se está dejando morir. No quiere comer, no sale de la casa, no quiere ir ni a misa”. Clínicamente sólo tenía una infección en la orina. Pero la fiebre y el dolor general del cuerpo lo hacían sentir fatal. Debió ser así porque mi padrino no perdonaba la misa de siete. Ese síntoma me obligó a llamarle a los dos minutos. Tomó el teléfono, nos saludamos y lo escuché muy cansado. Nos dijimos muchas frases que refrendaban el cariño que sentíamos. Con voz dulce pero seria, me dijo: “Ahijado, ahora que me siento tal mal, te voy a confesar una cosa que no te había dicho: eres mi orgullo. Te veo en tu trabajo y veo al periodista que quise ser. Te prometo que me voy a parar mañana, iré a caminar, luego a misa y a seguir con mi vida”. Colgamos. Estallé en llanto. Como hombre que siempre fue, mi padrino cumplió su palabra: al día siguiente se paró, fue a caminar, luego a misa, desayunó y retomó su vida normal. Todavía en diciembre pasado, me invitó a una reunión entre amigos. “Te queremos ofrecer una comida. Vamos a estar puros amigos tuyos: Pepe Nino (Aguilar), Magaña (Alfredo), Ladrón de Guevara (don Enrique), Horacio Gaytán, el “Pato” (Gómez). Vente, ca...la comida va a ser por ti”. Prometí pedir permiso porque quería verlos. Otra vez el trabajo me lo impidió. Dios nos estaba brindando la oportunidad de despedirnos, pero el deber que llama, implacable, no me lo permitió... Nos hablamos para felicitarnos por la Navidad, por el Año Nuevo. Me preocupaba mucho su salud y su edad. En realidad nunca supe cuántos años tenía. Cuando me atrevía a preguntarle, como respuesta recibía una mentada y una respuesta tosca: “Qué te importa, hijo de la ch...”. Hoy que debo estar con mi padrino, no puedo. El trabajo otra vez. Y el dolor profundo de la distancia. Un poco la culpa es de él porque uno de sus primeros consejos como tutor fue: “Hay que ser responsable, llegar temprano, respetar al aficionado, no faltar al trabajo”. Amante de los medios electrónicos, Nacho me enseñó que el micrófono es sagrado porque es el vínculo entre la pasión del periodista y el apetito informativo del fanático a los deportes. Los diarios dirán hoy que “murió el decano de los cronistas deportivos, una de las grandes glorias de Jalisco, un hombre para la historia, un periodista sin par, un narrador excepcional”. Pero mi corazón dice que murió una parte de mí. Nacho González no sólo era mi amigo de 33 años, ni mi padrino adoptivo, ni mi maestro de radio, ni mi tutor. Era todo eso y mucho más. Por eso me duele tanto no haber podido ir a Guadalajara. Mi cuerpo está en la ciudad de México. Mi alma y el corazón maltrecho están junto al ataúd de Nacho. Poca gente sabe que, en el funeral de mi padre Luciano, hace siete años, Nacho González me dio un abrazo muy dulce junto con el pésame. Y luego, al oido, prometió: “De ahora en adelante yo seré tu padrino y tu padre”. Y fue cierto. Me llamaba y me cuidaba como a uno más de sus hijos. Me preguntaba a qué se debía esta honda tristeza. Ya lo sé: murió mi segundo padre... Tal vez por eso no he podido controlar todavía este traicionero llanto, que un minuto se detiene y al siguiente minuto regresa... Temas Atuendo futbolero Lee También Chivas: Lista de bajas que tendrá para juego ante Necaxa en la Jornada 2 Super Bowl 2023: Look completo de Rihanna durante su show de medio tiempo Recibe las últimas noticias en tu e-mail Todo lo que necesitas saber para comenzar tu día Registrarse implica aceptar los Términos y Condiciones