Cultura | Un diario personal por las inmediaciones de Brasil escritas por un tapatío São Paulo confessions Un diario personal por las inmediaciones de Brasil escritas por un tapatío muy brasileño Por: EL INFORMADOR 9 de marzo de 2015 - 02:41 hs São Paulo. Una ciudad por la que suenan las notas de las canciones de Caetano Veloso y Elis Regina. EFE / SEBASTIÃO MOREIRA GUADALAJARA, JALISCO (09/MAR/2015).- Tengo casi 20 años fuera de Guadalajara; primero, me fui a la Ciudad de México, luego a Santiago de Compostela (España), en un pequeño poblado sub-urbano llamado Montouto y posteriormente me mudé al corazón del Barrio de Triball en Madrid; después, una serie de acontecimientos que de tan mágicos y azarosos resultarían inverosímiles en una novela, me trajeron a São Paulo, Brasil. Y es desde aquí, que me dispongo a iniciar este diario personal que compartiré quincenalmente con ustedes. Brasil fue entrando en mi vida poco a poco, casi sin que me diera cuenta: primero vinieron las novelas de Jorge Amado, luego las canciones de Vinicius de Moraes, Elis Regina, Tom Jobim, Chico Buarque, María Bethania, Gilberto Gil, la guitarra de Baden Powell y sobre todo la figura felina del encantador de serpientes Caetano Veloso. Dicen que los recuerdos son invenciones disfrazadas de memoria ¿serán? Yo tengo vivo en la memoria como si hubiese acontecido ayer, el día que Luis Zapata, a la orilla de una alberca en Cuernavaca, puso el vinilo Cinema Trascendental, creo que yo tenía 22 años y unas ganas ubérrimas de comerme el mundo; aquella vez, terminé de caer rendido no sólo ante la seductora voz de Veloso, sino sobre todo ante un país inmenso, cosmopolita y a veces entercado en su afán de ser isla dentro de Latinoamérica, ante esta nación con vocación de Continente dentro de otro Continente. Ahora, a punto de cumplir los 50, descubro que Brasil y el imaginario que he construido de él, han sido y son parte fundamental del soundtrack de mi vida. Por ello, escribir esta bitácora existencial, no es otra cosa que la necesidad urgente de un migrante por compartir con los que se quedaron allá y acullá, las tonadas, olores, imágenes, sabores, alegrías y añoranzas que provoca esta tierra echa de Sol, mar, selva, ríos, montañas, cielo y sueños. Por estos días, São Paulo cruza por un encabritado temporal de lluvias que anega sus calles e inundan sus barrios, al mismo tiempo que se muere de sed ante la fuente, porque los reservatorios de agua potable han llegado a sus mínimos históricos. São Paulo es así, una ciudad esquizofrénica, rabiosa y desaforada, una urbe tatuada de grafitis, fotografías, carteles y “pichadas”, vestida para seducir y arrebatar el aliento, lo mismo que para abandonar y ponerte al borde del desencanto. Lo primero que un visitante nota es que São Paulo tiene vocación aérea, algunas de sus zonas más emblemáticas son una carrera desaforada por tocar las nubes a golpe de edificios, tiene un horizonte urbano más que de montañas, un cielo hecho de ventanales y ventanas, balcones y terrazas, azoteas y antenas que relucen su belleza extraña a la luz de la noche. São Paulo puede desencantar a quien ingenuo busca en estas latitudes el imaginario brasileño construido de palmeras, bossa nova, arena, mar y negritud de cuerpos turgentes. São Paulo no es así, tarda uno tiempo en descubrir su verdadero rostro, la cara oculta de la ciudad requiere de un ejercicio de abandono, de un estarse quieto y hacer sin hacer para que, poco a poco, revele su perfil hecho de una peculiar amalgame portuguesa, japonesa, italiana, judía, africana y sudamericana. El trazo urbano de São Paulo es serpenteante, muy alejado de la cuadrícula colonial española de muchas ciudades de México, uno demora en descubrir su centro, ese eje inicial desde donde se empezó a crear su desaforado crecimiento. Hace dos años que moro aquí y aún me resulta un laberinto de inimaginables pasadizos, avenidas, calles, puentes, túneles, plazas y jardines. Quizás por ello, la sensación más presente que gravita en el alma de quien viene a vivir a São Paulo, es la de los otros, innumerables otros de acentos y colores tan diversos. Tal vez por ello, cuando llegué, uno de los poemas que más me tocó la aorta del alma fue este de Paulo Leminski (Curitiba, Paraná, 1944 – 1989): Contranarciso En mi yo veo otros Y otros Y otros En fin, decenas Trenes pasando Vagones llenos de gente Centenas El otro Que hay en mi Y tú Tú Y tú Así como Yo estoy en ti Yo estoy en el En nosotros Y sólo cuando Estamos en nosotros Estamos en paz Aunque estemos solos Me despido con casi todo por contar, porque al final de cuentas, hoy, las São Paulo Confessions, apenas comienzan. Me despido a la usanza y costumbre de estos lares: Um abraço! Muito obrigado! Até breve! Luis Miguel Rodríguez Castro Temas Literatura Escritores Libros Lee También "Lo que no quería era ser nadie": Premio Nobel de Literatura Mariana Etchegaray escribe “Hasta donde suene mi voz” László Krasznahorkai: Libros para adentrarse al mundo del nuevo Nobel de Literatura ¿Cuánto cuestan y dónde comprar los libros del Nobel de Literatura 2025? 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