Lunes, 15 de Agosto 2022

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Suplementos | XV Domingo Ordinario

Signos de esperanza

Este domingo la liturgia nos propone reflexionar sobre la voluntad de Dios en nuestras vidas, que se manifiesta por medio de los mandamientos y de la encomienda de velar por el prójimo 

Por: Dinámica pastoral UNIVA

«¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del hombre que fue asaltado por los ladrones?». WIKIPEDIA/«La parábola del buen samaritano», de Giacomo Conti.

«¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del hombre que fue asaltado por los ladrones?». WIKIPEDIA/«La parábola del buen samaritano», de Giacomo Conti.

LA PALABRA DE DIOS

PRIMERA LECTURA

Dt 30, 10-14.

En aquellos días, habló Moisés al pueblo y le dijo: "Escucha la voz del Señor, tu Dios, que te manda guardar sus mandamientos y disposiciones escritos en el libro de esta ley. Y conviértete al Señor tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma.

Estos mandamientos que te doy, no son superiores a tus fuerzas ni están fuera de tu alcance. No están en el cielo, de modo que pudieras decir: '¿Quién subirá por nosotros al cielo para que nos los traiga, los escuchemos y podamos cumplirlos?' Ni tampoco están al otro lado del mar, de modo que pudieras objetar: '¿Quién cruzará el mar por nosotros para que nos los traiga, los escuchemos y podamos cumplirlos?' Por el contrario, todos mis mandamientos están muy a tu alcance, en tu boca y en tu corazón, para que puedas cumplirlos".

SEGUNDA LECTURA

Col 1, 15-20.

Cristo es la imagen de Dios invisible,
el primogénito de toda la creación,
porque en él tienen su fundamento todas las cosas creadas,
del cielo y de la tierra, las visibles y las invisibles,
sin excluir a los tronos y dominaciones,
a los principados y potestades.
Todo fue creado por medio de él y para él.

Él existe antes que todas las cosas,
y todas tienen su consistencia en él.

Él es también la cabeza del cuerpo, que es la Iglesia.
Él es el principio, el primogénito de entre los muertos,
para que sea el primero en todo.

Porque Dios quiso que en Cristo habitara toda plenitud
y por él quiso reconciliar consigo todas las cosas,
del cielo y de la tierra,
y darles la paz por medio de su sangre,
derramada en la cruz.

EVANGELIO

Lc 10, 25-37.

En aquel tiempo, se presentó ante Jesús un doctor de la ley para ponerlo a prueba y le preguntó: "Maestro, ¿qué debo hacer para conseguir la vida eterna?" Jesús le dijo: "¿Qué es lo que está escrito en la ley? ¿Qué lees en ella?" El doctor de la ley contestó: "Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con todo tu ser, y a tu prójimo como a ti mismo". Jesús le dijo: "Has contestado bien; si haces eso, vivirás".

El doctor de la ley, para justificarse, le preguntó a Jesús: "¿Y quién es mi prójimo?" Jesús le dijo: "Un hombre que bajaba por el camino de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos ladrones, los cuales lo robaron, lo hirieron y lo dejaron medio muerto. Sucedió que por el mismo camino bajaba un sacerdote, el cual lo vio y pasó de largo. De igual modo, un levita que pasó por ahí, lo vio y siguió adelante. Pero un samaritano que iba de viaje, al verlo, se compadeció de él, se le acercó, ungió sus heridas con aceite y vino y se las vendó; luego lo puso sobre su cabalgadura, lo llevó a un mesón y cuidó de él. Al día siguiente sacó dos denarios, se los dio al dueño del mesón y le dijo: 'Cuida de él y lo que gastes de más, te lo pagaré a mi regreso'.

¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del hombre que fue asaltado por los ladrones?'' El doctor de la ley le respondió: "El que tuvo compasión de él". Entonces Jesús le dijo: "Anda y haz tú lo mismo".

“Signos de esperanza”

Este domingo XV de nuestro tiempo ordinario, la liturgia nos propone reflexionar sobre la voluntad de Dios en nuestras vidas, que se manifiesta por medio de los mandamientos y de la apremiante encomienda de velar por el prójimo y de buscar su bienestar; ambas actitudes deben brotar de la experiencia del amor de Dios en nuestras vidas.

El libro del Deuteronomio nos recuerda que la ley divina es la ayuda necesaria para que el hombre no cometa atrocidades escudándose en que lo hace por fidelidad a sus convicciones, sino que recuerde que la ley auxilia al hombre para que pueda obrar según la justicia y la paz en medio del mundo, siendo un reflejo de esa justicia, honestidad y veracidad que tienen como origen fontal a Dios y nos invita a participar al mundo.

Esa ley, continúa el texto, es alcanzable para cualquiera que la busca con sincero corazón, pues se necesita de un corazón verdaderamente libre y sincero, para poder comprender la hondura y la riqueza de esa ley que plenifica al hombre, cuya sede se encuentra en su propio corazón, pues Dios ha decidido colocarla en ese lugar, por ser el lugar privilegiado para que la ley sea quien conduzca la vida y las acciones del hombre.

Sin embargo, esta fidelidad intra corde, es decir, esta fidelidad que pervive en el corazón del hombre, puede verse comprometida sobre todo cuando comenzamos a darle cabida a muchas situaciones que nos hacen creer que somos jueces y verdugos de nuestros hermanos, cuando creemos que poseemos nuestras virtudes como premio al mérito, o como una retribución por ser los cumplidores de la ley, y san Pablo nos recuerda que, ningún mérito vale, al lado de la entrega generosa de Cristo en la cruz.

Sólo quien experimenta el abrazo misericordioso de Dios, es capaz de sentirse amado, comprendido y sanado, experiencia que no puede tasarse en ningún precio, y que solo quien lo ha sentido, comprende la enorme riqueza de esa expresión de amor; por eso en el Evangelio que se nos propone el día de hoy, Jesús por medio de esta parábola nos hace la apremiante invitación de tomar el lugar del samaritano, presto al servicio, dócil al encuentro del que sufre, comprometido con su ser de Iglesia y su ser social.

Manifestando que hemos de responsabilizarnos de los otros, que hemos de ser esos signos del amor de Dios en medio de su pueblo que sufre, y sufre de maneras inimaginables, por la gran diversidad de heridas que se infligen unos a otros, por que han olvidado que son hermanos y porque han comenzado a ver a los otros como objetos simples de cambio o como bienes de compra venta, olvidándonos que todos somos llamados a ser bendición para los demás y que también somos llamados a comprometernos con el bienestar común.

Asumamos nuestro compromiso de cristianos y estemos dispuestos a convertirnos en los samaritanos que la Iglesia y el mundo necesita, para que atendamos sus heridas y los montemos en la cabalgadura, y seamos así, signos de esperanza en medio del mundo.

¿Cómo llegar feliz a la vejez?

La vida es un verdadero misterio, la recibimos como regalo, pero hay que ir desenvolviéndola a través de las diferentes edades y elegir los caminos que se nos presenten de acuerdo con la meta a la que queramos llegar. Quiero ofrecer esta pequeña reflexión sobre la última etapa de la vida, “la ancianidad”, desde mi propia edad: 75 años, y en el trabajo de atender una comunidad de jesuitas ancianos. Espero que sea útil para quienes están en tal edad.

En el imaginario social la vejez es una etapa que no tiene nada de entusiasmo, inclusive todos soñamos con una muerte fulminante o rápida, más que vivir una ancianidad larga y llena de dolores. ¿Cómo llegar a ser un anciano feliz? La respuesta es simple: construir una existencia asumida en el proceso de ir siendo libres, existencia vivida en el ejercicio de amar, de cuidar con ternura a un ser querido o a varios, de cultivar amistades profundas, de haber realizado en buena medida los sueños e ilusiones a través de decisiones adecuadas en nuestra vida. Con este historial es más probable llegar a ser un anciano realizado, agradecido y feliz, capacitado para acompañar como un gran anciano “abuelo”, comunicando ternura y cuidados con hondura, libre de apegos y enganches; se antojará convivir con alguien así porque será un persona sabia, que escucha, aconseja, que goza lo más sencillo viviendo en el difícil arte de “no hacer nada”.

La memoria de todo lo bueno que ha realizado alguien así, le ayudará a vivir agradecido con los que le rodean. Todos llegamos a la vejez como vivimos nuestra existencia anterior. Será imposible realizar lo que nunca hicimos y querer comenzar a hacerlo en la etapa de la vejez, será imposible. Muy sensato en nuestra vida es orar para pedir lo que se dice en el salmo 90,12: “Concédeme, Señor, sabiduría para aceptar los años que tengo, para que me des un corazón sensato”, y con ese corazón sensato y llenos de vida podremos decir como el viejo Simeón: “Ahora, Señor, puedo morir en paz porque he visto la salvación” (Lc 2,29).

José Martín del Campo, SJ - ITESO

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