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Martes, 16 de Octubre 2018

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Semana Mayor, Semana Santa

Jesús no puso límite a su entrega; desde entonces está vivo, presente, santificando la vida, y estará hasta que vuelva

Por: El Informador

Con la narración de la Pasión de Jesucristo se da respuesta a la pregunta que se representa en todo el Evangelio, ¿quién es Jesús? ESPECIAL

Con la narración de la Pasión de Jesucristo se da respuesta a la pregunta que se representa en todo el Evangelio, ¿quién es Jesús? ESPECIAL

• Domingo de Ramos
• Dinámica pastoral UNIVA

LA PALABRA DE DIOS

PRIMERA LECTURA
Isaías 50, 4-7

“Mi Señor me ha dado una lengua de iniciado, para saber decir al abatido una palabra de aliento”.

SEGUNDA LECTURA
San Pablo a los Filipenses 2, 6-11

“Cristo, a pesar de su condición divina, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos”.

EVANGELIO
San Marcos 14, 1-15,47

“Y Pilato, queriendo dar gusto a la gente, les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran”.

De las 52 semanas del año, ésta es para los creyentes la cumbre, porque en la cumbre del Calvario el Hijo de Dios hecho hombre pagó con su vida el rescate por todos los seres humanos, de todos los tiempos, de todos los pueblos.

“Clavada en cruz la Vida sufrió la muerte, y con su muerte nos donó la vida”. Son seis días de oración, de fe, de silencio, de recogimiento.

¡Hosanna al Hijo de David!” Es el clamor que cierra para siempre la historia de los hombres. Se levanta el grito en Jerusalén, como un vibrante y gigantesco acorde en que se reúnen las voces todas: las del cielo y las de la tierra.

“¡Viva el rey!”, aclama el pueblo judío, en creciente expectación. Rotas quedarán las pesadas, largas cadenas de la esclavitud.

Su júbilo era una manifestación de sus esperanzas y anhelos meramente humanos. No comprendieron el sentido de la acción política. Cuando esas esperanzas queden fallidas, el mismo pueblo ahora jubiloso reaccionará enfurecido pidiendo su sangre, pidiendo que lo crucifiquen.

Es un rey, pero no como los reyes de la tierra. Es descendiente de la estirpe real del rey David, y entra triunfante en su ciudad; y el pueblo, al menos ese día, lo recibe como rey, lo aclama como rey.

Es un rey humilde montado en un borrico; es el Mesías que viene a donde -y él ya lo sabe- lo esperan la pasión, la cruz, la muerte, levantado entre la tierra y el cielo y en medio de los malhechores.

Era su hora; era la primavera inundada de verdor y flores. Era también la primavera de las almas que nacerían a nueva vida por el torrente de sangre que regaría, en esa hora sublime, al mundo.

La cena, ágape de Cristo y sus apóstoles. El “triduo sacro”, jueves, viernes y sábado, inicia los grandes misterios con un final y un principio: El Señor Jesús celebró con los Doce la Pascua Judía, primero. Tal como lo prescribía la ley, en esa noche de luna llena cenaron el cordero asado, con hierbas amargas y pan sin levadura. Antes, la sorpresa de aquellos hombres al ver al Maestro, arrodillado, lavándoles los pies. “¿Saben lo que he hecho con ustedes?” Ustedes me llaman Maestro y Señor; y dicen bien, porque lo soy. Si yo, el Señor y Maestro, les he lavado los pies, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros. Bienaventurados serán si lo hacen” (Juan 13, 14, 17).

Así, Jesús dejó para todos una enseñanza: servir por amor a los demás.

Luego, el gran regalo: se regaló a sí mismo. La Pascua Judía era un memorial, una acción de gracias del pueblo escogido, por haber sido liberado de la esclavitud de Egipto.

Fue preámbulo para la Pascua Cristiana: “Yo recibí del Señor lo mismo que les he transmitido: Que el Señor Jesús, la noche en que iba a ser entregado, tomó pan en sus manos y, pronunciando la acción de gracias, lo partió y dijo: ‘Este es mi cuerpo, que será entregado por ustedes. Hagan esto en memoria mía’. Lo mismo hizo con el cáliz después de cenar, diciendo: ‘Este cáliz es la nueva alianza que se sella con mi sangre’”. Así instruía San Pablo a los de Corinto. (la. Cor. 11, 24, 25). Este mismo relato es referido también por Matías, Marcos y Lucas.

Jesús no puso límite a su entrega, su donación a los hombres. Desde entonces está vivo, presente, santificando la vida, y estará hasta que vuelva. En veinte siglos de cristianismo ha sido la Eucaristía el centro, el eje de la vida del cristiano y el acto más importante en el culto.

La Eucaristía es el memorial real del sacrificio de Cristo en la cruz; es la presencia amorosa en medio de los hombres; es el Pan de Vida preparado para quienes caminan hacia el Padre.

“Él  fue traspasado por nuestras rebeliones” Desde seis siglos antes el profeta Isaías, en su cuarto cántico del siervo de Yahvé, anuncia al Mesías, a Jesús, maltratado, desfigurado, despreciado, abandonado, varón de dolores, traspasado...
El tema fundamental de este día es la pasión, la crucifixión y la muerte del Señor.

José Rosario Ramírez M.

¿Quién quiero ser?

La celebración de este domingo abre las celebraciones pascuales, con la narración de la Pasión de Jesucristo se da respuesta a la pregunta que se representa en todo el Evangelio, ¿quién es Jesús? Jesús es verdadero hombre y verdadero Dios, como nos lo presenta san Marcos.

El inicio de esta semana, nos debe llevar a preguntarnos ¿quién es Jesús para mí? Para a la vez preguntarnos si estamos dispuestos a afrontar con el Maestro el camino del amor. La proclamación de Jesús como verdadero hombre y verdadero Dios, no es una simple repetición de una fórmula establecida, es la asimilación de lo que Dios ha hecho por mí desde el amor.

Esto nos debe llevar a preguntarnos, después de saber quién es Jesús, ¿quién quiero ser yo, en mi relación con Jesús? La infinidad de personajes que se presentarán en esta semana, nos puede ayudar a descubrir nuestro rol, en este camino de fe, que es el camino de la salvación.

“Si eres Simón Cireneo, toma la cruz y sigue al Maestro. Si, como el ladrón, estás en la cruz, con honradez reconoce a Dios: si él por ti, por tus pecados, ha sido contado entre los malhechores, tú, por él, hazte justo. Adora al que por tu culpa ha sido colgado de un madero. Y si tú estás crucificado, saca alguna ventaja de tu maldad.

Compra la salvación con la muerte, entra en el paraíso con Jesús, para comprender desde qué altura habías caído. Si eres José de Arimatea, pide el cuerpo al que lo crucificó. Haz tuyo el cuerpo que ha expiado los pecados del mundo. Si eres Nicodemo, el adorador nocturno de Dios, úngelo con los ungüentos para la sepultura.

Si eres María, o la otra María, o Salomé, o Juana, llora con las primeras luces del día. Trata de ver la tumba abierta y, quizás, a los ángeles o incluso al mismo Jesús. Di algo, quédate a escuchar: se te dirá: “No me toques”, no te acerques.

Imita a Pedro o Juan, corre al sepulcro. Si llegas primero, vence en amor, no te quedes mirando fuera, ¡entra!

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