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Domingo, 22 de Julio 2018

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Mismos pasos y nuevos caminos

Trasnacionalización de la danza conchero azteca

Por: Renée de la Torre y Cristina Gutiérrez Zúñiga

“Mismos pasos y nuevos caminos” hace un estudio y recorrido por la tradición de las danzas llamadas de conquista o concheras.

“Mismos pasos y nuevos caminos” hace un estudio y recorrido por la tradición de las danzas llamadas de conquista o concheras.

Las danzas conchero aztecas son expresiones rituales sincréticas cargadas de simbología indígena, por lo que en el pasado siglo XX fueron retomadas por el nacionalismo cultural como una expresión viva de la herencia prehispánica útil para enarbolar el sentimiento de orgullo nacionalista fincado en el indigenismo mexicano.

Los danzantes, ataviados con vistosos penachos de plumas de faisán, ejecutaban llamativas coreografías en los atrios de los templos católicos, a la vez que de manera oculta seguían venerando a sus deidades. Poco después, las danzas se hacían presentes en los homenajes patrios a Cuauhtémoc, contribuyendo a recrear un paisaje de nostalgia por el pasado y un sentimiento patriótico. También lucieron en teatros como una de las más aplaudidas representaciones del Ballet Folklórico Nacional. Además, algunos danzantes convencidos de ser herederos del linaje de los emperadores aztecas, danzaron para recuperar las ruinas arqueológicas que han quedado debajo de plazas, edificios y templos, como es el caso de los danzantes que habitualmente toman el zócalo o las afueras del Museo Nacional de Antropología en la Ciudad de México. Con todo, las danzas, aunque atraen las miradas de los turistas y son objeto de fotografías, portadas de libros y tarjetas postales para recrear el México antiguo, no son meras quimeras folklóricas vaciadas de sentido. Por el contrario, son prácticas que buscan restituir una herencia ancestral para encontrar vías alternativas al poscolonialismo del presente.

Con las danzas, entonces llamadas de conquista o concheras, se ha resistido a la inculturación católica manteniendo en el sincretismo algunos trazos de las culturas de los antepasados indígenas. La posterior difusión nacionalista de la danza repercutió en una renovación estética de ésta, como lo plasmó el fotógrafo Luis Márquez en las postales que representaban México y los populares calendarios pintados por Jesús Helguera que engalanaban las paredes de casas y talleres. Estas imágenes sublimaban el linaje azteca y representaron el nacionalismo prehispánico-indigenista y después se exhibieron en los escenarios de teatros y en el cine mexicano y por último se difundieron en los espectáculos de masas (como fueron los festivales de Teotihuacán), hasta llegar a formar parte del proyecto educativo nacional (De la Torre, 2007). De esta manera, los danzantes, habitualmente obreros de las ciudades o indígenas campesinos de los pueblos, se transformaron con sus trajes y coreografías en “indios imperiales”; a partir de ahí su imaginación se desató para autorrepresentarse como herederos auténticos del linaje de los tlatoanis aztecas, principalmente de Cuauhtémoc, de Moctezuma y de Nezahualcóyotl, o de otras figuras emblemáticas como Conin. Así, además del sentido religioso con que se practicaba, adquirió las características estilísticas de una danza de auténticos guerreros aztecas y fue apreciada por algunos intelectuales y artistas como legado ancestral mediante el cual era posible conocer la cultura prehispánica para la restauración contemporánea del Anáhuac. Un plan político ideológico que planteaba restituir un orden social a imagen y semejanza del que reinaba antes de la Conquista de México.

El libro hace un recuento de las transformaciones culturales y de los desplazamientos geográficos que en la era de la globalización ha experimentado esta tradición mexicana. Reporta que recientemente, las danzas han sido abanderadas para imaginar nuevas naciones de frontera, con territorios más abarcadores a los de los países modernos, como son los de Aztlán (de la nación imaginada por los chicanos que une Estados Unidos con México y Centroamérica) y del Anáhuac (que abarca todo el continente americano y que responde al panindianismo de Camino Rojo). Las danzas tienen también una mística esotérica que atrae a buscadores de nuevas espiritualidades heterodoxas comúnmente conocidas como new age o Nueva Era. Las danzas son, asimismo, valoradas hoy en día como escuelas iniciáticas de aprendices de chamanismo e, incluso, son ofertadas en los circuitos neoesotéricos que prometen una salud integral (mental, espiritual y corporal), como técnicas corporales. En la actualidad, las danzas han experimentado diferentes desplazamientos, tanto geográficos como culturales; se ejecutan los mismos pasos pero innovando caminos que le imprimen novedosos sentidos que, algunas veces, tienden a esencializarlas o, por el contrario, a hibridarlas con otras prácticas afines. Las autoras concluyen en que con los pasos y coreografías inspirados en el pasado, la danza del presente busca trazar nuevos horizontes para imaginar alternativas de futuros posibles a problemas propios de nuestra condición contemporánea,  como son: la falta de sentido en las iglesias y el surgimiento de nuevas espiritualidades alternativas, el desencanto de la razón y la búsqueda de la magia en la esotérica, las contraculturas como el hippismo, el reconocimiento de las culturas indígenas como depósitos de sabidurías ancestrales,  los proyectos panamericanos de crítica postcolonial como lo es Camino Rojo, la necesidad de redefiniciones étnicas, raciales y nacionales como es el movimiento chicano, las terapias de salud alternativas, el problema ambientalista y los movimientos ecológicos y las dominaciones de género y las espiritualidades ecofeministas.

*Este libro es un estudio de etnografía multilocal sobre la tradición contemporánea de las danzas conchero-aztecas. (El Colegio de Jalisco /CIESAS, 2017)

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