Viernes, 16 de Abril 2021

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Suplementos | Segundo domingo de Cuaresma

Fe: seguridad y prueba

Las pruebas de calidad por Dios son a veces muy extremas, como la de Abrahán y de Jesús. Pero de ordinario la prueba del Señor a nuestra fe es la fidelidad cotidiana

Por: Dinámica pastoral UNIVA

«No descargues la mano contra tu hijo, ni le hagas daño. Ya veo que temes a Dios, porque no le has negado a tu hijo único». WIKIPEDIA/«El sacrificio de Isaac», de Mariotto Abertinelli

«No descargues la mano contra tu hijo, ni le hagas daño. Ya veo que temes a Dios, porque no le has negado a tu hijo único». WIKIPEDIA/«El sacrificio de Isaac», de Mariotto Abertinelli

LA PALABRA DE DIOS

PRIMERA LECTURA

Gn. 22, 1-2. 9-13. 15-18.

«En aquel tiempo, Dios le puso una prueba a Abraham y le dijo: “¡Abraham, Abraham!” Él respondió: “Aquí estoy”. Y Dios le dijo: “Toma a tu hijo único, Isaac, a quien tanto amas; vete a la región de Moria y ofrécemelo en sacrificio, en el monte que yo te indicaré”.

Cuando llegaron al sitio que Dios le había señalado, Abraham levantó un altar y acomodó la leña. Luego ató a su hijo Isaac, lo puso sobre el altar, encima de la leña, y tomó el cuchillo para degollarlo.

Pero el ángel del Señor lo llamó desde el cielo y le dijo: “¡Abraham, Abraham!” Él contestó: “Aquí estoy”. El ángel le dijo: “No descargues la mano contra tu hijo, ni le hagas daño. Ya veo que temes a Dios, porque no le has negado a tu hijo único”.

Abraham levantó los ojos y vio un carnero, enredado por los cuernos en la maleza. Atrapó el carnero y lo ofreció en sacrificio en lugar de su hijo.

El ángel del Señor volvió a llamar a Abraham desde el cielo y le dijo: “Juro por mí mismo, dice el Señor, que por haber hecho esto y no haberme negado a tu hijo único, yo te bendeciré y multiplicaré tu descendencia como las estrellas del cielo y las arenas del mar. Tus descendientes conquistarán las ciudades enemigas. En tu descendencia serán bendecidos todos los pueblos de la tierra, porque obedeciste a mis palabras”».

SEGUNDA LECTURA

Rm. 8, 31-34.

«Hermanos: Si Dios está a nuestro favor, ¿quién estará en contra nuestra? El que no nos escatimó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no va a estar dispuesto a dárnoslo todo, junto con su Hijo? ¿Quién acusará a los elegidos de Dios? Si Dios mismo es quien los perdona, ¿quién será el que los condene? ¿Acaso Jesucristo, que murió, resucitó y está a la derecha de Dios para interceder por nosotros?»

EVANGELIO

Mc. 9, 2-10.

«En aquel tiempo, Jesús tomó aparte a Pedro, a Santiago y a Juan, subió con ellos a un monte alto y se transfiguró en su presencia. Sus vestiduras se pusieron esplendorosamente blancas, con una blancura que nadie puede lograr sobre la tierra. Después se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús.

Entonces Pedro le dijo a Jesús: “Maestro, ¡qué a gusto estamos aquí! Hagamos tres chozas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”. En realidad no sabía lo que decía, porque estaban asustados.

Se formó entonces una nube, que los cubrió con su sombra, y de esta nube salió una voz que decía: “Éste es mi Hijo amado; escúchenlo”. 

En ese momento miraron alrededor y no vieron a nadie sino a Jesús, que estaba solo con ellos.

Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó que no contaran a nadie lo que habían visto, hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos. Ellos guardaron esto en secreto, pero discutían entre sí qué querría decir eso de ‘resucitar de entre los muertos’».

Los hizo subir con Él a un elevado monte

En este segundo domingo de cuaresma, el Evangelio hace un viaje desde el austero desierto hasta la cumbre de un alto monte. Ya era la hora de que el Maestro se manifestara a sus discípulos más cercanos con su imagen divina. Así los preparaba para los graves acontecimientos que pronto vivirían, de los que serían no sólo testigos, sino fuertemente partícipes. Así les abría los ojos del alma para emprender dos verdades profundas: muerte y resurrección. Pedro, la piedra fundamental del Reino y el príncipe, el principal del colegio apostólico; Santiago, llamado para ser el primero de los 12 en derramar su sangre en testimonio de amor y fe; Juan, alma limpia y abierta, para llevar al mundo el profundo mensaje de vida, de amor, del misterio del Verbo de Dios hecho hombre. Mientras se está inclinado mirando la tierra y gozándose en las cosas terrenas, no se puede contemplar el rostro de Dios. Es preciso subir. La ascensión a una montaña, a una cumbre, es ardua, es para los audaces, los valientes. Es el premio al esfuerzo. En la vida espiritual se llama purificación. San Juan de la Cruz la nombra “vía purgativa”, porque para subir es preciso ante todo hacer ligero el equipaje; liberarse del peso de las pasiones, dejar las cadenas de los goces y los vicios.

Alta y escarpada es la cumbre, áspero el camino de la santidad; mas nunca han faltado los intrépidos, los valientes, y en la cumbre han encontrado la dicha: han encontrado a Cristo. 

Una montaña está rodeada de soledad y silencio. El mundo siempre produce ruido. El mundo moderno con la multiplicidad de máquinas, de aparatos que corren por calles y caminos y surcan los cielos; con las incontables argucias de la industria y el comercio, hace que los hombres vivan agitados y confundidos. Muchas vidas desperdiciadas en ruidos ensordecedores, en músicas atronadoras, en muchedumbres aceleradas, en palabrería inútil. Todo ello hace de la vida un flujo de ruido y palabras vacías. Los que aman el ruido siempre andan inquietos, siempre impacientes, siempre insatisfechos. Para ellos el silencio es un vacío, y hacen resistencia al silencio porque ignoran su valor. Silencio para encontrar a Dios. Silencio exterior, lejos del mundanal ruido; silencio de la lengua, silencio del corazón. Silencio interior, libre de deseos desordenados, de apetitos; libre de la imaginación, la que desordena y enturbia.

José Rosario Ramírez M.

Fe: seguridad y prueba

Las pruebas en la vida cristiana siguen el molde de la prueba de Abrahán, modelo de fe y padre de los creyentes, y el patrón de las pruebas de Jesús: tentaciones en el desierto, depresión de Getsemaní antes de la pasión, sensación de abandono en la misma cruz. A Dios le gusta probar nuestra fe, como obró con Abrahán y con Cristo, porque lo que quiere de nosotros es el vacío radical de nuestro yo.

En los controles de producción, en los estudios y exámenes de carrera, en los puestos de trabajo la prueba de calidad es ley universal. Con las debidas proporciones, Dios emplea un sistema similar. Las pruebas de calidad por Dios son a veces muy extremas, como la de Abrahán y de Jesús. Pero de ordinario la prueba del Señor a nuestra fe es la fidelidad cotidiana. Según la Sagrada Escritura y la tradición espiritual, la prueba es señal de predilección y amistad de Dios. “Yo trato así a mis amigos” dijo el Señor en oración a Santa Teresa de Ávila. “Por eso tienes tan pocos”, contestó ella.

Muchas veces nos ronda la tentación del desaliento y nos asalta la duda de si, renunciando al estilo atractivo de la vida mundana que hoy priva, no malogramos la nuestra y perdemos el tiempo en seguir a Cristo. Entonces necesitamos experimentar la cercanía de Dios en la oración al Padre. Por experiencia sabemos que Dios no nos pide nada superior a nuestras propias fuerzas. Y también hemos experimentado que su amor nos envuelve y protege. Cada día nos sorprende con nuevos gestos de amor, como le sorprendió a Abrahán. 

La vida de Abrahán está marcada por la virtud teologal de la fe. Ella le inspira el desprendimiento, la gratuidad, la confianza plena en el Dios de la vida. Es el fundamento que no mide los riesgos a favor del Reino. Algunos ven la fe como un seguro más para el consumo religioso, ¡falso! La fe cristiana consiste en depositar nuestra confianza y amistad, por medio de Jesús, en una persona, Dios, a quien aceptamos y de cuya palabra y honestidad nos fiamos absolutamente. “La fe es seguridad de lo que se espera, y prueba de lo que no se ve” (Heb. 11,1).

Hoy entendemos que el comienzo de la fe es escuchar a Jesús, el Hijo amado del Padre, como nos dice su voz desde la nube de la transfiguración ¿Cómo está nuestra fe? ¿A qué nos compromete? Que el Camino espiritual de la fe nos lleve a cultivar el abandono en Dios, Padre bueno, y a inspirar nuestra propia vida desde ese horizonte de luz y de esperanza.

Vivir la propia vida para vivir la propia muerte

En la misión que la Compañía de Jesús me ha encomendado de encargarme de la casa de descanso de los jesuitas mayores o enfermos, me siento invitado a reflexionar y orar sobre cómo se viven los últimos años de la vida, la vejez, la enfermedad y, sobre todo, la muerte que nos llega seguido a casa.

Voy cayendo en la cuenta de aquella expresión: “como vives, así es como mueres”. Si vives tu propia vida, vivirás tu propia muerte. Muchas personas viven vidas prestadas o copiando a otros, o enganchados a alguien o a algo y, por consiguiente, no experimentarán su muerte como propia, sino como una simple máquina biológica que se apaga. Para terminar nuestra existencia con plenitud es necesario aprender desde el nacimiento la experiencia de la “separación”. Es paradójico: lo que nos da la vida y la mantiene en el útero materno, en un estado de total fusión y dependencia con la madre, es aquello que para nacer tenemos que abandonar; es necesario salir de ese maravilloso estado de fusión, romper el cordón umbilical, para empezar a vivir separados y hacer nuestra propia biografía. 

Si desde la niñez no asimilamos este proceso de separación, tenderemos a crear un “vampirismo emocional” en todas nuestras relaciones, lo que acabará por destruir nuestras amistades y nuestras vidas. Comenzaremos a ser personas más plenas cuando decidamos quiénes queremos ser y cómo queremos vivir. Para lograrlo, tendremos que ubicarnos y vivir como personas libres, no apegadas, y asumir nuestras propias decisiones. Es un proceso de ir soltando, separándonos, desenganchándonos de todo aquello que no nos ayuda a vivir nuestra propia vida, y así encaminarnos a una realización profunda. Al final de nuestra historia, ese proceso nos llevará a gozar y experimentar con una satisfacción gozosa el haber vivido nuestra propia vida. Entonces podremos asumir nuestra propia muerte. Qué hermoso será vivir los últimos años de la vida recordando nuestros amores y desamores, encuentros y desencuentros, dolores y alegrías, luces y sombras, y poder agradecerle a Dios por una vida plena, y esperar la muerte como un simple paso a la fiesta definitiva. 

José Martín del Campo, SJ - ITESO

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