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Lunes, 09 de Diciembre 2019

El Día del Señor vendrá

"...Todos los odiarán por causa mía. Sin embargo, no caerá ningún cabello de la cabeza de ustedes. Si se mantienen firmes, conseguirán la vida"

Por: El Informador

"Días vendrán en que no quedará piedra sobre piedra de todo esto que están admirando; todo será destruido". ESPECIAL/commons.wikimedia

LA PALABRA DE DIOS

PRIMERA LECTURA

Mal. 3, 19-20ª.

“Ya viene el día del Señor, ardiente como un horno, y todos los soberbios y malvados serán como la paja. El día que viene los consumirá, dice el Señor de los ejércitos, hasta no dejarles ni raíz ni rama. Pero para ustedes, los que temen al Señor, brillará el sol de justicia, que les traerá la salvación en sus rayos”.

SEGUNDA LECTURA

2 Tes. 3, 7-12.

“Hermanos: Ya saben cómo deben vivir para imitar mi ejemplo, puesto que, cuando estuve entre ustedes, supe ganarme la vida y no dependí de nadie para comer; antes bien, de día y de noche trabajé hasta agotarme, para no serles gravoso. Y no porque no tuviera yo derecho a pedirles el sustento, sino para darles un ejemplo que imitar. Así, cuando estaba entre ustedes, les decía una y otra vez: 'El que no quiera trabajar, que no coma'.

Y ahora vengo a saber que algunos de ustedes viven como holgazanes, sin hacer nada, y además, entrometiéndose en todo. Les suplicamos a esos tales y les ordenamos, de parte del Señor Jesús, que se pongan a trabajar en paz para ganarse con sus propias manos la comida”.

EVANGELIO

Lc. 21, 5-19.

“En aquel tiempo, como algunos ponderaban la solidez de la construcción del templo y la belleza de las ofrendas votivas que lo adornaban, Jesús dijo: 'Días vendrán en que no quedará piedra sobre piedra de todo esto que están admirando; todo será destruido'.

Entonces le preguntaron: 'Maestro, ¿cuándo va a ocurrir esto y cuál será la señal de que ya está a punto de suceder?' Él les respondió: 'Cuídense de que nadie los engañe, porque muchos vendrán usurpando mi nombre y dirán: "Yo soy el Mesías. El tiempo ha llegado". Pero no les hagan caso. Cuando oigan hablar de guerras y revoluciones, que no los domine el pánico, porque eso tiene que acontecer, pero todavía no es el fin'.

Luego les dijo: 'Se levantará una nación contra otra y un reino contra otro. En diferentes lugares habrá grandes terremotos, epidemias y hambre, y aparecerán en el cielo señales prodigiosas y terribles.

Pero antes de todo esto los perseguirán a ustedes y los apresarán; los llevarán a los tribunales y a la cárcel, y los harán comparecer ante reyes y gobernadores, por causa mía. Con esto darán testimonio de mí.

Grábense bien que no tienen que preparar de antemano su defensa, porque yo les daré palabras sabias, a las que no podrá resistir ni contradecir ningún adversario de ustedes.

Los traicionarán hasta sus propios padres, hermanos, parientes y amigos. Matarán a algunos de ustedes y todos los odiarán por causa mía. Sin embargo, no caerá ningún cabello de la cabeza de ustedes. Si se mantienen firmes, conseguirán la vida'”.

El Día del Señor vendrá

El texto evangélico de hoy es de San Lucas, en el capítulo 21, y la escena se presenta en el atrio del templo de Jerusalén. Los judíos comentaban orgullosos “la solidez de la construcción del templo y la belleza de las ofrendas votivas que lo adornaban”.

El Señor Jesús los oyó y quiso iluminar sus mentes, demasiado apegadas a las cosas materiales, y sus palabras para ellos y para los hombres de después y los de este siglo XXI, son para que vean que todo lo que está en el tiempo, aún lo bello y lo agradable, tiene caducidad, es pasajero; y por ley natural, eso que tuvo principio tendrá un ineludible fin. Así les dijo: “Días vendrán en que no quedará piedra sobre piedra de todo lo que están admirando”.

No es una maldición —Cristo no vino a maldecir, sino a bendecir—, sino que anuncia, con una visión profética, algo que sucederá. Y sucedió. Los romanos se fueron sobre los revoltosos judíos, derribaron las murallas de la ciudad el año 70 después de Cristo, y los emperadores Vespaciano y Tito, padre e hijo, no dejaron “piedra sobre piedra”del templo objeto de tantas complacencias.

Maestro, ¿cuándo ocurrirá esto? La ciencia y los múltiples recursos de la técnica, en este siglo XXI aún no pueden predecir la muerte de cada uno de los seres humanos, porque todos, como el templo de Jerusalén, han tenido principio y, con absoluta certeza, a todos y cada uno les llegará su fin. Mas ese final, la muerte, tiene ocultos su momento y su hora. A nadie le ha de agradar el saber de antemano la última hora de su último día. Es bondad de Dios dejar esa incógnita para que el ser humano, con la virtud teológica llamada esperanza, enfile sus pasos más allá del tiempo, hacia la vida eterna.

Y mientras tanto, dice el Señor: Cuídense de que nadie los engañe Abundan los engañadores. Por teléfono, a la puerta, Por televisión, por radio, aparecen ofertas para liberar, para limpiarte de embrujos. A veces ofrecen doctrinas nuevas e invitan a la liberación interior. Y muchas veces, dice el Señor, “vendrán usurpando mi nombre”.

José Rosario Ramírez M.

La belleza del alma

La Palabra de Dios, en este domingo trigésimo tercero del tiempo ordinario, nos ofrece en el evangelista san Lucas la conclusión de la predicación de Jesús en Jerusalén con un discurso escatológico, sobre el fin del mundo, y lo hace en tres momentos: el primero es el que describe la lectura: la destrucción de Jerusalén, el segundo: el tiempo de la misión o la Iglesia y el tercero será la venida del Hijo del hombre que traerá la plenitud del Reino de Dios.

Algunas de las personas que acompañaban a Jesús “ponderaban la solidez del templo y la belleza de las ofrendas votivas”. El templo de Herodes, bajo construcción por medio siglo, no será completado hasta el año 63 d.C., pero es, de todos modos, magnífico. Está situado en un lugar prominente en Jerusalén, sobre una montaña.

Los discípulos ven los adornos exteriores, pero no ven la bancarrota espiritual detrás de las fachadas, la hipocresía, la opresión, el rechazo del Mesías y del evangelio, y la muerte inminente del Hijo de Dios en manos de las autoridades religiosas. Pero el Maestro, en cambio, tiene una opinión diferente, ve que en ese lugar grandioso no se acoge a Dios, no descubre la presencia de su Padre por ningún lado, siente un rechazo hacia él, por eso dice: “días vendrán en que no quedará piedra sobre piedra de todo esto que están admirando; todo será destruido”.

La situación que Jesús denuncia en su tiempo, sin duda alguna es una realidad que en nuestros días podemos enfrentar. Debemos estar atentos todos. La belleza de nuestra Iglesia radica en la vivencia ordinaria de los valores evangélicos, en perseverar. Pero, ¿qué podemos hacer para perseverar? No desviarnos del Evangelio, eso significa buscar siempre el Reino de Dios y su justicia y no nuestro propio beneficio. Dar sentido a nuestra oración no con palabras vacías que no dicen nada, sino llenarlas de contenido con nuestro ejemplo, como lo hizo Jesús. No ser tan reacios a aceptar los cambios. Aprender a escuchar los gritos de la gente que sufre, estar abiertos ante lo nuevo que pueda venir y no ser tan reticentes y a la defensiva. No exigiendo a los demás lo que no estamos dispuestos a dar nosotros. Asumir que el seguimiento de Jesús no es un camino fácil, de éxitos y glorias, sino que será un largo trayecto de dificultades y luchas.

Asumir cada uno nuestras responsabilidades, a nadie se nos pide más de lo que podemos dar, pero es importante no delegar en los otros la tarea que nos corresponde a cada uno. Jesús nos diría hoy en día: dejémonos de lamentos, nostalgias, desalientos o resignaciones y empecemos a dar testimonio, porque si se mantienen firmes, conseguirán la vida.

A Dios, solo desde Dios

En nuestra experiencia cristiana no solemos reflexionar sobre este tema tan importante, porque estamos en el entendido de que Dios nos habla.  Es una verdad dentro de nuestro paradigma: Dios es persona. Pero damos por supuesto que Él se comunica como nosotros lo hacemos. Únicamente podemos conocer su comunicación desde lo que Él es, y lo hace de una manera humana para que le entendamos, pero siempre hay que salvaguardar la trascendencia de Dios. Su esencia es revelarse, comunicarse, y lo maravilloso es que nosotros podemos recibir esa comunicación.

Solamente desde Dios se conoce a Dios. Toda la creación y toda la historia de los humanos están destinadas a ser revelación libre y soberana de Él. Ninguna persona ni religión le puede dictaminar cómo tiene que hacerlo.

Al recibir esa comunicación —que no es un dictamen a nuestra inteligencia ni un paquete de verdades— es Dios mismo quien se regala; sólo Él es el que nos capacita para conocerlo. Todo ser humano tiene esa posibilidad para poder experimentar el don de recibirlo, de aceptar su presencia, de saber quién es Él, cuál es su voluntad.  Nosotros como cristianos le llamamos gracia a esa capacitación. En esa increíble manera humana de revelarse de Dios, en Jesucristo, encontramos ese impulso del Espíritu, para que Dios se vaya revelando en la historia: “Cuando Él venga, el Espíritu de la verdad, los guiará hasta la verdad plena. Porque no hablará por su cuenta, sino que dirá todo lo que ha oído y les anunciará el futuro” (Jn. 16, 13).

Por consiguiente, la revelación en Jesucristo es una búsqueda continua en nuestra realidad humana, y por tanto histórica, de cómo Dios camina con nosotros y nos va revelando su misteriosa presencia a través de esa búsqueda de cada uno y de todos. Así es posible encontrar caminos para ir realizando nuestra interminable vocación de ser humanos. El Espíritu nos impele a entrar en nuestro interior para que nos demos cuenta de que estamos exiliados de nosotros mismos, y que el fin de la búsqueda no está fuera de nosotros, sino en nosotros mismos.

José Martín del Campo, SJ - ITESO, Universidad Jesuita de Guadalajara

 

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