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Lunes, 19 de Noviembre 2018

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Diario de un espectador

Por: Juan Palomar

Diario de un espectador

Diario de un espectador

Atmosféricas. Unos días más para la poda del pasto del estiaje. Las flores anaranjadas del rincón siguen emitiendo sus notas sutiles e iluminando de dorado la temporada. Los sistemas de riego, parcos y eficaces, son el orgullo del maestro jardinero que hace comprobar cómo el jardín navega con felicidad entre los calores. El ave del paraíso se prodiga y aquí y allá aparecen los testimonios de su munificencia. Los vientos de la estación despeinan las frondas al caer la tarde: una secreta operación les ha devuelto su compostura después, bajo las primeras luces. La enredadera de las mínimas rosas amarillas enarbola ya sus trabajos que ayudan al despliegue inminente de las banderas de la primavera en su equinoccio milenario. Tránsitos astronómicos, renovación de todo lo que vive.

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Jardín de la laguna. Es mínima la mudanza y sin embargo siempre es otro lugar. El reflejo de las aguas quietas o agitadas por la fuerza del viento esparce las mismas bondades sobre el confín de la vista. Unos malignos bichos atacan el corazón de las palmeras: ya se registran cuidadosamente las bajas, se toman providencias, se evalúan los daños. Agravios y mudanzas que a veces el jardín ha experimentado a través de las generaciones. Su estructura, maciza y sabia, sabrá contener los embates, reponer sus espacios con el concurso de otras especies, aguantar, con el tiempo de su lado, la recomposición de la que saldrá victorioso, fortalecido. Mientras tanto, el artista vietnamita hace precisas observaciones de los macizos de bambú, descubre la recia estructura de sus raíces, explica las diferencias con otras variedades, toma discretamente posesión del lugar. Desde la terraza, las miradas consideran con fruición el tránsito del día. Luego viene la ascensión propicia al examen de la prodigiosa estructura de la pronto centenaria ceiba. Regalos de la jornada, material para futuros muros, próximos jardines.

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Dilatadas décadas de caminar, a paso vivo o reposado, sobre el oleaje de estaciones, calmas y turbulencias. La pareja encara elfinal que se acerca. Una profunda paz, sin embargo, emana de una de sus últimas imágenes. Tras ellos, se adivina el fuego compartido, las largas temporadas de tranquilidad, de devoto progreso, de prolongadas e ininterrumpidas piedades. Y también de desazones y duelos, de jornadas encrespadas, de las contrariedades y reveses que a cada destino humano caben. Uno mira, con resolución, hacia adelante, el gesto adusto; algo en su expresión revela, sin embargo, el hondo dolor, la vasta herida, la decisión de seguir el trecho que la Providencia le depare. A su lado, la señora asume gentilmente, con inmensa y discreta gallardía, el tránsito por llegar. Tras ella, la estela dejada de bondad y dedicación por los demás la fortifica, la hace llegar más lejos. Una paz honda y perdurable queda al final, imbatible, esperanzada en la certidumbre.

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Caldera de cobre. Su combustible consistía en unas enigmáticas pastillas blancas que daban un intenso calor que pronto provocaba la ebullición el agua del recipiente. Un minucioso ingenio que remontaba a la revolución industrial, todo él justeza y esencialidad, severa y robusta construcción. De cobre debe haber sido la caldera, de recio acero la polea de transmisión, el impecable émbolo. Era cuestión entonces de inventar maquinarias que aprovecharan la tracción, disponer plataformas rodantes que a su vez tiraran de otras, establecer las cargas adecuadas, preparar trayectorias y límites. Encantamientos de la edad, descubrimiento práctico de ciertas leyes de la física elemental, incidentales y por fortuna leves quemaduras, hallazgo del insospechado poderío del agua. Caldera que rueda en algún rincón del pasado lejano, dejando tras de sí el magisterio de su severa operación, el esplendor de la sorpresa y del inicial descubrimiento. A veces, a la distancia, un señor que ya  no está vigilaba, divertido, la infantil escena.

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Canciones que regresan: Forgotten years de Midnight Oil. La banda australiana ha logrado dejar algunos jalones en su transcurrir. Los años olvidados, por ejemplo, cuya letra fue alguna vez traducida en estos renglones. Más que ellos, viene ahora al caso evocar la potente maquinaria sonora que propulsa su vuelo, el indómito ritmo que va estableciendo un combativo ánimo, la misteriosa universalidad que convoca a la certeza de que todo puede ser mejor, más justo y generoso. Estos no pueden ser los años del olvido, estos fuegos no están extintos. De ellos permanecen las brasas que darán combustible para los caminos futuros, de ellos ha seguido propagándose un fuego que nunca termina, que alumbra e ilumina. Poderío de una voz que canta y relata una precisa circunstancia austral, de despojos y agravios; pero, por extensión, un canto al remedio y la conciliación, al inquebrantable propósito de entender un pasado infausto, de nunca repetirlo. Como cumple a ciertos cantos que devienen himnos intemporales, para cada uno de quien oiga con cuidado la composición, desde cada particular circunstancia, emanará un propósito, un insondable contagio: no olvidar, aprender, actuar.

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De la batea de las postales. Una amable fronda sirve de fondo a la composición. Una acuarela resuelta con liviana maestría. El primer plano consiste en la geometría de un pabellón que se despliega entre los trasuntos árabes y las bóvedas intemporales. Un sutil juego de sombras revela las diferencias de los patios asoleados y la tenue penumbra de ciertos interiores. En la entreluz hacen sus juegos los arcos de una galería que domina un patio profundo. Escaleras, contrafuertes, almenas magrebís, el tiro airoso de una chimenea.  Un nicho, al centro de la composición revela una figura sin duda venerable. Por alguna razón, a un costado se adivina el mar, invisible en la perspectiva, pero cuya presencia poderosa propició un amplio mirador. Un emparrado muestra las viñas en agraz. Tres o cuatro cipreses montan afable guardia, las hojas de ciertas palmeras ejecutan sus combas amables. Se trata de una parte de la legendaria villa que el escritor Axel Munthe se hizo edificar en Anacapri: San Michelle. En el fragmento capturado por el acuarelista se retrata el logrado intento del autor por capturar y vivir todo el espíritu mediterráneo.

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Robert Louis Stevenson escribió: “Los hombres de antaño erigían estatuas a sus divinidades y, conscientemente, representaban su papel en la vida delante de aquellos ojos de mármol. Un dios los observaba en la mesa, y estaba al lado de su lecho al despertarse por la mañana; y por todas partes, en sus viejas ciudades, donde compraban y vendían, donde cantaban y luchaban, había un símbolo de las cosas que estaban más allá de los hombres. Eran lecciones dadas con el reposado estilo del arte, que decían lo que tenían que decir con exactitud, pero con suavidad.”

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