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Miércoles, 15 de Agosto 2018

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¡Aleluya! resucitó el Señor

La Pascua es la fiesta de la alegría, del triunfo, de la vida

Por: El Informador

Ser cristiano es estar firmes en el fundamento de la fe con la resurrección de Jesús. ESPECIAL

Ser cristiano es estar firmes en el fundamento de la fe con la resurrección de Jesús. ESPECIAL

• Domingo de Resurrección
• Dinámica pastoral UNIVA

LA PALABRA DE DIOS

PRIMERA LECTURA
Hechos de los Apóstoles 10, 34a. 37-43

“El testimonio de los profetas es unánime: que los que creen en él reciben, por su nombre, el perdón de los pecados”.

SEGUNDA LECTURA
San Pablo a los Colosenses 3, 1-4

“Busquen los bienes de allá arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios; aspiren a los bienes de arriba, no a los de la tierra”.

EVANGELIO
San Juan 20, 1-9

“Vio y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos”.

La cristiandad celebra con grande alegría la Pascua de Resurrección, la primera de todas las fiestas cristianas, raíz y fundamento de todas ellas. Es la cumbre de la historia de la salvación; es el centro y el corazón de todo el culto, la liturgia de la Iglesia. En esta fiesta se actualiza la obra de Dios, el plan de amor infinito para redimir a los hombres caídos.

Es el memorial en el que la muerte del que es la vida, da vida a los que por el pecado habían muerto.

“En verdad, en verdad os digo que si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, él solo queda; mas, si muere, da mucho fruto”. Son palabras de Cristo, en anuncio de su próxima muerte, que se ha multiplicado en incontables espigas de santidad en 20 siglos de cristianismo. Jesús, el Hijo de Dios, con su resurrección resucitó consigo a toda la humanidad.

La Pascua es la fiesta de la alegría, del triunfo, de la vida.

“No está aquí; ha resucitado, como dijo”.

Éste fue el mensaje a María Magdalena y a la otra María, que, inquietas, habían ido la mañana del primer día de la semana, el domingo, a ver el sepulcro. La fe no toma como base confusas elucubraciones mentales, sino un hecho histórico cuya evidencia no han podido destruir millares de enemigos, en el correr del cristianismo hasta este siglo XXI.

Las narraciones de los testigos de la resurrección no se han considerado como meros símbolos, sino como el acontecimiento histórico que ha asombrado a todo el género humano. No hay lengua humana que pueda contar el más grande prestigio, el milagro del poder de Dios. “La fuerza de la energía, de la potencia que Él ejerció en Cristo, lo resucitó de entre los muertos”. Así quiere expresarse San Pablo (Efesios 1, 19), pero es tenue y pobre su frase.

La historia de 20 siglos de cristianismo es respuesta a la pregunta: ¿Qué es la redención? La respuesta ha sido: ¡Cristo resucitó!

Por eso el apóstol Pedro, la primera vez que predicó ya como vicario de Cristo y ante la multitud reunida en Jerusalén, se refirió a que “Dios resucitó a Jesús” (Hechos 2, 32), y los Once se dispersaron por el mundo de entonces con la misma frase: “Dios resucitó a Jesús”.

A eso eran enviados, por ser testigos, porque lo vieron, porque lo oyeron y hasta, como Tomás, lo tocaron.

“Los apóstoles atestiguaban con gran poder la resurrección del Señor Jesús” (Hechos 4, 33).

Para Pablo, la muerte y la resurrección de Cristo son la enseñanza básica en su inquieto ir y volver de siempre.

En el año 60 un funcionario romano del emperador Agripa le informó a su soberano, acerca de la nueva religión, sobre “cierto Jesús muerto, de quien Pablo asegura que vive” (Hechos 25, 19).

La resurrección es la piedra fundamental de la fe. Los discípulos y los amigos de Jesús bajaron tristes, abatidos, del Calvario. Tres días de congoja y ansiosa espera... y llegó la grande alegría del domingo, al verlo glorioso, resucitado.

El cristiano del siglo XXI, sin ver, con la sola fe, se regocija y canta el aleluya, palabra hebrea que es gloria, que es triunfo. Grande, sincera, espiritual alegría. Solemne es la liturgia en sus ceremonias, sus himnos y cánticos pascuales.

Porque el triunfo de Cristo es los redimidos. Clavado en la cruz, Cristo sufrió y murió para vencer. Su resurrección es un triunfo permanente sobre el espíritu del mundo, que es la concupiscencia de los ojos, la concupiscencia de la carne y la soberbia de la vida.

Ser cristiano es estar firmes en el fundamento de la fe con la resurrección de Cristo. No se es cristiano por creer en el pecado, en la cruz, en el sufrimiento y en la muerte, sino porque se cree en el perdón, en la liberación, en la alegría de la resurrección, en la vida eterna.

En el centro de todo está la esperanza, que todo transforma en gracia y en vida.

El cristianismo es luz, es alegría, es resurrección.

José Rosario Ramírez M.

Es tiempo de salir del sepulcro

No es posible celebrar la Pascua si no estamos dispuestos a poner en discusión, a revisar la escala de valores de nuestra vida.

Una fiesta que no incida en las opciones, en las orientaciones de fondo de nuestra existencia, que no nos meta dentro el deseo de una nueva creación, que no siembre en nuestro corazón el tormento y la nostalgia de un futuro distinto, imposible y por eso urgente, es una parodia de la fiesta cristiana.

Celebrar la Pascua no significa explorar devotamente el sepulcro vacío, sino leer los signos, acoger en la fe una revelación, un testimonio. La fe en la resurrección nace de una palabra, de un anuncio, no del ver, la resurrección no es la contemplación de un grupo de espectadores, es el encuentro de los testigos, es ante todo ponerse sobre las huellas del resucitado, dejarse encontrar por él, reconocerlo, como María Magdalena, cuando nos llama por nuestro nombre, como lo hizo con ella.

Celebrar la Pascua, la nueva y definitiva Pascua de resurrección, es permitirle al Resucitado que venza nuestro miedo más incurable: el miedo a salir del nuestro sepulcro.

Cuesta mucho llevar una existencia de resucitados, aceptar convertirnos en nuevas criaturas, insertarnos en el misterio de la pasión, muerte y resurrección.

Preferimos, consciente o inconscientemente, ir tirando de nuestro particular y confortable sepulcro, con la excusa de que la piedra, que lo bloquea es demasiado pesada para quitarla, y no queriendo caer en la cuenta de que aquella piedra no hemos de removerla nosotros, sino que hay alguien que ya se ha preocupado y ocupado en removerla, y es precisamente el Resucitado.

Pareciera que preferimos realizar repetidas e inútiles maniobras en el terreno de lo posible, fingiendo ignorar que Cristo, con su resurrección, no ha abierto de par en par los horizontes del imposible. Y sin embargo, tener fe significa aceptar lo imposible como programa de vida. Con la resurrección de Cristo lo imposible forma parte de lo real, porque se nos otorga la plenitud de su resurrección.

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