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Miércoles, 23 de Octubre 2019

Radiografía de las oposiciones

El debilitamiento en el sistema de partidos tradicional supone una reconfiguración de la oposición a López Obrador

Por: Enrique Toussaint

Radiografía de las oposiciones

Radiografía de las oposiciones

Un buen gobierno necesita una buena oposición. Sin embargo, en México, la palabra “oposición” nos remite a un papel político destructivo, de bloqueo y de intolerancia frente al Gobierno. Socialmente, nunca se ha entendido la relevancia de una oposición que señale los desatinos del oficialismo. La cultura política, que se construyó por décadas en el país, criminaliza la disidencia y señala duramente al opositor. Es como si la oposición permanentemente conspirara para la inestabilidad y el desequilibrio. En México, pocas veces hemos entendido que el futuro del país no sólo depende de quien gobierna, sino también de la capacidad que tienen las fuerzas políticas -o sociales- externas al Gobierno para ejercer una oposición de calidad y dibujar escenarios alternativos.

La elección de 2018 sacudió el sistema de partidos y nos dejó una coalición gobernante -Morena y sus aliados- con mayoría absoluta en ambas cámaras y con 19 legislaturas locales encabezadas por el partido de Andrés Manuel López Obrador. La oposición partidista quedó sumamente debilitada: el PRI en un ejercicio incierto de reconstrucción; el PAN con una división endémica y una minoría que no le concede el papel de “fuerza antagónica” a Morena, y el PRD pavimentando el camino hacia la desaparición. El contexto, y los equilibrios políticos, suponen el traslado del rol de oposición del sistema de partidos a la sociedad civil.

Y es que, a diferencia de lo que presuponen muchas discusiones públicas: la oposición es heterogénea. Son oposiciones al proyecto de López Obrador. La heterogeneidad de la oposición depende, en gran parte, de lo extensa que es la coalición de Gobierno que llevó a López Obrador a la Presidencia. Entre los aliados del ahora presidente están: sindicatos, partidos que se asumen de izquierda, otros de carácter religioso, empresarios, organizaciones sociales. Por lo tanto, la misma coalición de Gobierno de López Obrador integra fuerzas que son antagónicas, algunas que navegan en las aguas de la protección del estatus quo y otras que, por el contrario, son rupturistas con el sistema.

Por lo tanto, la oposición se configura como espejo de las tensiones que existen al interior del proyecto que encabeza López Obrador. Empecemos con las organizaciones sociales. La discusión sobre la Guardia Nacional es un reflejo. Muchas organizaciones, e incluso simpatizantes de Morena, denunciaron la continuidad y profundización del modelo militarista. Una oposición que se estructuró, en mayor medida, en torno a activistas que se definen de izquierda. Sin embargo, las cúpulas empresariales, críticas en otros temas, apoyaron con su silencio la aprobación del mando mixto de la Guardia Nacional. Por ello, el discurso de López Obrador sobre la sociedad civil, como homogénea y cohesionada, es falso: para cada tema, las oposiciones son diversas y provienen de distintos signos ideológicos.

Cúpulas empresariales, medios de comunicación hegemónicos, organizaciones sociales y activistas son parte de lo que podemos llamar “oposición sistémica”. No porque tengan como encomienda la celosa defensa del status quo -que algunos sí- sino porque entienden que el reformismo y las instituciones son el camino del cambio.

Está también una oposición antisistema. Aquella que considera que López Obrador es más de lo mismo. Un gatopardista, pero neoliberal al fin. El Ejército Zapatista es, tal vez, la cara más reconocible de esta oposición rupturista. Pero no sólo ellos, también periodistas antisistema, activistas, organizaciones sociales. Esta oposición antisistema tiene más peso que durante el peñanietismo, porque apela a una parte del movimiento que encabeza López Obrador. Es decir, una parte del voto lopezobradorista coincide con esta oposición antisistema y, a diferencia de la relación del Gobierno con los partidos tradicionales (el PRIAN famoso), en este escenario los críticos colocan a López Obrador en la defensa del sistema. Es una oposición más letal para el lopezobradorismo. Frente a esta oposición, las dicotomías del discurso presidencial son menos efectivas: ¿le puede llamar a los zapatistas, mafia del poder?

Hay, también, una oposición que se cimenta en el tejido institucional. Por ejemplo: gobernadores. Javier Corral y Enrique Alfaro son los rostros más visibles, pero por aritmética es innegable que, dentro de las instituciones, los gobernadores son la oposición más difícil de manejar. En las cámaras, por la mayoría de Morena-PT-PES, con acuerdos muy puntuales con partidos minoritarios, el presidente tiene posibilidad de empujar su agenda de reformas. Con los gobernadores es distinto: sólo 5 de 32 son de Morena, y el Presidente ha renunciado a la posibilidad de comprar lealtades en los gobiernos subnacionales a golpe de billetazos.

Sin embargo, no es la única oposición en las instituciones. El propio Movimiento de Regeneración Nacional articula fuerzas antagónicas que se convierten en oficialistas y oposición, dependiendo el asunto. Tatiana Clouthier, perfil muy cercano a López Obrador, fue muy crítica de la guardia nacional. No es descabellado pensar que su toma de postura fue más potente en la opinión pública que los discursos deshilvanados y poco efectivos de Marko Cortés o Jesús Ortega. No falta quien quiere comparar el movimiento de López Obrador con el PRI de los setenta; pues, este tipo de oposición sería impensable ya no en el sexenio de Echeverría o López Portillo, incluso en el calderonismo o durante el periodo de Gobierno de Enrique Peña Nieto. Hay que ser muy limitado analíticamente para sacar esas conclusiones.

Mucho se ha hablado de los vicios en los que cayeron gobernantes en Venezuela o Bolivia, para que sus países terminaran en regímenes más parecidos a autocracias que a democracias pluralistas. Empero, poco se ha dicho del papel que tuvo la oposición. La responsabilidad de la oposición en la tragedia. En esos países, la oposición partidista, en alianza con las oligarquías, reaccionaron de forma furibunda sin entender el mensaje de las urnas. Nunca supieron leer que el apoyo a líderes como Chávez o Morales tenía que ver con que el ciudadano común olía podredumbre en la élite política y económica. Y en lugar de renovarse y ofrecer opciones políticas modernas, frescas, con recambios generaciones y progresistas, apostaron por el fracaso del presidente y por hacer una oposición rancia y sin ideas.

En México, identifico esas dos tendencias. Por un lado, la oposición que entiende el mensaje de las urnas (por qué ganó López Obrador) y busca exhibir las contradicciones del proyecto presidencial sin restarle la legitimidad para gobernar que emana de las urnas. Una oposición que no se envuelve en la denuncia permanente del: “vamos a convertirnos en Venezuela” o “López Obrador es un comunista o un dictador” o “nos va a ir muy mal, se los dije”. Es una oposición que entiende su papel de contrapesos, en las instituciones y afuera de ellas. Sin embargo, también existen discursos rancios y poco efectivos, que se empeñan en decretar el fracaso prematuro del Gobierno de López Obrador. Les interesa muy poco el futuro del país, lo que quieren es descarrilar cualquier esbozo de éxito que pudiera venir de la nueva administración. El éxito o fracaso del país también debe de la responsabilidad de las oposiciones.

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