Lunes, 26 de Octubre 2020

AMLO, ¿Un peligro para la libertad de expresión?

La verborrea del presidente es una señal de intolerancia ante la crítica, pero no un atentado contra la libertad de expresión

Por: Enrique Toussaint

"En México estamos acostumbrados a un juego de simulación entre medios de comunicación y Gobierno". EL INFORMADOR/ARCHIVO

Los medios de comunicación han sido definidos como “los perros guardianes de la democracia”. El periodismo como un contrapeso al poder. Sin embargo, los medios también son poder. Los periodistas también tienen poder. Existe una visión errada que identifica Gobierno con poder, Estado con poder. No es casualidad que cuando un político gana una elección se dice: llega al poder, asciende al poder. ¿Los medios no tienen agenda? ¿No defienden intereses? ¿No tienen una ideología? ¿Cómo explicamos la paradoja entre medios que deben ser contrapesos, pero que también tienen que rendir cuentas sobre sus decisiones?

Decía Antonio Gramsci que “la ideología es el campo de batalla de la política”. Nada más sabio. Los periodistas y los políticos no nos movemos en una arena impoluta, libre de ideología y sin intereses.

Los periódicos, televisoras, estaciones de radio tienen una línea editorial y objetivos comerciales.

Entender esta realidad nos permite enfrentar el debate sobre la libertad de expresión desde una visión más madura y menos romántica. Reforma es un periódico de derecha, como Proceso es un semanario de izquierda. Eso no quita que, más allá de las ideologías, ambos deban estar comprometidos con la verdad. Por eso no creo en el periodismo como “contrapoder” o “guardián de la democracia”. Creo en el periodismo como buscador de la verdad. Incluso, si la verdad beneficia al poder o mina la democracia.

La libertad de expresión no es un derecho de los periodistas o de los medios de comunicación. Es un derecho humano. No existe democracia sin la posibilidad de expresar libremente las ideas y disentir. Protestar, manifestar, escribir, vociferar, son verbos que se recogen en el espíritu del artículo sexto de nuestra Constitución. La pregunta es: con sus insultos, ¿el Presidente coarta la libertad de expresión? ¿Sus linchamientos públicos son un mecanismo de censura? No lo creo y explico por qué.

Antes quiero dejar en claro que no comparto la verborrea y arrebatos de López Obrador. Señalar en las mañaneras a sus adversarios como mercenarios al servicio del poder económico es un exceso.

El Presidente miente, tergiversa y engaña. Ha hecho del show matinal un espacio que repudio y odio.

Siempre pensé en las mañaneras como un instrumento que podía servir para que López Obrador diera la cara por sus decisiones, pero se ha convertido en un espacio a modo, con preguntas escogidas con antelación y un teatro que es indigno de la confianza que depositaron millones de mexicanos en el actual Presidente.

En México estamos acostumbrados a un juego de simulación entre medios de comunicación y Gobierno. Una reminiscencia del presidencialismo autoritario. En público, los gobiernos alababan el papel de los medios, ensalzaban la libertad de expresión y se comprometen con la democracia.

Escuche usted discursos sobre libertad de expresión de Carlos Salinas o Enrique Peña Nieto y verá como elevan al periodismo a los altares, mientras en las sombras se movían para silenciar a sus críticos. Sin embargo, esas muestras de amor contrastaban con lo que siempre sucedió en la práctica. Los medios oficialistas obtenían carretada de recursos económicos, mientras que los medios críticos, o los periodistas que ejercían un papel de crítica constante, se veían marginados y en riesgo de perder su chamba. ¿No recordamos lo que pasó con Carmen Aristegui, dos veces despedida en los sexenios de Felipe Calderón y de Enrique Peña Nieto? ¿O Pedro Ferriz de Con, otro damnificado del autoritarismo peñanietista? ¿No recordamos el asedio de Peña Nieto y el PRI a periodistas y activistas críticos? ¿Se nos olvidó Pegasus y el espionaje? ¿Por qué no había desplegados en defensa de la libertad de expresión y hoy sí los hay?

López Obrador es frontal y contundente con los medios de comunicación. También lo es el gobernador de Jalisco. Sus expresiones contra determinados medios se replican miles de veces. Sin embargo, una cosa es expresar o incluso insultar y otra muy distinta es coartar la libertad de expresión. Censurar es pedir a un dueño de un medio de comunicación que corte a un periodista crítico si quiere obtener pauta publicitaria. Censurar es espiar y atentar contra la integridad física de un periodista por investigar. Censurar es no renovar una concesión porque una televisora o radiodifusora es crítica del poder. Censurar es que la violencia del narco o de la política impida que un reportero pueda publicar la verdad. Ésas son las amenazas a la libertad de expresión. Aunque no sea lo propio de un jefe de Estado, insultar no es atentar contra la libertad de expresión.

Volteemos a ver otras coordenadas del mundo. Boris Johnson, en Reino Unido, critica ácidamente a la BBC. Sin embargo, la televisora pública sigue siendo el azote de conservadores y laboristas (y se lleva el rating de calle). Sin distingo. Podemos, que gobierna en España con el PSOE, se mete con la prensa conservadora -Antena Tres, El Mundo, La Razón, OK Diario-, pero estos medios siguen publicando lo que les da la gana. La libertad de expresión no se mide por el grado de respeto discursivo que le tiene el Gobierno a los medios, sino por la fortaleza de la democracia y la estima que los ciudadanos le tienen al periodismo como instrumento para conocer la verdad. El intercambio de señalamientos, o incluso el insulto, venga de un periodista o de un político, no coarta la libertad de expresión de nadie.

Cuando expreso esta opinión, hay quien me dice: Enrique, ¿cómo no va a ser atentar contra la libertad de expresión que un presidente aliente a hordas incontrolables para que se metan con los medios y los periodistas críticos del Gobierno de la llamada Cuarta Transformación?

No dudo que haya uno que otro desadaptado que interprete las palabras del Presidente como una declaración de guerra. No dudo que exista operación (yo la sufro) para callar a personas que se expresan libremente contra el Presidente. No obstante, a casi dos años del inicio del Gobierno de López Obrador, noto que la libertad de expresión goza de cabal salud. Los periodistas hacen su trabajo de señalar las irregularidades e inconsistencias presidenciales. Los columnistas escriben sin temor a represalias desde Palacio de Gobierno. Tan es así que la mayoría de las opiniones son muy duras contra la gestión del Presidente. Sigue habiendo discrecionalidad en la entrega de recursos públicos a la prensa, que eso sí supone un riesgo real de callar a quien no quieres que sea escuchado, pero hoy en México se puede disentir sin que eso suponga censura. Cada vez más, en tiempos de muchísima información y redes sociales, la opinión pública se convierte en una esgrima permanente. De la misma forma que los medios de comunicación están obligados a señalar las mentiras del Gobierno, el Presidente tiene la posibilidad de responder. Creo que los insultos sobran, pero eso no limita la capacidad de ejercer la crítica.

Propongo ver la disputa entre medios de comunicación y Gobierno más como una señal de normalidad democrática que como un rasgo de autoritarismo. En democracias avanzadas, la relación es muy tirante, tensa y el insulto está presente. La democracia no es una tarde de domingo de té, sino un sistema en donde la libertad de expresión debe tener un amplio margen para materializarse. Prefiero la crítica civilizada, pero no temo al insulto. Y prefiero una relación pública tensa y de confrontación, que una relación simulada que se teje en la oscuridad.

JL

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