Sábado, 24 de Octubre 2026

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Un proyecto inacabado

Por: Alonso Solís

Un proyecto inacabado

Un proyecto inacabado

Hay un fenómeno social que, en el siglo XX, representa un quiebre radical con las ideas y aspiraciones de la modernidad: el nacionalsocialismo. Una suerte de “modernismo reaccionario”, como lo llama el historiador Jeffrey Herf, el nazismo exacerbó ciertos elementos del proyecto moderno (el industrialismo y el entusiasmo por la técnica), mientras destruyó otros con furia ideológica e irracional (la democracia liberal y los valores ilustrados). Todo ello se hizo en nombre de un racismo “científico”, la idea del espacio vital (Lebensraum) y una lealtad absoluta al Führer, encarnación misma del Estado y del pueblo.

Como tantos otros alemanes de su generación, Jürgen Habermas (Düsseldorf, 1929) estuvo marcado por el trauma del Holocausto; su infancia y adolescencia coincidieron con el surgimiento, auge y caída del régimen de Hitler. Su respuesta ante este quiebre radical será crear una teoría que explique las patologías sociales de la modernidad, a fin de contribuir a que nunca sobrevenga otro Holocausto.

Sucesor de Horkheimer y Adorno, Habermas sabía que la modernidad posee un lado oscuro. Alberga tendencias profundas (el relativismo moral, el predominio de la razón instrumental y del cientificismo, el afán de control técnico sobre la naturaleza) que minan sus propias aspiraciones ético-políticas. Sin embargo, Habermas no pretendía renunciar a la aspiración o “verdad” implícita en el proyecto de la modernidad ilustrada: emancipar a los seres humanos mediante la racionalidad, la autonomía y la solidaridad humana.

Con una apertura admirable, su teoría tomó en serio a los críticos más acérrimos de la modernidad ilustrada (a Foucault, por ejemplo). Pero no sucumbió —como hacen algunos neoaristotélicos— a la renuncia del proyecto moderno para tratar de reinstaurar inútilmente una nueva edad antigua o medieval. Tampoco propuso una vuelta al Ancien Régime, época de Estados absolutistas y sociedades estamentales, ni el tránsito a una dudosa y relativista “postmodernidad”.

En uno de sus discursos más célebres, con motivo del Premio Theodor W. Adorno en 1980, Habermas describió la modernidad como un “proyecto inacabado” (ein unvollendetes Projekt), es decir, como una tarea práctico-moral por delante y una fuerza histórico-social en curso que debemos renovar, completar y expandir. Lo que hay que hacer, pues, es enfrentar los problemas de la modernidad reconstruyendo sus cimientos: fomentando mejor la libertad política, la igualdad social y la razonabilidad humana.

Esta postura equilibrada y matizada —rara en una época que celebra los excesos retóricos y las aserciones totalizantes— llevó a Habermas a criticar el predominio descarado de la racionalidad instrumental y estratégica en todos los rincones de la vida social, así como la colonización del mundo de la vida por parte de los modernos sistemas económicos y burocráticos: fríos, voraces y orientados al rendimiento eficaz y la ganancia constante.

Sin embargo, el autor de Problemas de legitimación en el capitalismo tardío (1973) no soñaba con suprimir el mercado o la política misma en aras de una utópica administración de las cosas o de una quimérica bondad natural de los seres humanos. Su propuesta normativa se centró en cultivar con sensibilidad humanística una razón no instrumental sino dialógica: base de una comunicación abierta, libre y sin distorsiones ni asimetrías.

Esa nueva racionalidad revitalizaría la política democrática y la esfera pública, una de las mayores creaciones de la civilización burguesa. En suma, para Habermas —uno de los herederos más lúcidos de Kant, Hegel y Marx—, renovar la modernidad pasa por democratizar más la sociedad, fomentando conversaciones públicas inteligentes y volviendo realidad la promesa ilustrada de libertad, igualdad y racionalidad humana.

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