El domingo 1 de junio fuimos testigos de una práctica común en los pueblos subdesarrollados política, cultural y económicamente: la “voluntaria” concentración del “pueblo bueno” para la defensa de una soberanía que tiene más agujeros que un queso gruyere. En el evento reseñado, la Presidenta leyó un discurso enviado desde Palenque para defender a los delincuentes disfrazados de políticos, quienes han hecho uso del poder para su propio beneficio y hoy son reclamados por la justicia norteamericana.Aunque no es así en todos los países del planeta, en México, los pobres son el vehículo para alcanzar y permanecer en el poder, “el gran tlatoani dixit”. La receta es simple: hay que hacerlos adictos a la dádiva. No importa que, para recibir unos pesos, sufran humillación y vejaciones. “El Estado soy yo, quien a título personal y en nombre del Gobierno, te doy a ti, ciudadano, unas monedas a cambio de tu voto y de tu apoyo”. Empujado por el ego, López Obrador se asume el salvador de la Patria: principio y fin, inspiración y causa. El “yo” invade el todo y, al hacerlo, se pierde el sentido colectivo de la vida, se masifica, se estandariza, se homologa: todos, salvo uno, somos iguales. Angustiados por un futuro incierto, envueltos en las presiones por alcanzar el éxito, invadidos por un tsunami de información chatarra, acosados por la inmediatez y la urgencia, confundidos en una crisis de valores que privilegia el individualismo, atrapados por nuestros miedos, esclavos de nuestros prejuicios y perdidos en nuestro propio laberinto, hemos dejado de pensar en el otro, en los demás y en el sentido de las cosas. Hemos sido deformados, alterando el propósito de vivir en sociedad. En ese camino, cuando eventualmente “pensamos” en el otro, lo hacemos en términos de uso, en términos clientelares. La economía de mercado, el apetito de lucro y el egoísmo sin límites nos rigen. Estamos lejos de la virtud.En tres días iniciará el campeonato Mundial de Futbol. Se inaugurará con una ceremonia que concentrará la atención del mundo y a los principales funcionarios y autoridades de la FIFA y de algunos de los países participantes. La Presidenta -olvidando sus obligaciones constitucionales y el respeto que se merecen las naciones asistentes- ha declinado la invitación, explicando que prefiere que su lugar sea ocupado por una joven futbolista (demagogia pura).En cambio, presidirá paralelamente, en el Zócalo capitalino, una concentración con tintes partidistas a fin de mostrar a Trump y su círculo cercano, la fortaleza del Gobierno y de su partido.Frente a distractores tan potentes como el Mundial, no debemos dejarnos llevar por eventos transitorios, descolocando en el orden de prioridades la solución de nuestros problemas básicos. No nos dejemos aturdir por el ruido de las tribunas. Las próximas semanas estarán llenas de riesgos. No puede haber dos Méxicos: uno en el Estadio Azteca y otro en la plaza pública. Todos somos mexicanos. Actuemos con sensatez.