En esta hora sombría de Venezuela, conviene ponerse el sombrero ajeno para, sin cebarse en los errores e insuficiencias en que pudieron haber incurrido en esa nación, repensar qué puede México atender o corregir a fin de que el destino propio no dependa de manos ajenas.Más allá de ideologías, incluso más allá de enmarcar, simplistamente, el origen de la problemática venezolana como resultado del choque entre populistas y oposiciones, los primeros acosaron a la prensa y capturaron al Poder Judicial, logrando un control que devino burla electoral.Puestos a sacar lecciones desde la lejanía (y comodidad) mexicana hay que iniciar correctamente. El ejercicio de la prensa, y para el caso la impartición de la justicia no comenzó a padecerse en 2018, ni tampoco a partir de 2024 y el llamado Plan C.Periodistas sufrieron, con el PRI y el PAN, desde amenazas veladas y abiertas, boicots publicitarios, castigo en la compra de propaganda, persecución, despidos, campañas de difamación, secuestros y muertes (donde la impunidad es la norma).En lo tocante a la justicia, la innegable mejora a partir de 1994 en el Poder Judicial Federal se fundamentaba en una hipocresía colectiva: tales avances hacían medio vivible un sistema con las 32 patas podridas de sendos poderes judiciales estatales.Para la prensa, el obradorismo ha significado que la lucha por ganar el debate sea más descarada. Y hoy Palacio Nacional tolera incluso la persecución en Estados morenos a periodistas. Casos de fin de año, con juicios a colegas en Puebla y Veracruz, indican que la espiral seguirá.Y no haría falta decir nada sobre la corrupta forma en que se constituyó la nueva Corte y los otros órganos del nuevo Poder Judicial Federal, con unas elecciones tripuladas desde el régimen, salvo que los primeros pasos de los recién llegados solo provocan preocupaciones.El peligro de que la prensa enfrente más dificultades para hacer su trabajo, porque se le persigue con cargos judiciales absurdos o se le castiga presupuestalmente, etcétera, hará que la calidad de la discusión empeore, porque o la información será escasa o no creíble por unos y otros.Si, además, los tribunales se vuelven, por su parte, salas donde no impera la incertidumbre sino la funesta convicción de que quienes ostentan el poder nunca perderán un juicio, un reclamo o controversia, entonces, como en Venezuela, se volverá irrespirable la convivencia plural.En México, según lo programado por la Presidenta Claudia Sheinbaum, está por iniciar el debate legislativo para una reforma electoral de gran calado. En las últimas tres décadas los comicios llegaron a ser el lugar donde, con cobertura informativa cada vez más equitativa y jueces medianamente presentables, se disputaba el poder. ¿Se cuidará eso?De las lecturas que se pueden hacer de la pesarosa realidad venezolana, convendría repensar que sin espacios donde se discutan con libertad las ideas de todos, sin tribunales donde se puedan reclamar derechos, y sin elecciones reales, otros podrían intentar reinar sobre nuestro destino.En una palabra: sin prensa, jueces y comicios libres no hay democracia, se entienda ésta desde las distintas trincheras como se entienda. Conviene, como hizo Norman Mailer en 2003* al criticar intentos imperialistas del entonces presidente George W. Bush, recordar que “la democracia es existencial. Cambia. Cambia constantemente. No hay que darla por sentada. Está siempre en peligro. Todos sabemos que cualquier individuo buena persona puede convertirse en un malvado. Todos podemos corrompernos o amargarnos. A todos nos pueden devorar las desgracias de la vida, cansarnos y capitular. Que hayamos sido una gran democracia no significa que sigamos siéndolo con solo agitar una bandera. Qué feo. Se da por sentada una monarquía o un estado fascista. No hay más remedio. Es un hecho dado. Pero una democracia cambia continuamente”. Depende de nosotros que cambie para bien.* “Por qué estamos en guerra”, Anagrama.sal.camarena.r@gmail.com