A diferencia de las grandes pirámides de piedra que hoy admiramos en las zonas arqueológicas, la inmensa mayoría de la población prehispánica no vivía ahí. Las personas, como tú y como yo, vivían en casas construidas con tierra. Estas viviendas fueron el escenario de la vida cotidiana: allí se cocinaba, se elaboraban herramientas, se enseñaban los oficios y se transmitían los conocimientos de una generación a otra.Las evidencias arqueológicas disponibles demuestran la utilización de arquitectura de tierra para la construcción aproximadamente desde hace cinco mil años. Los muros de barro, bajareque y adobes, son un testimonio del conocimiento tecnológico, la adaptación al ambiente e identidad cultural de las comunidades prehispánicas. Prueba de ello es Paquimé en Casas Grandes, Chihuahua, donde a partir del 1200 de nuestra era, se desarrolló una de las arquitecturas de tierra más sofisticadas de América.En el Occidente de México, diversas investigaciones arqueológicas indican que numerosos asentamientos emplearon arquitectura de tierra para construir viviendas y espacios comunitarios. Estos pocas veces sobreviven debido a la erosión, pero en excavaciones arqueológicas se descubren restos de pisos, cimientos y muros. Sus formas se pueden conocer gracias a las representaciones cerámicas que se realizaron particularmente entre el 300 antes de nuestra era y el 500 de nuestra era.Esta tecnología constructiva también fue utilizada en algunos centros ceremoniales, un ejemplo de ello es el sitio arqueológico El Grillo –lugar poblado desde el año 500 y hasta el 900 de nuestra era—, ubicado en la zona metropolitana de Guadalajara, sus edificios están construidos con un núcleo de tierra y arena compactada, cubiertos con muros de piedra y adobe.La arquitectura en tierra ha perdurado hasta la actualidad a través del adobe, estableciéndose como patrimonio cultural. Porque, aunque los adobes parecen un material simple, representan siglos de observación y experimentación, conocimientos transmitidos entre generaciones. Su elaboración con materiales del entorno de las comunidades, como la selección de tierras específicas que se mezclan con fibras vegetales concretas, agua y el posterior secado al sol, son parte de su patrimonio biológico. Por todo lo anterior, el adobe no es únicamente un material de construcción, sino una manifestación del patrimonio biocultural de México, que representa la relación entre las sociedades y su territorio.Este tipo de material tiene inmensas ventajas sobre los actuales ladrillos, cemento, yeso y otros. Entre ellas destaca la regulación natural de la temperatura interior, manteniendo frescos los espacios en verano y cálidos durante el invierno, con lo que se reduce el consumo de energía para climatizar los lugares. Es reciclable y biodegradable. Requiere poca energía para su fabricación, por lo que genera una contaminación mucho menor que materiales industrializados.Construir con adobe implica un trabajo colectivo, donde familiares y vecinos participaban en la elaboración de los bloques y en la construcción de las viviendas mediante formas tradicionales de cooperación, fortaleciendo la identidad y la solidaridad comunitaria.Por ello, conservar una casa de adobe no significa únicamente preservar un edificio antiguo; significa proteger la memoria, los conocimientos y las formas de vida de quienes lo construyeron.NA