Domingo, 30 de Agosto 2026

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La costumbre de obedecer

Por: Luis Ernesto Salomón

La costumbre de obedecer

La costumbre de obedecer

La escena de Donald Trump sentado en el Despacho Oval, firmando una orden para cambiar el nombre de un lago, repite algo que ya había hecho con el Golfo de México. Canadá, como México, seguirá llamándolo Ontario. El lago, como el golfo, permanecerá exactamente en el mismo sitio, con las mismas aguas a pesar del intento.

La imagen tiene una fuerza simbólica trascendente: un hombre, una pluma, un mapa y el poder intentando cambiar la manera de nombrar la realidad.

En esos mismos días, sin embargo, otras imágenes completaban la escena. Una jueza federal expresaba serias dudas sobre un nuevo intento de Trump por restringir la ciudadanía por nacimiento; Para ver el panorama completo no basta mirar al presidente mientras firma. Hay que mirar también al juez que abre el expediente y se pregunta si puede hacerlo.

En el espacio entre la voluntad de quien gobierna y la capacidad  para ponerle un límite, está parte la esencia de la democracia. Gran tema de debate ahora en el mundo. Para muestra hay que ver que en México suceden hechos que piden plantear las mismas preguntas.

Hace unas semanas, desde Palacio Nacional se presentaron lineamientos destinados a proteger los derechos de las audiencias en radio y televisión. Entre otras cosas, el proyecto buscaba impedir la difusión de información considerada falsa o descontextualizada y contemplaba la intervención de la autoridad y, en ciertos casos, sanciones.

La intención declarada era proteger el derecho a recibir información veraz. Las críticas advirtieron otra posibilidad: que una autoridad terminara decidiendo qué era verdad y qué no.

La discusión fue intensa. Hubo miles de observaciones durante la consulta pública y finalmente la regulación fue modificada: desaparecieron algunas de las disposiciones que habían provocado mayor preocupación. También aquí conviene mirar las dos imágenes. La del poder que intenta regular y la de una sociedad que discute, protesta y consigue modificar lo que el poder pretendía hacer.

No son acontecimientos equivalentes, pero permiten recuperar una pregunta que tiene casi cinco siglos: ¿cuánto puede transformarse el ejercicio del poder antes de que quienes lo observamos terminemos acostumbrándonos a su transformación?

Étienne de La Boétie planteó esa inquietud en el siglo XVI en un breve y extraordinario texto, el Discurso de la servidumbre voluntaria. La pregunta que lo recorría era desconcertante por su sencillez: ¿cómo puede un solo hombre gobernar sobre miles o millones si quienes obedecen son infinitamente más numerosos que quien manda?

La Boétie comprendió que no bastaba con la explicación inmediata  de la fuerza. Las armas, los soldados, el miedo. Porque ningún poder se sostiene solamente desde arriba. Necesita algo abajo: quienes ejecutan las órdenes, quienes obtienen alguna ventaja de ellas, quienes prefieren no complicarse la vida y, finalmente, quienes terminan considerando natural aquello que alguna vez les habría parecido extraordinario.

Ahí aparece la costumbre como la primera razón de la servidumbre voluntaria. Su entrañable amigo Michel de Montaigne llegó por otro camino a una idea parecida. En sus Ensayos llamó a la costumbre una “maestra violenta y traidora”. Su peligro, advertía, consiste precisamente en que no se impone de golpe. Entra poco a poco, casi a hurtadillas, establece con el tiempo su autoridad y finalmente muestra un rostro frente al cual ya ni siquiera levantamos los ojos.

Eso vuelve particularmente contemporáneos a aquellos dos magistrados de Burdeos.

Las democracias pierden la libertad lentamente mediante el hecho de acostumbrarse. En Estados Unidos, Trump ha convertido los límites de la Presidencia en un territorio que parece dispuesto a explorar una y otra vez. Avanza hasta encontrarse con un tribunal, un estado, una universidad o alguna institución capaz de responder: hasta aquí.

Eso no significa que la democracia norteamericana haya desaparecido, en civeta forma se ha fortalecido porque  mientras alguien conserve la capacidad de decir no, el contrapeso existe. El problema comienza cuando tener que detener una y otra vez al poder deja de sorprendernos. Cuando lo excepcional se vuelve parte del paisaje cotidiano. Cuando nos acostumbramos a pequeñas pérdidas.

En México parte importante de nuestra transformación institucional reciente no ha consistido en quebrantar las reglas, sino en cambiarlas. La reforma judicial modificó la integración de uno de los poderes del Estado. Diversos organismos autónomos desaparecieron y sus atribuciones fueron trasladadas. Las reglas constitucionales vuelven a modificarse con una frecuencia que habría resultado extraordinaria en otros momentos.

Cada una de esas decisiones puede tener razones legítimas. El problema aparece cuando dejamos de examinar cada cambio y aceptamos una idea más cómoda: que el contrapeso estorba, que el límite impide gobernar o que una mayoría electoral constituye por sí misma una autorización suficiente para cambiar las reglas.

No hay que olvidar la lección centenaria: la costumbre nunca exige demasiado al principio.Una excepción porque parece necesaria. Una reforma porque lo anterior funcionaba mal. Una concentración de facultades porque hace falta eficacia. Una restricción porque afecta a alguien que no nos simpatiza. Luego llega otra. Y otra. El horizonte cambia lentamente, hasta que resulta imperceptible lo que se ha ido.

Tal vez por eso La servidumbre voluntaria continúa inquietándonos casi cinco siglos después. Parece un libro sobre los tiranos, pero en realidad habla de nosotros. De nuestra facilidad para justificar en quienes admiramos lo mismo que condenaríamos en nuestros adversarios. Del placer de ver ejercer el poder cuando creemos que se ejerce en nuestro nombre. De la comodidad de aceptar una excepción mientras suponemos que nunca habrá de alcanzarnos.

Y, sobre todo, de la facilidad con que dejamos de sorprendernos. La libertad no siempre desaparece de pronto. A veces sigue frente a nosotros mientras cambia lentamente la manera en que la nombramos, la entendemos y la ejercemos. Y nos damos cuenta que nos acostumbramos a su reducción paulatina, aun sea con simple intento de cambiar un nombre.

luisernestosalomon@gmail.com

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