Domingo, 07 de Junio 2026
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Más recuerdos

Por: Carlos Enrigue

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Platicábamos la semana pasada de cómo había conseguido como víctima de mis afanes literarios al notable crítico mexicano Emmanuel Carballo, que con una paciencia infinita, que no era muy de él, me dirigió durante mucho tiempo y me enseñó libros que acababan de salir; por ejemplo, me regaló Lilus Kikus, de las primeras obras de Elena Poniatowska. Por aquel tiempo Carballo era un gran entusiasta de la Revolución cubana, decía que iba a ese país a sus ejercicios espirituales; trataba de transmitirme su entusiasmo, pero yo he sido muy poco entusiasta de casi todos los regímenes políticos, los que a la larga me parecen lo mismo; así, no resulté apropiado para esos efectos.

En una ocasión vino a Guadalajara Nicolás Guillén, poeta cubano, y tuvo algún evento en la universidad —muchas de cuyas facultades estaban situadas donde ahora es el MUSA— y después nos fuimos al Madoka a tomar un café (que en aquel tiempo era propiedad o estaba regenteado por un cubano) y el poeta nos contó que a él lo criticaban mucho porque tenía chofer, pero nos dijo que lo que pasaba era que no sabía manejar, entonces para transportarse lo necesitaba. Otra cosa que me impresionó fue que estaba orgulloso de que en esas fechas todos los cubanos podían comerse un huevo, uno solo, pero todos podían.

Otra vez me dijo Carballo que todo mundo empezaba como poeta, seguía como novelista, luego como cuentista y finalmente se hacía crítico, y él era un connotado crítico, de manera que entiendo por qué no le gustaban mis malos poemas. Sin embargo, lo que decía era que debía reflejar cómo era yo y la mejor manera era escribiendo como hablaba.

Les platicaba también del reclamo de don Antonio Gómez Robledo a Carpizo, así era su vida y su forma de ser. Se extrañaba de que a mí me gustara el Réquiem de Fauré y decía que a los únicos que nos gustaba era a Agustín Yáñez y a mí, y que a él no le gustaba porque no tenía “Dies Irae”; eso para él era determinante. Católico ferviente, como dejó escrito en El maestro, que es la vida de san Anacleto González Flores, del que fue secretario particular cuando se formó el boicot y yo concluí, él no me lo contó, pero alguien me lo sugirió, que cuando detuvieron a Anacleto y a sus compañeros, lo habían detenido a él también, solo que él era sobrino del gobernador Juan de Dios Robledo y por eso lo descontaron y a él no lo mataron. Como les digo, no sé si eso tenga visos de ser verdad, pero yo me imagino que pudo haber pasado y como prueba, una vez que algún eclesiástico dijo que no existía el limbo, don Antonio simplemente preguntó: “¿Y dónde está Virgilio?”.

En otras cosas, presentaré mi novela La carta, editada por Espina Dorsal, el miércoles 10 de junio a las 18 horas, en la Casa Zuno (Guadalupe Zuno 2226), están todos invitados.

@enrigue_zuloaga

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