Viernes, 09 de Enero 2026

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Los hechos, la política y las personas: Venezuela

Por: Ismael del Toro

Los hechos, la política y las personas: Venezuela

Los hechos, la política y las personas: Venezuela

Venezuela no es un debate académico ni un campo de batalla ideológico; es, ante todo, una de tantas heridas abiertas que desafía la capacidad del mundo para sentir el dolor ajeno. Para entender lo que hoy sucede, es necesario despojarnos de las etiquetas cómodas y mirar los hechos con frialdad ante la tragedia. 

Es un hecho incontrovertible: Nicolás Maduro consolidó una dictadura que terminó por dinamitar cualquier puente institucional que quedará en pie. Las elecciones de 2024 no fueron un ejercicio de soberanía, sino el acto final de una pérdida absoluta de legitimidad. Los resultados, profundamente cuestionados por la comunidad internacional, confirmaron lo que muchos temían: el chavismo no tiene la intención de reconocer a ninguna otra fuerza política, transformando el Estado en una estructura de poder cerrada sobre sí misma. Sin embargo, en este juego de sombras, la pureza de intenciones es un recurso escaso. 

Sería un error de análisis monumental pensar que la mirada de Estados Unidos sobre Caracas está movida únicamente por un fervor romántico hacia la democracia y la libertad. En Washington, el tablero es geopolítico y económico; el crudo y la hegemonía regional pesan mucho más que el bienestar de los barrios venezolanos. Pensar que el norte actúa por altruismo es ignorar la historia y la realidad de una potencia que siempre ha priorizado sus intereses estratégicos sobre los valores que pregona.

En este escenario, el silencio y la tibieza de quienes hoy se dicen defensores del derecho internacional -particularmente los gobiernos progresistas de la región- han sido ensordecedores. Se rompieron los resortes de la solidaridad continental; la retórica de la “no intervención” se convirtió en una excusa para no ser tajantes ante una situación que ya no permitía grises. 

Al no señalar con firmeza la deriva autoritaria, estos sectores permitieron que la crisis se pudriera bajo el sol de la complacencia ideológica, dejando a la población en una orfandad política absoluta. Pero más allá de las cancillerías y los contratos petroleros, están las personas. Cuando la política se deshumaniza, el resultado es el peor de los mundos posibles. No podemos pasar por alto que, casi 8 millones de venezolanas y venezolanos, han tenido que abandonar su hogar en uno de los éxodos más grandes de la historia moderna. 

Detrás de esa cifra hay historias de tortura política, de presos de conciencia que habitan las sombras de El Helicoide y de una persecución sistemática que ha convertido el miedo en el pan de cada día. La pérdida de la calidad de vida no es un indicador macroeconómico; es el hambre real, la falta de medicinas y la destrucción de los sueños de tres generaciones. 

Al final del día, la política que no sirve para proteger la vida es simplemente una forma de violencia organizada. Venezuela nos recuerda que, mientras las potencias calculan y los políticos callan, es el pueblo el que sigue caminando, con el alma cuesta arriba, buscando un lugar donde la libertad no sea un eslogan, sino una realidad palpable.

Para la política, Venezuela es un trofeo; para el mundo, es un expediente; pero para el venezolano, es una lucha por no dejar de existir.

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