Domingo, 17 de Mayo 2026

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Los domingos, a comer fuera

Por: Abel Campirano

Los domingos, a comer fuera

Los domingos, a comer fuera

Sigue siendo una tradición comer en familia los domingos. Es prácticamente el único día en que podemos estar todos juntos, algo muy difícil entre semana por las distintas actividades y horarios de trabajo y de escuelas.

Antes, los horarios eran diferentes y se trabajaba usualmente de 9 a 2 y de 4 a 7, y los sábados solo de 9 a 2. La tarde de los sábados era libre y evidentemente el domingo estaba todo cerrado, menos los restaurantes.

Por eso muchas familias acostumbraban los domingos salir a comer a fin de evitar que mamá cocinara también el fin de semana y así ha sido desde que yo tengo memoria. Los domingos, de preferencia, comer fuera de casa y todos juntos.

En la columna de este domingo, recordaremos un poco aquellos sitios en los que disfrutamos de nuestra visita a uno de tantos restaurantes para todos los gustos y bolsillos que había en nuestra ciudad.

Los iré mencionando como llegan a mi mente, sin ningún orden de antigüedad o preferencia, prestigio o calidad. A mi papá le gustaba mucho ir los domingos a comer paella a un lugar que se llamaba El Casino del Periodista, ubicado por la calle Maestranza, a un lado del Hotel Francés, casi enfrente de la puerta oriente de Palacio de Gobierno. Un lugar muy acogedor, de estilo español, con esmerada atención y comida excelente. Preparaban también los callitos a la madrileña, la fabada asturiana y el pulpo a la gallega.

Hablando de paella, recuerdo un par de restaurantes: el Copenhagen y el Mesón de Sancho Panza, sucedáneo éste de aquél, por la calle Marcos Castellanos, entre Juárez y López Cotilla, a un lado de una casa que perteneció al licenciado Emiliano Robles León, casa que se la diseñó y construyó el prestigiado ingeniero Luis Barragán, creador de toda una escuela arquitectónica. Esa calle Marcos Castellanos ahora está cerrada al tránsito vehicular y se encuentra frente al Parque de la Revolución, en la acera poniente. No quiero dejar en el olvido el Chemary, otro excelente lugar donde le daban a uno la paella en ollas de barro que generalmente se quedaba uno con ellas, aunque podía devolverlas para “recuperar el importe”. Yo lo conocí cuando estaba por la avenida Guadalupe, en la colonia Chapalita.

Por la calle Prisciliano Sánchez, esquina con Galeana, estaba el restaurante-bar “Astoria” de don Humberto o Sergio René Canchola (no me acuerdo bien), famoso por sus milanesas con papas a la francesa; en ese restaurante probé por primera vez un delicioso refresco o soda, como la llaman en el norte: el Extrapoma Peñafiel, sabor a manzana, una botella de color ámbar cubierta en la parte superior con papel estaño de color dorado y la corcholata del mismo color; se parecía mucho al envase de la cerveza Bohemia (perdón por el comercial), refresco que mientras estuvo en el mercado fue siempre mi bebida favorita.

También eran famosas las milanesas de La Alemana, que se encontraba por la calle Miguel Blanco, entre Colón y 16 de Septiembre; de hecho este lugar fue de los más antiguos de la Ciudad, y estaba en la planta baja del Hotel Bonsdet, de un alemán, el señor Maximino Bonsdet, que lo había fundado en 1890, poco después de la llegada del ferrocarril a la ciudad (15 de mayo de 1888), con una inmejorable ubicación, a tiro de piedra de la Estación del Ferrocarril Central Mexicano, justo en lo que fueran terrenos contiguos a la huerta del Convento de los Franciscanos, justo atrás del templo de Nuestra Señora de Aránzazu, para más señas.

En La Alemana, sus platos representativos eran los sesos a la mantequilla negra, los riñones al jerez, las milanesas, las enchiladas y las ahogadas, en justo maridaje con su famosa cerveza de barril, clara u obscura. La información que tengo respecto a la fundación de La Alemana es que se inauguró en 1907, aunque del hotel definitivamente sí hay datos confiables de que se fundó en 1890.

En aquella época, los domingos, así como hoy, en la sección local de EL INFORMADOR aparecían anuncios de muchos restaurantes de la ciudad en donde se publicaban semana a semana los menús con todo detalle, incluyendo el costo del platillo, el nombre y la ubicación del restaurante, así que conforme uno veía las páginas de nuestro Diario, trazábamos el plan según el gusto de la familia para ir a un lugar o a otro.

La oferta era muy amplia. Los invito a repasar las páginas antiguas de nuestro diario, para que se den una idea los lectores jóvenes de la diversidad de lugares a los que podían los tapatíos ir a comer: comida mexicana, española, italiana, francesa, japonesa, cantonesa.

Por la calle Degollado, entre Madero y Prisciliano Sánchez, en la acera poniente, estaba el Restaurante Toña la Negra, donde probé unas enchiladas de pepián exquisitas; por cierto, según la RAE, pipián o pepián son vocablos correctos.

Por la misma calle Degollado, recuerdo el Restaurante Capri, entre López Cotilla y Juárez, que tenía una sinfonola con una amplísima colección de melodías y canciones; y sobre esta avenida Juárez estaba el Restaurante Mi Tierra con su famoso caldo de Indianilla, originario de la colonia Doctores del antiguo D.F.

También recuerdo que por la calle Madero, a la vuelta de la calle Degollado, estaba el restaurante del Hotel María Isabel, famoso por su sopa minestrone y las escalopas de ternera y su agua de horchata; sus postres, excelentes: natilla española, flan napolitano o fresas con crema.

Recuerdo otro excelente restaurante, el restaurante Sakura, de comida japonesa, que fue el primero de la Ciudad por el rumbo de la Minerva. Lo abrió la señora Ana María Zaragoza, nuestra querida Anita Yanomé; apoyada por Alejandro y Gaby, fue el favorito de los tapatíos amantes de la cocina oriental; luego, cuando estuvo Andrés Yanomé a cargo, se cambió a la calle Guadalupe Zuno, también con igual éxito. Saludo con especial afecto en estas líneas a mi querida amiga Gaby Yanomé.

Por cierto, esa calle Guadalupe Zuno antes se llamaba Calle del Bosque y llevaba ese nombre debido a un gran bosque que se encontraba en ese lugar, lleno de frondosos eucaliptos, justo en su cruce con la hoy avenida Unión.

El restaurante Sakura fue el primero en su tipo en Guadalajara y abrió antes que el Suehiro, también de gran tradición. También en el centro, hablando de restaurantes orientales, estaba el Tai-Pak, me parece que en la esquina de Corona y López Cotilla.

La oferta gastronómica siempre ha sido amplia en nuestra noble y leal ciudad.

Ustedes sin duda se acordarán del Restaurante Focolare, por la avenida Vallarta; el Chamberí; El Delfín Sonriente, por la avenida Niños Héroes; y por esa misma, casi esquina con Diagonal Agustín Yáñez, estaba un vagón de ferrocarril Pullman que era un buen lugar también; el Valencia, que estaba por la avenida de los Ingenieros, antes López Mateos; La Copa de Leche; el Lido; el Tizoc, que estaba por la avenida Arcos, en la colonia Jardines del Bosque. Todos los sábados temprano en la mañana allí me encontraba con el licenciado Guadalupe Zuno Hernández, quien iba también por su menudo. Hablo de restaurantes de las décadas de finales de los 50 a los 70 del siglo XX.

Otro restaurante famoso en la década de los 70 era La Gran Fonda, por la avenida Manuel Ávila Camacho, casi en su cruce con Circunvalación, donde estaba una fuente con una efigie de Francisco Primo de Verdad y Ramos, un ilustre abogado de Lagos de Moreno y uno de los forjadores de nuestra Independencia.

Esta columna no es exhaustiva. Quise recordar solo algunos que se me vienen a la memoria, pero sin duda ustedes podrán enriquecer los recuerdos con los que en el momento de su lectura están llegando a su mente.

Solo me resta agradecerles su tiempo para leer este artículo e invitarlos cordialmente a que aquí en EL INFORMADOR nos reencontremos la próxima semana, si Dios quiere. ¿Cafecito con bísquets y mermelada?

lcampirano@yahoo.com

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