Domingo, 29 de Marzo 2026

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La Semana Santa

Por: Abel Campirano

La Semana Santa

La Semana Santa

El viernes de Dolores era observado por los tapatíos con mucha piedad, significaba la preparación para la Semana Mayor. Era fervorosamente fecunda la devoción a la Santísima Virgen de los Dolores. En las casas del centro se montaban los altares con la imagen de la Dolorosa, y la gente que pasaba por la calle era invitada al interior de la casa para hacer un breve momento de oración y disfrutar de un poco de agua de jamaica.

Era común escuchar la frase “¿Ya lloró la Virgen?”, que precisamente en ese viernes anterior al Domingo de Ramos se decía al pasar al interior de la casa que tenía el monumento.

Son tradiciones que, por desgracia, con el paso del tiempo se han ido acabando.

El Domingo de Ramos iniciaba la Semana Mayor. Durante la Cuaresma, muchos feligreses se vestían de luto o medio luto, pero en la Semana Mayor era de rigor vestirse con ropa oscura, más en los días del Triduo Sacro.

Las familias acudían a la misa de la procesión de las palmas, y los papás nos explicaban el sentido de ese día. Así se había recibido a Jesús en Jerusalén, con vítores y aclamaciones, y cinco días después era objeto de injurias y desprecio, exigiendo su muerte.

Durante la Semana Mayor, los cines exhibían películas de carácter histórico-religioso. De las que recuerdo y que son clásicas: Demetrio el Gladiador, El Manto Sagrado, Los Diez Mandamientos, Ben Hur, Quo Vadis, Rey de Reyes. Jueves, viernes y sábado santos permanecían cerrados. En el antiguo canal 6 de Televisión Tapatía pasaban por las noches películas y programas producidos en Europa, con los misterios dolorosos del Santo Rosario, por ejemplo. Tengo idea, porque no recuerdo bien, de que durante el Triduo Sacro (jueves, viernes y sábado santos) suspendían las transmisiones.

Lo que sí recuerdo es que estaciones como Radio Juventud y la Zeta Zeta ponían pura música instrumental, en señal de respeto por esos días.

Las vacaciones se dejaban para la Semana de Pascua. La Semana Santa se vivía intensamente, con recogimiento y con visitas prácticamente diarias al templo, pues el lunes, martes y miércoles, además de asistir a misa, íbamos a los oficios de lecturas (Laudes, Maitines, Vísperas y Completas). El Jueves Santo era el que marcaba el inicio del Triduo Sacro y era cuando nuestros papás exigían el menor bullicio posible: no podíamos cantar, silbar o jugar con los amigos.

La ciudad transcurría quieta, en silencio. Por la tarde del jueves, la asistencia a la misa del Lavatorio de pies. A mí me tocó personificar a uno de los apóstoles cuando era niño, esto sucedió en el Templo de Nuestra Señora de los Ángeles, en la calle Prado; nosotros vivíamos en la avenida Libertad, a tres cuadras del templo, así que pertenecíamos a esa capellanía, que me parece pertenecía a su vez al decanato de Nuestra Señora de la Paz.

La visita de los siete templos era otra práctica piadosa. El centro de la ciudad lucía rebosante, dada la inmediatez de los templos: el Sagrario, Catedral, La Merced, Santa Teresa, San José, San Francisco, Aranzazú, y otros más; y, claro, a la salida, las infaltables empanadas.

El viernes, al filo de las 11 o 12 del día, íbamos al Viacrucis. A las 3 de la tarde volvíamos al templo a escuchar el Sermón de las Siete Palabras. En Catedral fueron muy famosas las cátedras de los oradores sagrados como el canónigo Ruiz Medrano o los de Orozco y Jiménez, y de los frailes franciscanos en el Templo de San Francisco de Asís.

A las cinco de la tarde, vuelta al templo, ahora para la acción litúrgica, la adoración de la Cruz, y toda la gente vestida de negro daba un aire de pesar a la ceremonia religiosa, a la que se convocaba mediante el uso de matracas, porque no se podían tocar las campanas.

El Viernes Santo era día de ayuno y abstinencia. Reinaba el más absoluto silencio y en las calles eran pocos los vehículos que pasaban. La ciudad se transformaba, lucía triste, desolada. Por la noche, nuevamente regresábamos al templo como a las ocho, para el Rosario del Pésame, así que prácticamente ese día era dedicado íntegramente a estar en el templo en oración o en las prácticas de piedad y devoción ya mencionadas.

El sábado tampoco había misa, y si acaso íbamos al templo a hacer un Viacrucis o a meditar, era un día triste. Las imágenes estaban cubiertas de unos mantos de color púrpura y el altar lucía vacío, despojado, sin flores, sin velas; era impresionante ver un templo así.

Ya entrada la noche, volvíamos a la misa de la Resurrección del Señor, una misa a la que a mí me daba sinceramente mucha flojera asistir, porque se leían muchas lecturas, nueve en total: siete del Antiguo Testamento y dos del Nuevo, una misa larga, pero eso sí, con un contraste extraordinario. Iniciaba en medio de la más completa oscuridad y, a la hora del Gloria, se prendían todas las luces del templo, y ahora lucía el altar hermoso, prendas y paños sagrados de impecable blancura, flores blancas, luz, alegría.

Cuando no asistíamos a la misa vespertina, acudíamos el domingo, y el cambio de vestimenta de los fieles era total; dejaban el negro y optaban por los colores vivos o el blanco.

Así concluía la Semana Mayor, para prepararnos la tarde del domingo para salir de vacaciones al día siguiente, aunque había familias que desde el domingo de Resurrección temprano ya estaban en carretera, enfilando hacia San Blas, Guayabitos, Puerto Vallarta, Chapala, Manzanillo, Tapalpa, Mazamitla, Cuyutlán o Barra de Navidad, aunque, claro, los adinerados se iban al extranjero; bueno, cada quien conforme a sus posibilidades y gustos, el caso es que la Semana de Pascua era la verdadera semana de vacaciones, pues la Semana Mayor obligaba a quedarse en casa.

La Semana Mayor era propicia también para dejar de lado el consumo de carne, porque, pese a que el único día de ayuno y abstinencia era el Viernes Santo, durante la Semana Mayor se prefería el consumo de pescado, de mariscos, de chiles rellenos de queso o sardinas, de tortitas de atún, de camarón, de chinchayote y, por supuesto, las infaltables y deliciosas empanadas de Cuaresma: las saladas, de camarón, atún y bacalao.

Las de dulce mis papás acostumbraban comprarlas precisamente el Jueves Santo en la Panadería La Nacional o en la Panadería Independencia, donde decían que vendían las mejores, o si dentro de la visita de los siete templos estaba incluido el Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe, pasábamos a la Panadería La Luz, allá por Herrera y Cairo y Pedro Loza, por las deliciosas empanadas de crema.

Pues más o menos así era la Semana Santa en aquellos tiempos. Yo los espero este domingo de Resurrección en estas mismas páginas, en mi casa, en EL INFORMADOR, si Dios quiere. Hoy le cambiaré, disfrutaré de un cafecito con un par de empanadas. ¿Gustan?

lcampirano@yahoo.com

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