Lunes, 30 de Marzo 2026

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La sal, el imperio… y caminar

Por: Miguel Ángel Anaya Martínez

La sal, el imperio… y caminar

La sal, el imperio… y caminar

“La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos… ¿Entonces para qué sirve la utopía? Para eso: para caminar.” — Eduardo Galeano

Hace menos de 100 años, allá por la década de los 30, el mundo vivía tiempos complejos. Venía saliendo de la Primera Guerra Mundial, aquel conflicto que prometió ser el último y que dejó más ruinas que certezas. Apenas intentaba ponerse de pie cuando la Gran Depresión terminó de recordarle que el progreso también se desploma.

Y, aun así, algunos imperios seguían en pie. El Imperio Británico gobernaba medio mundo con la elegancia de quien cobra impuestos y administra a distancia. India era una de sus joyas más rentables: vasta, poblada y convenientemente subordinada con leyes qué rayaban en lo absurdo. Hasta que alguien decidió combatir el abuso.

Ese alguien fue Mahatma Gandhi. No tenía ejército ni fortuna, pero sí una idea: el poder necesita obediencia para sostenerse. Y si la obediencia deja de ser automática, el edificio entero empieza a crujir. Así que eligió un símbolo ridículamente simple: la sal.

En marzo de 1930, Gandhi salió del Ashram de Sabarmati con poco más de 70 seguidores. No era una multitud, era una provocación elegante. Caminarían más de 380 kilómetros hasta la costa de Dandi. El plan: recoger sal del mar y violar, con toda calma, una ley injusta que obligaba a comprarla al imperio.

La caminata empezó discreta, casi ignorada. Perfecta para ser despreciada por cualquier burócrata. Pero algo pasó en el camino: la gente empezó a sumarse. Campesinos, comerciantes, curiosos… no por ideología refinada, sino por intuición básica. Aquello que parecía normal —pagar por la sal— dejó de parecerlo.

Para cuando llegaron a Dandi, la marcha ya había encendido al país. Miles se habían unido en el trayecto y, en las semanas siguientes, decenas de miles más replicaron el gesto en distintas regiones. El acto final fue casi absurdo en su sencillez: Gandhi tomó sal del suelo. Nada más. Y, sin embargo, lo cambió todo.

El Imperio Británico respondió. Arrestos masivos, represión, golpes. Más de 60,000 personas fueron detenidas, incluido Gandhi.

Pero había un problema para el imperio. Cada arresto generaba más simpatía. Cada acto de represión confirmaba que la ley no era orden, sino imposición. Y ahí empezó a resquebrajarse algo más profundo que un decreto: la obediencia dejó de ser automática y empezó a ser selectiva.

La Marcha de la Sal no dio la independencia de inmediato. No hubo firma solemne ni final feliz en ese año. Pero sembró lo decisivo: participación masiva, legitimidad moral y una grieta irreparable en la autoridad imperial. Diecisiete años después, en 1947, India alcanzaría su independencia. No por un día de gloria, sino por constancia.

Aquí es donde la historia deja de ser postal y se convierte en lección. Nos encanta romantizar estos episodios, como si fueran un destello aislado, inevitable. Pero no lo fueron. Fueron tercos. Fueron largos. Y, sobre todo, fueron colectivos. Porque caminar 380 kilómetros suena inspirador… hasta que tienes que llegar al kilómetro 20 sin garantías de que sirva para algo.

La lección es simple: los cambios no llegan por indignación momentánea, sino por persistencia organizada. No basta con tener razón, ni con decirla bonito. Hace falta sostenerla en el tiempo, con objetivos claros, con una idea de justicia que no se negocie cada semana y con una visión de futuro que no dependa del humor del momento.

Gandhi no derrotó al imperio con un gesto espectacular. Lo desgastó con disciplina. Con pasos pequeños, repetidos, compartidos. Con gente que decidió no detenerse. Eso es menos épico de lo que quisiéramos… y mucho más efectivo de lo que solemos admitir.

Al final, la utopía de Galeano no era un destino, era una excusa. Una dirección. Un pretexto para avanzar cuando lo fácil sería quedarse quieto. Porque la historia —para bien o para mal— no la escriben los que esperan el momento perfecto, sino los que, incluso sin certezas, no dejan de caminar.

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