La realidad se ha vuelto tan anormal desde hace tanto tiempo, que ahora la anormalidad es la verdadera realidad. Por lo tanto, volver a la normalidad luego del 22 de febrero es regresar a una anormalidad sin sobresaltos, esa especie de ficción en la que todo parece estar bien, aunque sepamos que desde el fondo está mal.He tenido la oportunidad de estar en las doce regiones de Jalisco y en muchos de sus municipios, y por lo mismo no logro entender cómo es precisamente el Gobierno el que ignora algo que todo el mundo sabe y vive cotidianamente, que las autoridades municipales están sometidas a los cárteles, y en vías de que los cárteles mismos se conviertan en autoridades municipales, con discreción o con descaro, como sucedió en Tequila.Entonces, ¿qué es volver a la normalidad? ¿O a cuál normalidad queremos volver?, ¿a la de antes de Fox, en cuyo sexenio todo se salió de control?, ¿a la de antes de Zedillo, en que las autoridades controlaban a los cárteles repartiendo dividendos?Pensar en una realidad ajena a los cárteles nos llevaría al periodo previo a la presidencia de Abelardo Rodríguez, con quien acaso todo comenzó, aún si ya de Carranza se decía que fumaba marihuana.La situación presente nos envía mensajes contradictorios, pues sí, por un lado, los cárteles hacen gastos onerosos para sobornar autoridades de todo tipo y nivel, también cobran bastante bien a cambio de dar seguridad a empresas, mercados y negocios del tamaño que sean, es decir, a cambio de no ser agredidos por sus mismos supuestos protectores.¿Cuántos millones de pesos debemos pagar los habitantes de este estado al crimen organizado no sólo para seguir siendo una de las sedes del Mundial, sino para por lo menos volver a la “normalidad” anterior a la muerte del famoso capo?Nuestra reciente historia de veintiséis años nos enseña que ninguna anormalidad es estática, que las organizaciones criminales son como el sapo en la madriguera de los conejos, lo dejan entrar, se infla y acaba echando fuera a sus anfitriones.De igual manera nos muestra que su crecimiento ha ido acompañado de la diversificación. Comenzaron distribuyendo marihuana, luego se adueñaron de los productores y de los transportistas, vino después la cocaína, el cristal y hoy día las anfetaminas; al paso del presente siglo, sin dejar el tráfico de drogas, comenzaron a traficar personas, órganos, armas, dinero, metales, maderas, huachicol, autos robados, ganado, restablecieron las aduanas locales, impusieron impuestos a los productos de los que no se habían adueñado y peajes carreteros, cobros de piso y venta de seguridad, a la vez que se constituían en los supremos protectores de cualquier actividad ilícita. Los cárteles se han vuelto “marcas” que se pueden alquilar como se hace con cualquier franquicia, y para blindar este imperio criminal formaron un verdadero ejército, capacitado, bien armado y ubicuo, apoyado por una red de inteligencia constituida desde los simples adolescentes “halcones”, hasta sofisticados equipos de vigilancia rivalizando con las cámaras de seguridad pública. ¿Y dónde estaba el Estado mexicano y su Gobierno?Vincularse con estos capos será para muchos algo inevitable, y para otros algo deseable, por la evidente posibilidad de la ganancia fácil y rápida, y así, mientras que la delincuencia creaba infinidad de empresas artificiales, otras reales han colaborado igualmente en la salud financiera de los delincuentes.La impunidad de los cárteles se ha cifrado finalmente en dos armas muy poderosas: por un lado, saben mucho y poseen abundante información sobre sus nexos con las instituciones de Gobierno, por el otro, el tipo de terrorismo social que manejan es temible, así que tanto el Estado como la ciudadanía, de uno o de otro modo, acabamos siendo sus rehenes.