Jueves, 09 de Julio 2026

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La guerra que no termina en Medio Oriente

Por: Santiago Aceves

La guerra que no termina en Medio Oriente

La guerra que no termina en Medio Oriente

El frágil alto al fuego llegó a su fin. En vísperas de la cumbre de la OTAN en Turquía, el presidente estadounidense Donald Trump dio por terminado el acuerdo de alto al fuego con Irán, al tiempo que admitió el probable reinicio de las hostilidades. Horas más tarde, las fuerzas armadas estadounidenses lanzaron ataques contra objetivos iraníes como respuesta a los ataques atribuidos a fuerzas de Irán sobre embarcaciones comerciales que transitaban por el estrecho de Ormuz. El gobierno de Terán advirtió que respondería “de manera inmediata”. 

Así pues, el conflicto en Irán se aventura hacia una nueva fase. Sin embargo, no se trata de un conflicto convencional ni nuevo. La guerra ha estado marcada por su impronta asimétrica, es decir, un conflicto donde un actor con capacidades militares relativamente menores recurre a estrategias indirectas para maximizar sus ventajas y contrarrestar la superioridad del adversario. En este caso, por ejemplo, hemos observado el uso de aliados regionales –El eje de la resistencia– y la presión sobre rutas estratégicas como el ya mencionado estrecho de Ormuz. 

No obstante su relevancia actual, la confrontación se puede interpretar como una nueva fase de confrontación abierta entre Estados Unidos, Israel e Irán, la cual se intensificó con el asesinato del general Qasem Soleimani en enero de 2020. Desde entonces, la confrontación se ha mantenido durante años, a decir de los analistas, como una guerra en la sombra mediante operaciones indirectas, ciberataques y confrontaciones proxy –entre representantes de ambas partes–.

Ahora bien, el conflicto, pese a encontrarse geográficamente localizado, se enmarca en dinámicas más amplias tanto a nivel regional como a nivel sistémico. En el plano regional, la disputa tiene lugar en un momento de reconfiguración del orden regional en términos del ascenso relativo de Irán –quizás una potencia regional en proceso de consolidación–, la ausencia o fragmentación de un bloque árabe cohesionado capaz de equilibrarlo y el cambio en la estrategia estadounidense hacia la región: Washington ha privilegiado los ataques aéreos, el uso de drones y el apoyo a aliados por encima de intervenciones terrestres prolongadas.  

A nivel sistémico, por su parte, el conflicto es relevante no solo por la importancia del ya mencionado Estrecho de Ormuz, por donde transita alrededor del 20% del petróleo global y una importante cantidad de gas natural licuado, sino también por la intensificación de la competencia sinoestadounidense. Beijing, en este sentido, depende en buena medida de suministros del Golfo Pérsico para sostener su crecimiento económico; entre tanto, Washington busca mantener un equilibrio regional compatible con sus intereses, entre los cuales está contener a China. 

Lo antes descrito supone la convergencia de dos dinámicas que, en la literatura especializada de las Relaciones Internacionales, suelen asociarse con una mayor inestabilidad y probabilidad de conflicto. Por un lado, a nivel regional, Medio Oriente experimenta la ausencia de un actor con la voluntad y la capacidad para mantener el orden y la estabilidad regional y, por otro lado, a nivel sistémico, tiene lugar en un contexto de competencia y transición de poder entre una gran potencia que busca mantener su posición y una potencia emergente que busca ampliar su influencia y mejorar su posición estructural. 

Aún más, el enfrentamiento coincide con un momento de creciente fragilidad del llamado orden internacional basado en reglas u orden liberal. Si bien es cierto que este orden no ha colapsado, también es cierto que se observa su progresivo debilitamiento ante el uso de la fuerza, así como la inefectividad de las organizaciones internacionales ante la política de poder, lo cual se refleja particularmente en las dificultades que ha encontrado el Consejo de Seguridad de la ONU ante este y otros escenarios de discordia entre las principales potencias del orbe. 

Ante el inicio de esta nueva fase, es posible identificar tres posibles derroteros o escenarios. El primero y más sombrío, una escalada más profunda generada por una eventual intervención terrestre estadounidense y/o por el involucramiento directo de otros actores regionales o externos. Un segundo escenario sería el de la continuidad, el “business as usual”, es decir, una confrontación asimétrica, con enfrentamientos limitados, pero continuos con escaladas periódicas y, con ello, la amenaza latente del primer escenario. Finalmente, el tercer escenario y más deseable, una eventual resolución estructural. 

Sin embargo, las percepciones de amenaza profundamente arraigadas entre las partes, la capacidad limitada de las organizaciones internacionales y el contexto de discordia entre las principales potencias hacen del tercer escenario el menos probable en el corto y mediano plazos. Así pues, el escenario más plausible parece ser el de la continuidad de esta rivalidad estratégica de largo aliento, aunque con riesgos constantes de escalada hasta una eventual reconfiguración del orden y del equilibrio regional.  
 

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